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La automatización del profesor y la juventud

21/06/2017 07:31 CEST | Actualizado 28/06/2017 20:21 CEST
Getty Images/iStockphoto

La disrupción empresarial en el sector educativo de EEUU está empezando a tomar un derrotero cada vez más concreto que deja al descubierto la transformación de valores y creencias que está dominando la evolución de la cultura occidental. Básicamente, a la nueva élite social fruto del crecimiento económico y del progreso tecnológico, ungida por una ideología decisionista y formada, entre otros, por gurús multimillonarios como Marc Benioff, Mark Zuckerberg o Reed Hastings, se le ha ocurrido que quiere mejorar el mundo cambiando el modelo de educación con el fin de que la juventud tenga más oportunidades de bienestar. Entre los ingredientes más originales de su receta se maneja el objetivo de ir disminuyendo la función social del profesor hasta recolocarlo en un rol de "facilitador" o de "coach", de modo que sea el propio alumno quien asuma el control de lo que desea aprender, eso sí, con la ayuda de un software inteligente que vaya marcando el camino.

Hace unas semanas, Natasha Singer firmó en el New York Times un excelente artículo donde resumía esta dinámica al mismo tiempo que advertía del doble juego que implica este tipo de intervencionismo privado sobre las estructuras educativas de un país. Uno de los ejemplos que traía a colación era el de code.org, una organización sin ánimo de lucro financiada con más de 60 millones de dólares por Silicon Valley y por multinacionales como Microsoft y Google. El objetivo declarado de ésta es conseguir que todas las escuelas públicas de los Estados Unidos enseñen ciencias de la computación. La fuerza política de su argumento sostiene que los estudiantes se beneficiarán de estas clases a largo plazo ya que las empresas irremediablemente van a necesitar más programadores. De un modo indirecto están empujando a los estados a cambiar las leyes de educación y financiar ellos mismos estos cursos troncales de informática.

Ahí se reconoce un fenómeno cada vez más común que lleva operando en las últimas décadas no solo en Norteamérica sino también en Europa, y que consiste en que las empresas puedan influir directamente en aquello que debe ser enseñado en las escuelas y universidades (categorizando lo que es útil y lo que es una pérdida de tiempo), lo que coincide igualmente con que puedan comenzar a vender sus ideas sobre el mundo (reducido a un campo de batalla donde compiten y comercializan sus productos) no ya a los consumidores como tales, sino a profesores, padres y alumnos, por consiguiente, condicionando la forma de la mentalidad del ciudadano contemporáneo.

La realidad sociológica que se precipita por esta inercia es que ciertos jugadores de la economía pasan a monopolizar el devenir cultural de una sociedad al impactar en toda la cadena de valor de un sector. Para explicarlo con claridad tomemos un escenario posible en el que una compañía tecnológica interviene en el proceso democrático al financiar campañas de partidos para modificar las políticas educativas pero, además, diseña y vende aplicaciones digitales a los colegios e institutos para avanzar en sus objetivos y demostrar la lógica de sus tesis y, si hace falta, subvenciona la formación de los profesores para reconvertirlos en unos pseudointermediarios entre la oferta de mano de obra y la demanda coyuntural de empleos que, por cierto, al mercado le interesa que deje de ser escasa (tanto para tener suficiente reserva de trabajadores cualificados para expandirse cuando el ciclo económico sea ventajoso, como para controlar la inflación de los salarios). En EEUU, cuando se identifica que comienza a darse un consenso para que cristalice un giro cultural contrario al statu quo siempre hay que recordar que la economía habitualmente se halla detrás de todo. Así, para el valle de silicio más famoso del mundo vender computadoras y software a las escuelas estadounidenses es un lucrativo negocio que superará los veinte mil millones de dólares en 2020 (en la misma línea, cabe señalar que más de la mitad de los estudiantes de primaria y secundaria de este país ya utilizan los servicios de Google, como Gmail, en la escuela).

Tomar conciencia de este tipo de movimientos dirigidos por intereses económicos y políticos no solo sirve para dar una señal de alarma al resto de la opinión pública sobre la parcialidad, falso desinterés o ausencia de neutralidad de los mensajes y posiciones de ciertas empresas tecnológicas con respecto a los motivos que tienen para querer fijar un cambio de rumbo en la educación. A mi modo de ver, todavía hay una cuestión de fondo mucho más trascendente con la que hay que confrontar mediante una voluntad deliberada y que formularé del siguiente modo: ¿Con qué puede contribuir la juventud a la transformación de la sociedad? La respuesta debería darnos la senda de lo que debe enseñarse y cómo debe ser enseñado.

El sociólogo húngaro Karl Mannheim caracterizó a la juventud positivamente, es decir, como la "reserva vital y espiritual" de una sociedad. De manera que su función social ideal venía a ser la de revitalizar sus estructuras para adaptarse a circunstancias del todo nuevas. Ahora bien, las oportunidades para que se cumpla tal proceso regenerativo dependerá siempre del tipo de sociedad en el que esa juventud crecerá y de cuáles de sus potencialidades serán activadas. En la teoría, en un país acusadamente conservador, la educación a los jóvenes se centraría en garantizar la transmisión de la propia tradición (con métodos de repetición y rutinas reproductivas).

En el extremo contrario, en uno de tendencia progresiva o dinámica, la educación se convierte en una herramienta para cubrir el deseo obsesivo de alcanzar nuevos avances, pudiendo derivar en aproximaciones más reformistas que revolucionarias o al revés. Sin embargo, la juventud, por naturaleza, no es progresista como tampoco tradicional, pero a priori sí que posee una tendencia hacia la renovación, ya que todavía no tiene adquiridos intereses dentro de la estructura económica y psicológica de la sociedad, pues su aportación a ella está pendiente de ser cosida. Consecuentemente, la potencia de la juventud radica en que ante la posibilidad de transformar una situación, "ellos" están mejor preparados que los adultos para tomarla como un estímulo superior y sobreponerse así a una realidad dominada por la rutina. O dicho con otras palabras, les será más fácil experimentar simpatía por aquellos proyectos que se declaran a sí mismos insatisfechos con el funcionamiento de lo establecido.

El combate por el movimiento progresivo de la sociedad lo tendrá que protagonizar la juventud de una forma u otra.

La escuela, en términos históricos, ha sido uno de los principales catalizadores de la lucha dialéctica entre el orden social a salvaguardar y el cambio que es necesario. Por ende, en su función reconocida no ha estado presente únicamente la enseñanza de conocimientos, sino que ha tomado el liderazgo de inculcar el espíritu de jerarquía, el de sumisión, la formación de hábitos y otras normas de cohesión social que son requeridas tanto para perpetuar la situación que es dominante como para facilitar el desarrollo democrático de las cosas. Podríamos convenir que el papel de una escuela moderna debería reunir en sus acciones los elementos más valiosos de la herencia cultural en un lado, y en el otro un abanico de estímulos llenos de vitalidad para ascender muy por encima del legado con el fin de alcanzar nuevas cotas de perfeccionamiento cívico y científico.

Si estamos de acuerdo con esta premisa, ¿también aceptamos el principio de que la juventud debe ser la vanguardia de nuestra democracia? Una respuesta afirmativa implica que los jóvenes sean integrados dentro de una función histórica que sea clara y esté dotada con los mecanismos institucionales y los recursos materiales mínimos para que pueda ser ejecutada. Pero para que fragüe la idea de una política que impulse a la juventud como factor de regeneración (en el que la educación quede consignada como un factor de cambio decisivo) antes tiene que estar legitimada otra idea de enjundia, la de que la sociedad aspira a construir un nuevo orden social, y es aquí donde localizamos la principal laguna o vacío de intenciones que impide la realización de la función vanguardista que le presuponemos a nuestros jóvenes, dado que no se rastrean los signos de una voluntad enérgica que aspire a materializar dicha demanda

Quizás, estas mismas cuestiones se las ha planteado el dueño de Facebook para llegar a despreciar el sistema de aprendizaje convencional que está mayoritariamente extendido. Pero la alternativa que nos presenta de sustituir al profesor por una plataforma digital de contenidos (diseñada por su empresa y hasta ahora aplicada en la red de escuelas públicas Summit en California) para permitir que cada estudiante aprenda a su propio ritmo e intensificar en paralelo el concepto de tutorías individualizadas para desarrollar más en detalle las habilidades cognitivas y monitorizar con mayor precisión el desarrollo del alumno, parece una solución huérfana de tener un propósito auténtico de transformar el sistema social, y más bien lo que nos puede parecer es que Zuckenberg está utilizando a la juventud como vanguardia de su causa personal.

El planteamiento de la reforma educativa no puede devenir aisladamente de un planteamiento de reforma social que lo complemente. Es vital preguntarse si el mundo en el que vivimos (colapsado por la inestabilidad que provocan la desigualdad de renta, la corrupción política, la evasión fiscal, la apatía en la participación cívica, el populismo, el terrorismo, el racismo y las guerras en Oriente Medio) necesita que la juventud sea educada para la conformidad colectiva (primando la conservación de lo que hoy es predominante) o bien si hay que prepararla para que consolide unas personalidades independientes y combativas a través de la inteligencia y del control equilibrado de uno mismo. No tengo dudas de que no necesitamos fanáticos de dogmatismos totalitarios como tampoco fanáticos individualistas sin ninguna fidelidad a causas comunes ni a la solidaridad afectiva. Mientras tanto, hay algunos adultos que se distraen estigmatizando a nuestros jóvenes milenarios, reduciéndolos a seres que "solo tienen un objetivo: vivir con el simple hecho de existir" según la opinión de Antonio Navalón en un reciente artículo en EL PAÍS.

Todo el edificio educativo que hemos heredado, y que todavía prevalece en nuestra sociedad, incorpora los énfasis sobre los exámenes, los premios al mérito, la evaluación, el memorismo, la acumulación de datos, etcétera. A menudo, se esgrime que todos estos elementos matan la experimentación. Estoy de acuerdo, pero ¿a qué tipo de experimentación nos referimos? Si la juventud no ha ocupado el lugar y la participación que le corresponde en la vida pública (enjaulada dentro de ese mundo relacional que tiene lugar en la realidad digital) ¿no habría que reconocer que la tendencia de la propia sociedad ha sido la de neutralizar sus potencialidades psicológicas, físicas e intelectuales para desencadenar una disrupción sociopolítica, reduciendo así las probabilidades de que puedan alterar las relaciones de poder?

A mediados del siglo pasado, Mannheim advirtió de que si continuaba prevaleciendo durante la fase educativa de los adolescentes el fenómeno de inocularlos una represión creciente con respecto a lo que significa establecer una vida de bienestar basada en la interacción desinteresada con el prójimo (de forma que subestimaran el grado de satisfacción psíquica que supone trabajar por mejoras colectivas) el resultado final sería una apetencia desenfrenada por la vida privada, lo que a su vez conduciría a una conducta basada en la competencia exagerada. Su pronóstico se cumplió, y el efecto secundario se refleja en la "dictadura" que inconscientemente hemos impuesto a nuestra juventud, en la que la prohibición explícita no radica en que tengan que aprender a vivir con restricciones de objetos materiales, ni con censurar el aluvión de deseos hedonistas que experimentan a través de la cultura de consumo, sino que está conectada con el hecho de haberlos privado de la capacidad para crear proyectos autónomos y regenerativos propios de una generación que comparte esperanzas de cambio, que "existe" conscientemente insatisfecha con el sistema, y que toma partido en la práctica.

El problema real, por tanto, no parece estar en si el modelo educativo debe preservarse o desmantelarse, sino en qué forma y con qué propósito debe continuar. El combate por el movimiento progresivo de la sociedad lo tendrá que protagonizar la juventud de una forma u otra. Como no creo en la construcción nueva a partir de las ruinas de lo anterior, sino en la integración causal de las cosas, la responsabilidad de nosotros, los adultos, será preservar las condiciones para que un nuevo élan (o espíritu creativo) crezca en la conciencia de los jóvenes, sin caer en el error de imponerles nuestros sueños irrealizados o nuestras obedientes renuncias.