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La insoportable levedad del socialismo contemporáneo

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En "nuestro tiempo" o en "nuestra época" (como tanto nos gusta enfatizar mediante el uso del lenguaje posesivo, sumidos en la ilusión romántica de que el tiempo histórico, al menos en alguna proporción, también es nuestro; nos pertenece privadamente por alguna disposición emanada del derecho a la propiedad) resulta cada vez más infrecuente, a la vez que pueril, emplear una cierta dosis de energía para imaginar qué será del programa de transformación de la izquierda política en el futuro, qué cabrá esperar de sus valores y significados (¿quedará alguno de aquellos con los que se fundó?), y en el caso de que realmente perdure, si existirá con una robusta musculatura social o, radicalmente al contrario, si flotará como un espectro prácticamente invisible para la totalidad de la sociedad.

El socialismo, como estructura esencial de la izquierda política, en su breve presencia acumulada de apenas siglo y medio formando parte del ecosistema cultural de la democracia liberal, aun siendo diseñado desde antes por los impulsos más rupturistas del Renacimiento y del Iluminismo, está demostrando que su poder de cambio sobre los resortes que forman las creencias de las personas, y sobre los efectos materiales de los avances de la ciencia en la realidad histórica, ha sido desgarradoramente pequeño y fácilmente reversible. Para entender esta fragilidad es necesario distinguir que tras las catástrofes de las dos guerras mundiales, fue mucho más por la acción de la fuerza conservadora del ordoliberalismo, y algo menos por la inspiración del comunismo democrático, que se permitió integrar en la lógica institucional de las sociedades occidentales las diversas políticas que dieron lugar a los pilares del Estado del Bienestar: pensiones, sanidad y educación como servicios universales, prestaciones por desempleo.

La estrategia de fondo del ordoliberalismo fue activar una "desproletarización" progresiva de la población.

Por supuesto, el ordoliberalismo no admitió aquel programa de un modo desinteresado ni tampoco porque poseyera la convicción de que hacerlo así era un imperativo moral para mantener el rigor con el significado de lo que debe representar una civilización tendente a maximizar la igualdad y la justicia además del placer y la riqueza. Su auténtico propósito estaba basado en un principio de utilidad, es decir, se forjó inicialmente como un mecanismo de contención frente a la irrupción de movimientos revolucionarios radicales de cualquier signo. Así, su estrategia de fondo fue activar una "desproletarización" progresiva de la población (un proceso que también formó parte del principio básico con el que fue articulado el New Deal en EEUU, y que igualmente pasó a ser parte central del consenso socialdemócrata de raíz cristiana desde el que se empezó a fundamentar la Comunidad Europea).

Este mecanismo redistributivo de la renta, permitido desde dentro del sistema, fue expulsando lenta pero con severa continuidad la noción de "obrero industrial" de las coordenadas de la identidad individual circunscrita a las condiciones específicas de la clase social trabajadora. En los últimos 30 años, la velocidad de esta desproletarización, en los términos del porcentaje de la población que ya no se siente identificado conscientemente con las demandas y objetivos de la clase trabajadora de hace cinco o seis décadas, se ha acelerado espectacularmente (tal y como demuestra el declive de los resultados electorales de la izquierda en Europa desde los años setenta hasta la actualidad, con una ausencia cada vez más acusada de mayorías absolutas, yuxtapuesto a la degradación permitida de sus propias demandas en la elaboración y ejecución de políticas cuando han estado al frente de gobiernos).

Cierto es que tal aceleración ha estado motivada por otro proceso disruptivo complementario para los fines liberales: la globalización, tanto del consumo como forma de vida central (siendo la deuda financiera el medio de existencia más recurrentemente utilizado por el individuo), como de la explotación de nuevos mercados para la producción localizados en países externos a la tradicion occidental pero que se han ido incorporando también a la demanda efectiva del consumo masivo (aflorando que los sectores industriales de los países más desarrollados han conservado dentro de sus fronteras nacionales las partes de la cadena de valor de más alto nivel, relacionadas con la arquitectura empresarial, el diseño de producto y el marketing, mientras que las partes más "pesadas", relacionadas con la manufactura y la mano de obra intensiva y menos cualificada, van siendo incesantemente deslocalizadas. El efecto final ha sido un aminoramiento brutal de la clase obrera europea asociada a la generación de capitales y plusvalías extraídos de la venta de producción material).

Entre las múltiples consecuencias de esta coyuntura surgen, a mi modo de interpretar, dos hechos específicos que ayudan a entender el corrimiento y descentramiento del ideario programático de la izquierda formal (especialmente la gestionada por sus partidos históricos) como referencia cultural, estética y moral para la inmensa mayoría social:

Primer hecho. La lucha entre clases sociales con intereses de realización colectiva antagónicos se ha diluido hasta desaparecer del lenguaje político de todos los partidos y de la conciencia subjetiva de toda la población. Siendo sustituida por una "lucha" (más bien diría una obsesión) sumamente encarnizada por mejorar la capacidad para el consumo o directamente para poder acceder a él. Así, la sociedad posmoderna de la que formamos parte es como si se hubiera reorganizado en cuatro estamentos principales: la clase de los que no consumen prácticamente nada por su situación de pobreza, la de aquellos que tienen un consumo muy bajo acorde con contextos de precariedad continuada con los que conviven, los que mantienen un consumo medio pero que generalmente va en ascenso (lo que se traduce en que se les permite endeudarse cada vez más), y los que disfrutan de un consumo de lujo y exuberancia.

Segundo hecho. La profecía abrazada por el socialismo ilustrado de que un nivel mayor de educación y cultura generaría una población inmensamente más comprometida con la igualdad, la libertad y la honestidad y que, por lo tanto, estaría más alejada de conductas relacionadas con el egoísmo, la codicia, el odio y el racismo, así como que estaría profundamente predispuesta a transformar el funcionamiento social y económico del Estado, ha ido quedando sepultada por los efectos alucinógenos del desear, por delante de cualquier otra cosa, valor o principio, el consumo de mercancías, las cuales, aun siendo mediocres o nulas en el suministro de conocimientos que nos permitan perfeccionar nuestro entendimiento del mundo, resultan infinitamente eficaces para generar un sentido de placer basado en acumular propiedades y vivir sin restricciones, incluso aunque se decida formar una encarecida familia con hijos (la dinámica vital se sintetiza en tener y gastar).

La conducta cultural que prevalece en todos los "barrios" es la de asegurar lo que se puede poseer y disfrutar para uno mismo en el presente.

Hasta tal punto ha crecido esta saturación del yo, vacío de trascendencia, que los agentes sociales que deberían impulsar el flujo de intelectualización y liderar la transgresión (como mecanismo de elevación de lo que tiene valor para la vida humana frente a lo que no) también andan infectados por la misma enfermedad: políticos profesionales, escritores, profesores, directores o actores de cine (en definitiva, casi cualquier integrante de la élite intelectual que acaricia las mieles del éxito al ejercer algunas dosis de poder, influencia o popularidad).

Así, la conducta cultural que prevalece en todos los "barrios" es la de asegurar lo que se puede poseer y disfrutar para uno mismo en el presente; una actitud aderezada por la ambición de querer siempre más, en términos de no dejar nunca de aspirar a la ampliación de la vida material como antesala a la felicidad. Esta noción de "verdad" podría estar implicando el riesgo de que los adolescentes de familias con niveles de consumo bajos o medios en países desarrollados, tradicionalmente ligados al sueño idealista de ser capaces de cambiar el mundo para transformarlo en un lugar más justo, pacífico y sin pobreza, comenzasen viéndose a sí mismos convertidos en personas inmensamente ricas con apenas 28 o 35 años, pues es una vez alcanzado ese estatus cuando decidirían aficionarse sin temor a la filantropía y el humanismo, aunque este último lo hubieran aprendido a través de manuales de autoayuda emocional de los que da tiempo a leer en los vuelos transoceánicos o inspirados por un entendimiento superficial y defectuoso de la teológica de alguna religión o, peor si cabe, consumiendo formatos de televisión que determinan el tipo de talento mediante el que se alcanza la fama.

Por supuesto, es cierto que continúa habiendo nichos de la población que aspiran a realizar sus pasiones y a ser reconocidos por sus méritos en sus comunidades y familias, por ejemplo, llegando a ser científicos que generan curas, ingenieros que aportan soluciones para que la vida en las ciudades sea más digna y perfecta, o profesores que alfabetizan a comunidades discriminadas. Sin embargo, lo aterrador para la supervivencia de los valores y creencias de la izquierda comienza cuando se constata que, entre aquellos que continúan estando en una posición de debilidad, desventaja o alienación, resulta que ha empezado a prevalecer una visión de la existencia diametralmente distinta a la toma de conciencia del mundo que se preveía en los discursos constructivistas del socialismo originario (lo que se consideraba el requisito vital para alcanzar los jardines de una Nueva Sociedad dentro del corazón de la república democrática).

Esa visión de la existencia contraria al impulso de la conciencia de desalienación parece, como diagnostica el lúcido pensador italiano Raffaele Simone, haberse convertido en lo "natural": tal estado de normalidad estaría estableciendo como principios literales y verdaderos para las clases medias, bajas y pobres que la superioridad y la diferencia entre las personas constituyen la lógica de un proceso social que es necesario, y en ciertos contextos, hasta justo para que las cosas funcionen de la mejor manera posible (gracias a lo cual las personas se sienten motivadas para progresar y superar adversidades), que la propiedad privada y las libertades individuales son elementos sagrados que deben estar siempre por delante de cualquier principio de utilidad pública o colectiva y que, además, proponer la igualdad absoluta es un proceso imposible e irracional dado que va en contra del egoísmo intrínseco de los seres humanos y su pasión por la competencia.

La opción del socialismo debería aportar dilemas firmes e ineludibles a los ciudadanos, presentando disyuntivas con un alcance social profundo.

De este modo, son justamente los valores opuestos o negativos a estas creencias que he mencionado (y que equivaldrían a los pilares del socialismo) las que se han terminado por estigmatizar en la conciencia histórica de todas las clases sociales como procesos irrealistas y artificiales que, de materializarse, irían contras los instintos, el sentido común y la libertad privada del sujeto, puesto que cuando se han producido de una forma aproximada y difusa en la historia no han podido dejar de ser un forzamiento o una imposición por la fuerza más que por la convicción de la voluntad general. Lo que a reglón seguido ha facilitado que el ideario de la izquierda sea percibido a estas alturas como un evangelio cuasireligioso y no como el reflejo de la ciencia moderna.

Muchas batallas ha perdido la izquierda en las últimas décadas, permitiendo que el uso de determinados conceptos y el ensayo de la teoría para crear nuevas políticas hayan ido desvaneciéndose de sus rutinas, obliteradas por un programa cultural único netamente adherido a una renuncia permanente de cualquier tipo de transformación de la economía y el Estado. Hoy en día, defender una visión igualitarista contraria al capitalismo financiero y el consumo ha dejado de ser una opción viva, obligada e importante para la mayoría de europeos y nuestras instituciones.

Al afirmar "el futuro de España pasa por ser una sociedad socialista", solo se puede esperar que tal hipótesis tenga influencia en la audiencia si logra, no solo ser comprendida, sino si además llegar a ser sentida por la mente de cada uno como una opción que está "viva" para él mismo y no "muerta" (para evitar ser un "cadáver" debe saber transmitir unas consecuencias atractivas que despierten la curiosidad y el raciocinio).

Siguiendo esta línea de razonamiento lógico y de tono pragmático, la opción del socialismo debería aportar dilemas firmes e ineludibles a los ciudadanos, presentando disyuntivas con un alcance social profundo, del tipo de tener que optar binariamente por "erradicar la pobreza o el terrorismo", o entre "eliminar por completo el desempleo o la corrupción". Claramente, esta dualidad de decisiones impide la indiferencia del sujeto, puesto que abstenerse supondría que, bien ninguna de las dos posibilidades se cumple, bien que lo que ocurra tendría efectos no solamente sobre uno mismo sino que afectaría a la vida miles de personas. Finalmente, si el propósito expresado fuera que "el advenimiento de una sociedad socialista conllevará una sociedad democrática sin clases como fin último", es igualmente evidente que sería una posibilidad tan ambiciosa que en ningún caso explorarla podría suponer un pérdida de tiempo o algo trivial, sino que sería una empresa importante, con valor histórico.

Con esta descripción pretendo exponer que si la retórica, las ideas y el desarrollo del proyecto emancipador que debería contener el socialismo son incapaces de evitar que este se muestre como algo "muerto" para las clases trabajadoras, "irrelevante" a la hora de afrontar responsabilidades éticas sobre todos los asuntos de la vida individual y colectiva, y "escasamente significativo" en cuanto a sus objetivos de trascender el estado de las cosas para mutarlo en otra cosa diferente, resultará una quimera librarse de la inconstancia de ánimo y la ligereza que componen sus actuales propuestas y promesas. ¿A qué entonces pueden aspirar sus líderes políticos?

La creencia en el socialismo no puede comenzar por otra cosa que no sea el deber de creer en la verdad y evitar el error y la mentira.

La tragedia a la que la sociedad está abocada con su propio autoconsentimiento (aun siendo por la vía de la enajenación o la coerción) se puede resumir en dejar sedimentar como creencia verdadera que los derechos sociales llevan asociados la carga de ser deudas sociales. Lo que significa que los derechos sociales solo se activan si la sociedad tiene dinero para pagarlos (si no, por lógica, serán prescindibles o aminorados a su mínima expresión). Como subraya el sociólogo Maurizio Lazzarato, el desarrollo cultural que sufrimos como sociedades democráticas sin que el socialismo oficial que ostentan y enseñan los partidos del ramo esté haciendo gran cosa por frenarlo materialmente ni argumentarlo filosóficamente, tiene como resultado que el Estado del Bienestar se esté transformado definitivamente en un Estado Deudor, o lo que es lo mismo, que se torne en un mero intermediario para que los ciudadanos (que ya nunca más se definirán ellos mismos como "trabajadores") paguen sus deudas en proporción con los derechos sociales que les son suministrados.

Si tal dinámica termina de sellarse como una nueva verdad, como a mi juicio todo parece indicar, difícilmente será comprendido por estas generaciones que lo "natural" para el ser humano es que aquel estado del hombre bueno y solidario que imaginó Rousseau como lo que viene dado por nacimiento, en realidad podría mantenerse a lo largo de toda nuestra vida si estuviera acompañado por otro tipo de organización socioeconómica y cultural.

Consecuentemente y a tenor de toda esta reflexión, el socialismo en España, en sus condiciones históricas actuales, seguirá siendo incapaz de convertirse en una opción diferenciada de propuestas moderadas y reformistas para la gestión de la sociedad; por lo tanto, independientemente de que alcance puntualmente mayorías sociales que lo elijan para gobernar, tampoco podrá ser un desencadenante para modificar el rumbo cultural gestado por la "desproletarización" y la globalización intensiva del consumo.

La creencia en el socialismo no puede comenzar por otra cosa que no sea el deber de creer en la verdad y evitar el error y la mentira. A partir de ese postulado, la república subsiguiente pendiente de realizarse tendría posibilidades de ser la del intelecto y la justicia, escapando así de la insoportable imbecilidad de la cultura política contemporánea que aniquila la creatividad y roba el sentido de las creencias utópicas para ponerlas al servicio de la producción infinita de mercancías fútiles. ¿Qué hacer? Lo que está claro es que "si nos quedamos quietos nos congelamos" y que el deber hacia nosotros mismos y el prójimo pasa por actuar siempre en aras de lo mejor. Actuar con el relativismo moral que implica el enunciado tan manido entre los políticos profesionales de "actuar de acuerdo a la opción menos mala" no es algo que pueda justificarse ni enseñarse como si estuviera a la altura de una civilización democrática. En realidad, es su traición más cruel.