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¿Qué es fascismo? Un mundo feliz

22/03/2017 19:13 CET | Actualizado 24/03/2017 07:23 CET
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Quizá la más grande lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia.

Aldous Huxley (1932).

Un mito de sobresimplificación que ha sido sedimentado con éxito en la cultura occidental contemporánea es la consideración de que el "fascismo" equivale a "brutalidad", sencilla y limitadamente. De esta forma, el término ha visto reducido o concentrado su sentido y alcance, o dicho de otro modo, ha ido perdiendo una parte de sus significados clásicos (que además iban mucho más allá de etiquetar el modus operandi del régimen dictatorial de Mussolini en Italia o de encapsular generalistamente los procesos dirigidos por conductas autoritarias o antidemocráticas).

Así, dentro del aplanamiento que sufren los niveles del lenguaje, la palabra "fascismo" queda estrechamente vinculada con el sadismo, la crueldad y la tortura, ya sea en la guerra o en la práctica del terrorismo. Nada hay que objetar a esta línea de uso semántico para describir tales fenómenos de la realidad histórica que protagoniza el hombre.

Pero, en acuerdo con el sociólogo estadounidense Bertram Myron Gross, si todo lo que representa la palabra "fascista" queda supeditado únicamente a retratar los actos de violencia física indiscriminada y las atrocidades (alejadas de cualquier correlación con la noción de justicia universal vigente en la modernidad), ciertamente habría que calificar a una gran parte de los períodos políticos y culturales más representativos de la historia de la humanidad con anterioridad al siglo XX como acusadamente fascistas (la Grecia, Roma y Persia antiguas, la Palestina hebrea, el imperio bizantino, chino y los reinos de la India, las civilizaciones azteca y maya, el medievo con sus guerras religiosas y nacionalistas en Europa, Oriente Medio y Japón, el colonialismo occidental de América, África, Asia y Oceanía, las monarquías parlamentarias decimonónicas al rebufo tanto de las demandas de la Ilustración como del capitalismo industrial).

Entre las pérdidas y ajustes que la noción ha sufrido con el desgaste del tiempo y de las ideologías, cabe recordar algunas de las que podrían ayudarnos a entender y evaluar algunos hechos de la actualidad que están influyendo de alguna forma en nuestras vidas. Por ejemplo, cuando el mundo todavía no había sufrido el seísmo moral del Holocausto y el comunismo pletórico continuaba atrayendo las esperanzas utópicas de muchos desheredados e intelectuales, el fascismo era entendido como el descriptor central de la dinámica del capital.

En 1928, en el VI Congreso de la Internacional Comunista celebrado en Moscú, se dedicó todo un epígrafe de su programa para articular un diagnóstico del mundo a través del término. De aquí se extrae que el fascismo es un proceso complejo que emerge y se desarrolla por medio de acciones y coyunturas específicas como son la inestabilidad en el funcionamiento del propio sistema económico y del parlamentarismo democrático (motivada por la falta de igualdad ante la ley de los más poderosos y por la corrupción de los dirigentes gubernamentales y de los partidos políticos), la pauperización de la clase media en las grandes ciudades, el desprecio por la actividad científica políticamente neutral y la diversidad cultural, el descontento de las clases propietarias (la urbana y especialmente la agraria), y la amenaza constante de un levantamiento aparentemente inminente de la clase trabajadora y de los más pobres y desplazados por el sistema contra las instituciones y la clase con más recursos.

El fascismo se equipara con la forma que adquiere el nuevo modelo de sociedad que quiere implantarse como reacción para cubrir la pasividad, la ineficacia y el descontento provocados por la socialdemocracia.

Es entonces, en la tempestad que surge dentro de un clima como ese, colmado de incertidumbre, miedo, injusticia, desconfianza y resentimiento, cuando la burguesía, o algunos miembros destacados de ella, deciden pasar a una fase posparlamentaria (que a menudo se transforma en una dictadura explícita o en algo menos evidente por medio de grupos oligárquicos que deciden todo lo que importa tras-cortina). Las tácticas "populistas" que activan dichos actores en esta fase resultan muy familiares: crítica parcial contra la usura de las entidades financieras pero sin reformas prácticas que sean contundentes, uso distorsionado e interesado de un argot típicamente anticapitalista, indignación ante la charlatanería parlamentaria y el diálogo democrático (vetados como fraudes y pérdidas de tiempo), demagogia religiosa y nacionalista, antisemitismo, racismo y promulgación de una política exterior beligerante.

En suma, el fascismo se equipara con la forma que adquiere el nuevo modelo de sociedad que quiere implantarse como reacción para cubrir la pasividad, la ineficacia y el descontento provocados por la socialdemocracia. Un modelo que no pretende la recuperación de un régimen antiguo sino fraguar uno diferente, y en cuya receta de transformación lleve consigo algunos elementos de un pasado mitificado que a su vez serán los que precipiten la consecución de un futuro inédito y más próspero. El funcionamiento de ese modelo, una vez alcanza el poder, tal y como hemos aprendido de experiencias históricas anteriores, se caracteriza porque todo el programa "popular" es sacrificado llegado el momento (el anhelo de una sociedad más justa e igualitaria desde el reflejo de su espejo aberrante queda en suspensión). En verdad, es sustituido otra vez por un capitalismo todavía más brutal que el que fue liquidado, a salvo de cualquier procedimiento de regulación, blindado ante cualquier crítica política que, además, enseguida es colocada fuera de la ley.

Esta aproximación clásica, con casi 90 años a sus espaldas, podría ser aplicada perfectamente a nuestro entorno, es decir, bien podrían integrarse en los límites de esta categorización aspectos políticos y culturales de la Venezuela de Maduro, la Rusia de Putin, o la China poscomunista de Xi Jinping. E igualmente, si se presta atención a un análisis pormenorizado, podríamos anidar aquí unos pocos aspectos de las acciones dirigidas por la administración Obama -como la cibervigilancia y el espionaje integral- y bastantes de las que está perfilando la administración Trump, y aventurar que un hipotético gobierno de la ultraderecha de Jean-Marie Le Pen en Francia tendría muchas probabilidades de caer por esta misma senda.

Desde otro ángulo, el fascismo ha ido también mutando en fórmulas con una apariencia de supuesta honorabilidad, las cuales se han demostrado igual de dañinas para el pensamiento democrático que lo que supone una dictadura al uso según el diccionario Merriam-Webster o la Real Academia Española (como representarían las acontecidas a lo largo del último siglo, muchas todavía vigentes, en Siria, Irak, Irán, Egipto, Arabia Saudí, Emiratos Árabes, Yemen, Marruecos, Chile, Argentina, Cuba, Venezuela, Perú, Bolivia, Filipinas, Congo, Angola, Guinea Ecuatorial y un largo etcétera, en el que España, Italia y Alemania estarían incluidas).

Me refiero al apoyo que el Estado ha proporcionado, en regímenes tanto autoritarios como plenamente parlamentarios, a determinados círculos de "amigos" para que todos se hicieran ricos. El tráfico de influencias y la aplicación de privilegios o de salvaguardias de la ley a determinadas élites por razón de intereses de todo tipo (incluido el interés de Estado), es otra forma que adopta el modelo de sociedad fascista, aunque, como expresa el profesor Gross, en este caso se trate de un fascismo con apariencia amistosa porque no agrede físicamente de un modo directo sino que, alcanzando el poder "legalmente", sin llegar a suprimir las tuberías principales del sistema democrático, produce como contrapartida algo de riqueza para alguien más que para el líder y su camarilla.

Asumir con seriedad científica esta realidad conlleva la aceptación de que el capitalismo desnudo (sin ninguna hoja de parra que cubra sus intereses más naturales y vergonzantes éticamente) es el motor del fascismo dentro de la época moderna que ha sido fundamentada en la racionalidad, esencialmente porque habilita procedimientos para que los falsos demócratas se disfracen de auténticos demócratas, lo que es algo así como caer en el error recurrente de invitar a Belcebú a cuidar de un rebaño de corderos en un desierto de sal.

Claramente, la desnudez del sistema se puede disimular de múltiples formas, entre ellas sedimentando la creencia de que la violencia en la que existen las vidas de los ciudadanos de un determinado país forma parte del carácter nacional o de la conciencia colectiva que han forjado a lo largo del tiempo; por consiguiente, de lo que se trata es de anclar que los impulsos violentos a la hora de resolver los asuntos cotidianos son aspectos conocidos, admitidos y que no están relacionados con determinados incentivos socioeconómicos o con la permisibilidad de la injusticia (EEUU representa uno de estos paradigmas en el sentido de asumir que desde su momento fundacional la violencia ha sido un ingrediente presente y hasta "orgánicamente" necesario para su desarrollo histórico).

Ahora bien, la violencia como elemento cultural y estructural no solo consiste en que determinados individuos decidan hacer uso de su permiso constitucional para poseer armas (para, en ocasiones, utilizarlas para asesinar a inocentes). Se trata de algo más profundo, de reproducir como asunción arraigada que las ausencias de un subsidio por desempleo, una pensión y un seguro médico universal son signos del demérito de quien no ha sido capaz de ganárselos con su trabajo (así sucede que el miedo al paro, la ansiedad para pagar las deudas o el hecho de no poder disfrutar de una cobertura sanitaria son formas de cultivar el terror para orientar la conducta y la mentalidad de las personas en una dirección única y total; una táctica central en el fascismo).

Cuando politólogos, economistas o representantes parlamentarios anuncian que el estado del bienestar no es sostenible por más tiempo y que hay que prepararse para su desmantelamiento, no puedo evitar que un escalofrío me recorra la espalda.

Cuando muchos politólogos, economistas y representantes parlamentarios anuncian que el estado del bienestar no es sostenible por más tiempo y que hay que prepararse para que sea desmantelado definitivamente, no puedo evitar que un escalofrío me recorra la espalda y acto seguido me acuerde de aquello que Huxley recreaba en su Mundo Feliz: el progreso entendido como una dictadura donde la estabilidad, la paz, el maquinismo y la medicina se convertían en los cimientos de la sociedad ideal, de modo que las guerras y las pasiones desaparecían, y ya no se necesitaba de la religión ni del arte ni de la ciencia pura ni de la verdad. El "salvaje" que se rebela en la historia de Huxley contra esta senda civilizatoria reclama para sí la recuperación de sus derechos a "envejecer, a volverse feo e impotente, a tener sífilis y cáncer, a pasar hambre, a ser piojoso, a vivir en el temor constante de lo que pueda ocurrir mañana; el derecho, en fin, a ser un hombre atormentado".

Acaso parece que las alternativas que son posibles para ser prósperamente virtuosos basculan entre un modelo donde la felicidad universal solo sucedería si a cambio renunciamos a Shakespeare, a dejar de tener algo trascendente de lo que escribir, a tan solo cultivar el acto creativo de la propaganda, puesto que lograr penetrar en un estado social donde la lucha justa se vuelve superflua generaría como efecto final una especie humana que ya no sería tal sino otra cosa diferente. La segunda opción parece ser un modelo en el cual debemos admitir que siempre tendrá que existir el iceberg ("ocho novenas partes de la población por debajo de la línea de flotación, y una novena parte por encima"), lo que equivale a legitimar la utilidad de una élite que dirija al resto, que lo ordene y lo condicione. Sin más, ambas posibilidades nublan nuestra imaginación y precipitan que el órgano de la mentalidad fascista crezca en nuestra psique como un desahogo ante el abismo de que nada pueda tener sentido ni razón de ser.

Las personas que creen que la opción más responsable es que todos accedamos a esperar un porvenir sombrío (en el que resulta inevitable la falta de respeto por el medioambiente, la preservación de los paraísos fiscales, y la irrealización de una UE fuerte y solidaria), privando al alma de tener el pensamiento de que todos los hombres pueden alcanzar la plenitud sin diferencias de clase, e imponiéndonos la idea de que el juicio permanente sobre nuestros méritos y debilidades debe ser el único modo de hacer una cultura singularmente humana y pacificada, no son conscientes de que traicionan su deber hacia la inteligencia, que despilfarran el talento que les ha sido otorgado, y que olvidan la importancia de ejercer el compromiso inalienable con mejorar el mundo. Su negación termina convirtiéndose en un privilegio para la situación de unos y una catástrofe para la situación de otros.

A este hecho, que impacta en el funcionamiento de la mente y después en los actos, se le puede calificar de una caída en las fuentes del fascismo sin ser consciente de que uno mismo, al hacerlo, lo está consagrando, transustanciado en la construcción válida de vivir la realidad social: una derrota incesante y dolorosa que impide el renacimiento de la condición del hombre. Aceptar este discurso es aceptar cualquier cosa con tal de obtener la paz, lo que también implica que la verdad puede ser secuestrada con el eslogan, repetido tantos millones de veces desde la Antigüedad, de que "las cosas hay que pagarlas", porque la felicidad tiene un precio.

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