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Salvar a 5 millones de almas o el precio de nuestra libertad

20/02/2014 07:07 CET | Actualizado 21/04/2014 11:12 CEST

"Por primera vez había jóvenes educados y con un buen nivel socioeconómico que declaraban públicamente no querer hijos, no sentir el deseo de soportar las preocupaciones y cargas asociadas a la educación de una progenitura. Por supuesto, una relajación semejante tenía que ser emulada".

Michel Houellebecq. La posibilidad de una isla (2005).

Intuyo que una buena parte de los españoles se preguntan con suma preocupación si los actuales líderes que nos gobiernan y que nos representan saben qué hacer con España. Una preocupación nada atípica para los que han nacido en este país a lo largo de su historia. En mi caso, la respuesta a la que más llego estadísticamente, tras poner a prueba razonamientos diferentes y siempre partiendo del beneficio de la duda, es desafortunada y mayoritariamente negativa.

La semana pasada me invitaron a participar en una conferencia sobre políticas activas de empleo y nuevas fórmulas para potenciar la relación entre administración y tejido empresarial a la hora de crear nuevos puestos de trabajo, es decir, identificar perfiles profesionales con futuro y armar cauces para la empleabilidad de los más jóvenes. Antes que me tocara el turno, intervinieron los líderes institucionales: la Directora General del Servicio Público de Empleo Estatal y varios diputados de diferentes partidos. Tras sus previsibles y particulares interpretaciones de los datos del paro del mes de enero (4.814.435 desempleados), y aunque unos fueron más optimistas que otros, lo que más me trastocó fue la coincidencia de todos ellos a la hora de hacer una llamada a la acción, consistente en "ser positivos" porque, en cierto modo, teniendo la actitud correcta la solución llegará más rápido. Lo más importante, desde sus experimentadas habilidades para diagnosticar y curar, consiste en no caer en la desesperación ni la desesperanza, exaltando el deber de soportar los sacrificios, por inevitables, y dejando que ellos, que se esfuerzan, sean los que se encarguen de casi todo. Aunque es obvio que están teniendo una mínima efectividad en sus planes, y que su apariencia de tener una gran confianza en su saber hacer no deja de asombrarme, me pregunté:

¿Una "cuestión de actitud" es el tipo principal de ingeniería que manejan y predican para resolver el desempleo? ¿De verdad no hay más capacidad relacional entre esta élite para analizar el escenario y ser capaces de ejecutar un proyecto material para cambiar las cosas arriesgando lo que sea necesario?

¿Debemos conformarnos con aceptar una realidad falsa, la que nos venden como inevitable, como premisa para tratar de frenar la creciente desigualdad y la destrucción de la autoestima de millones de españoles?

Lo segundo que me alarmó fue que en cuanto finalizaron sus intervenciones abandonaron el auditorio, circunstancia que suelen explicar por sus apretadas agendas, sin tiempo para escuchar, reflexionar y compartir ideas y opiniones con el resto del público, donde estaba representado el tejido empresarial. Su actitud negó la posibilidad de que la diversidad de la sociedad influyera en sus respectivos puntos de vista, los cuales continuarán armándose de un modo aislado, mediante la retroalimentación que obtienen de círculos elitistas compuestos por las opiniones que están previamente "autorizadas" para dialogar con los representantes del poder.

Con esta queja comencé mi exposición, una crítica a la ceguera institucional por no entender la función trascendental que desempeñan: liderar, no meramente gestionar. Y poseer una predisposición vocacional para relacionarse con la ciudadanía por cauces informales, es decir, aprendiendo a fortalecer y movilizar el capital social de España.

Probablemente, en su habitual conducta pública, en la actitud comunicativa que están acostumbrados a desplegar (esto es, con aparente respeto, distancia y neutralidad frente al estado anímico del pueblo, y con un poco disimulado desinterés frente a las posturas intelectuales de quienes lo constituyen) se reflejan las respuestas que despejan mis dudas: las alternativas que tienen entre manos, la doxa que aplican, forman parte del mismo sistema de principios que nos ha llevado a la catástrofe. Tarde o temprano, todo volverá a repetirse.

Zygmunt Bauman, en una de sus últimas intervenciones, recordaba el pensamiento de Elias Canetti para denunciar la pérdida de autenticidad en las motivaciones de los políticos, ahogados por la marea de acontecimientos al no saber descifrar los medios adecuados para aliviar el sufrimiento, y sin memoria para recordar que sus fines deben ser los mismos que los del resto de la humanidad. Unos fines que deben conservar a salvo de coincidir con las metas individualistas de aquellos que ostentan más poder o de los enemigos de nuestra propia humanidad.

Canetti, a finales de los años setenta, volviendo su mirada sobre un siglo humillante para la dignidad de los hombres, se afligía al juzgar que los escritores habían fracasado en su vocación de cambiar el mundo, en su anhelo de transformarlo mediante el impacto de las palabras. Reconoció que ya no había escritores con ese tipo de ambición. Una ambición no sólo con un componente de regeneración moral, sino aterrizada en la forma de un proyecto práctico para influir en la política, en la cultura y en la economía. Aunque los sí comprometidos en épocas anteriores, uno tras otro, habían fracasado en su empeño, Canetti consideró que era vital desear con fervor que ese molde de virtud e ingenuidad volviera a prodigarse. En cierto modo, era un deseo desesperado por recuperar a un puñado de hombres con energía y compromiso para cambiar el estado de las cosas.

Se podría extrapolar a nuestros días aquella petición en cuanto a la necesidad de recuperar a las personas adecuadas para la política y el periodismo, cuyas capacidades para anticipar el futuro sean tenidas en cuenta por todas las clases sociales. Cuyas profecías, razonadamente a contracorriente, no sean ignoradas o enmudecidas por la presión de la clase dirigente, tan cegada en su afán de no perder sus privilegios como pasiva ante el advenimiento de una época donde sólo unos pocos hombres disfrutarán de la felicidad. El llamamiento a la acción debe consistir en permitir que afloren hombres de verdad, con conciencia para asumir la responsabilidad de hacer que el mundo sea como debe ser, sin miedo a la derrota.

Con el propósito de que pueda renacer un momento social que dé cobijo y defienda a esa naturaleza de hombres, me propongo continuar haciendo de Casandra, indagando en cuáles son los resortes que aceleran la desigualdad y que, por lo tanto, impiden la tan cacareada prosperidad para alguien más que una selecta minoría. El reto de lo que importa es cómo dibujar un programa para crear puestos de trabajo abundantes y en unas condiciones de reciprocidad, es decir, necesariamente alejadas de lo extenuantemente precario. Pero para vertebrar una solución con potencia, resulta esencial entender cómo se ha llegado a la situación actual y cómo funciona la sociedad hasta sus últimas consecuencias.

No hace falta acudir a la lógica analítica para afirmar que la experiencia cotidiana nos ha enseñado que el hijo de un abogado del estado tiene al menos diez veces más posibilidades de percibir un salario anual de 100.000 euros a los cuarenta años que el hijo de un operario de un taller mecánico, pese a que los dos hayan ido a los mismas instituciones educativas y obtenido el mismo promedio en sus expedientes académicos. La perversión de la lógica retributiva se vuelve aplastante si además introducimos el análisis de la probabilidad de cursar estudios superiores de acuerdo con el origen social de los estudiantes (tipo de familia, condicionantes culturales, posibilidades económicas, etcétera).

Utilizando datos más "científicos", la composición estadística de la fuerza de trabajo en España demuestra que los que tienen un título de educación superior tienen cuatro veces más posibilidades de no estar en paro que los que únicamente tienen finalizada la educación obligatoria. En epidemiología social, cientos de estudios empíricos han servido para demostrar que la riqueza del país y su calidad democrática, el apoyo social disponible a través de las instituciones establecidas, y el nivel socioeconómico de los padres, son los coeficientes principales que determinan la expectativa de vida de un recién nacido y sus posibilidades materiales de alcanzar la felicidad. El óptimo funcionamiento de su cerebro, su esfuerzo, su constancia, y su talento, serán factores secundarios y dependientes de todo lo anterior para que tenga la oportunidad de alcanzar esos fines.

Bajo las consideraciones de este escenario de lo real, un hecho consolidado a lo largo de los últimos treinta años en el mundo desarrollado ha sido que la gente rica ha seguido haciéndose más rica por el simple hecho de ser rica, mientras que la gente pobre se ha ido haciendo más pobre por la propia lógica de su condición. Este enunciado se relaciona con otro hecho: la gente que más renta acumula en el planeta de forma habitual ha justificado su posición excepcional con el argumento de que lo merecen porque son creadores de empleo. Por consiguiente, su éxito permite a muchos otros poder vivir con una variada gama de recursos. Y sus empleados se convierten en la prueba de su contribución objetiva a la prosperidad económica y a la propia expansión del consumo.

Sin embargo, en la última década se ha demostrado que hay un desacoplamiento de varios factores que desmontan esa prueba de exención de culpa o de aminoramiento del remordimiento:

Para empezar, la acumulación de riqueza en unas pocas manos no está provocando que surjan más puestos de trabajo, la tasa de ganancia no está filtrándose hacia abajo para beneficiar al conjunto de la economía real. Luego, descontando el rendimiento de los productos de especulación financiera y los nichos de bienes de lujo diseñados para el deleite del capitalismo exuberante, la demanda efectiva no está creciendo al ritmo proporcional de ese súper-plus de acumulación. Podríamos decir que los capitales viajan y se multiplican, pero las fábricas se cierran o reducen su tamaño.

Además, el conocimiento técnico y la aplicación de avances tecnológicos en algunas partes del tejido productivo están favoreciendo que la productividad aumente considerablemente. Sin embargo, el empleo no se está reactivando como era de esperar. No cabe duda de que las consecuencias de estos desequilibrios van por barrios, y que la globalización ha perjudicado más a unos y menos a otros.

A finales de 2013, Erik Brynjolfsson, profesor en la MIT Sloan School of Management, reconocía que los resultados de su última investigación le estaban demostrando que el cambio tecnológico observado durante los últimos diez años en EEUU no estaba creando puestos de trabajo al ritmo que él preveía (razón por la que se ha ido acrecentando el desajuste entre la curva de productividad y la curva de creación de empleo). Desde 1945, se había venido observando que ambos factores crecían de la mano, tenían un comportamiento asociado; sin embargo, en el siglo XXI se está abriendo una desestabilizante brecha entre ambos. Un predicamento para controlar este fenómeno de ralentización en la creación de empleo y el aumento en la destrucción de puestos por efecto de la tecnología, está siendo la denominada globalización inversa. Un eufemismo para tratar de convencer a las empresas multinacionales para que retornen a casa. De esta manera los países más desarrollados, los que están sufriendo mayores tasas de desempleo, han perdido su orgullo y han podido justificar la realización de un ajuste laboral sin precedentes con el fin de que sus trabajadores resulten tan competitivos como los de los mercados emergentes, con la excusa de que en éstos ya no todo es tan barato puesto que sus niveles de prosperidad y madurez institucional están llevando a sus trabajadores a exigir más derechos.

El miedo a la inseguridad en los países lejanos es otra de las banderas que frecuentemente se enarbolan desde Occidente, arropadas de argumentos a menudo cargados de prejuicios (y que nos permiten inferir que el verdadero temor estriba en un incremento de la inseguridad dentro de nuestras fronteras, no a miles de kilómetros de distancia). Durante la cumbre de Davos del pasado mes de enero, algunos de los miembros de las élites se hicieron eco de los idus de marzo, es decir, al fin han compartido su preocupación por los malos presagios que muestran los datos tan negativos de desempleo. Su llamada de atención prevé tomar medidas que permitan mantener el orden antes que la ceguera pueda provocar una inversión radical de la situación, dejando aflorar un miedo inducido ante una posible "rebelión de las masas".

El recuento mundial post-recesión realizado por el Banco Mundial arroja que, entre 2007 y 2013, el número de desempleados ha crecido en más de 200 millones de personas. Aproximadamente 75 millones de los nuevos parados son menores de 25 años. La probabilidad de encontrar un trabajo para un joven es tres veces inferior que para un hombre maduro. Agrupando las opiniones de una variedad de expertos oficiales, la crisis está proyectando varias presiones:

  • Primera presión. Mientras el empleo crece en toda la región del África Subsahariana a un ritmo de 8 millones de nuevos puestos de trabajo al año, y a un ritmo de 1 millón de nuevos empleos al mes en la zona del sur de Asia, resulta que Occidente no sólo no despega sino que se "desangra", dado que sus modelos productivos no están extrayendo beneficio de la energía y de las habilidades de la población joven, que se convierte en una clase improductiva, lo que condiciona los rendimientos marginales del crecimiento económico y la propia competitividad. Considero que cuando se referencia esa "pérdida de habilidades y energía" es bastante probable que se esté señalando que un capital barato no está pudiéndose asignar para aumentar la producción a menor coste.

  • La segunda presión consiste en un subrayado ideológico muy interesante relacionado con el miedo al radicalismo. Es decir, se distribuye la percepción clara de que tener a millones de jóvenes en Europa devaluados emocionalmente al sentirse excluidos de los procesos deliberativos de sus comunidades, privados de la pulsiones de construcción de identidad relacionadas con el consumo de determinados bienes, incomprendidos por sus familias, y decepcionados con la clase política, les desliza a un estado de potenciales extremistas, una grave amenaza para la reproducción de la sociedad. Así que la urgencia de emplear a estos elementos potencialmente desequilibradores del sistema se convierte, en palabras de Rajiv Shah (responsable de la United States Agency for International Development), "en la inversión más importante y efectiva en seguridad que se puede hacer a escala internacional". Está claro que en el razonamiento de Shah, la violación flagrante de la Declaración Universal de los derechos humanos de 1948 no tiene valor para ser invocada a la hora de explicar el origen de las protestas y el malestar de esas partes de la población. Recordemos que en aquella Declaración, en sus artículos del 23 al 25, se reconocían una serie de derechos económicos comunes a todas las personas (derecho a un trabajo digno, a una remuneración equitativa, a tener asistencia médica, a un seguro de desempleo, a una vivienda, a una pensión, etc.). Lo fundamental, para representantes oficiales como Shah, es tapar la vía de agua para seguir navegando en el mismo barco.

  • Tercera presión. La educación por la educación ya no es lo crucial para el bienestar de los países avanzados, sino que la orientación de la educación de nuestros jóvenes debe estar supeditada a los yacimientos efectivos de empleo. La única salida que se nos brinda es que la educación obligatoriamente quede planificada para que haya una correlación con la oferta de trabajo. Con nuestra experiencia de los últimos tiempos, nos podemos imaginar los efectos de este tipo de giros de timón atados a los caprichos de los mercados. Si el mercado de la construcción se mueve, habrá que impulsarles para que se formen en instalar equipos de aire acondicionado o soldar tuberías. Si lo que se mueve son las energías alternativas, que aprendan a montar paneles solares. Si lo que toca es equipar todas las viviendas con señal de televisión digital, que aprendan a poner antenas, y así un estímulo tras otro. En el camino se aprovecha para elevar la altura de las barreras para poder formarse en algunas de las profesiones más demandadas (ingenieros superiores, médicos, abogados, científicos). Una demanda sobre esas profesiones que surge de la percepción de que en ellas no sólo se puede alcanzar un nivel económico desahogado (algo que ya sabemos que es otra ilusión), sino que prometen un mayor disfrute del tiempo de trabajo por ser perfiles más creativos, por facilitar un cierto grado de autonomía sobre la actividad en sí pese a estar asalariado, y porque se obtiene un relativo pero reconfortante prestigio en la sociedad, elementos que bien conjugados permiten reducir considerablemente el impacto del estrés en la salud de las personas.

  • La cuarta presión deriva de la anterior, al involucrar más a las empresas en la formación de los jóvenes. Es la ruta del espacio de la formación dual. Pero, a mi juicio, si se hace una interpretación equivocada de ella, también puede convertirse en una ruta para privatizar y corporativizar la educación desde unas fases cada vez más tempranas, aportando a las empresas el suministro de los empleados, no de ciudadanos, que necesitan con precisión en cada momento del ciclo económico. Es algo así como vender un espacio público a los intereses de un ente privado para que lo gestione según sus necesidades de producción. Una opción de esta naturaleza es utilizada para convencernos de que los fallos del sistema educativo mutualizado por toda la ciudadanía son insalvables, lo que permitirá que el declive de sus estructuras sea más fácilmente aceptado por la sociedad, adoptándose una postura equivalente a la que exalta la libertad de empresa cuando se exige aligerar los requisitos administrativos y las responsabilidades civiles a la hora de fundar una sociedad mercantil. Por consiguiente, la tendencia actual se encauza hacia un adelgazamiento en las responsabilidades del modelo público de educación para abrirlo a la gestión ya no sólo de más colegios y universidades de propiedad privada, sino abrirlo a que las mentes de nuestros hijos pasen a estar directamente gestionadas por los programas de formación de las empresas. Esta tendencia puede ser problemática o no serlo tanto. Todo depende del modelo de sociedad en el que se quiera vivir, y del contrato social al que se comprometa el segmento empresarial.

En Carolina del Sur (EEUU) se está implantando el modelo dual "a la alemana", donde empresas de automoción, como una fábrica de BMW, están recibiendo todo el apoyo gubernamental para poder ir directamente a buscar y formar la mano de obra que necesitan. El sistema de aprendizaje en el puesto de trabajo y en la media jornada de formación tradicional encuentra su justificación funcional en que las corporaciones industriales consideran que los procesos tradicionales de reclutamiento son ineficientes porque los jóvenes no saben hacer lo que ellas necesitan. Visto de otro modo, se puede considerar que este modelo dual permite a las empresas ahorrarse el coste de formarles en su puesto de trabajo una vez han adquirido, previa certificación, los conocimientos formales imprescindibles para ocuparlo (una práctica habitual en el mercado de trabajo occidental durante el siglo pasado). Al mismo tiempo, permite a la empresa medir rendimientos y quedarse con los más talentosos después del periodo de aprendizaje. El joven que es descartado al final del período tiene a su favor la empleabilidad recibida, lo que debería facilitarle su inserción en otras empresas similares. No es un procedimiento radicalmente innovador. Es volver a empaquetar procedimientos prexistentes de una manera más ventajosa para el empleador. En esencia, es pura economía, otra venda de "buenas prácticas" para tapar la hemorragia, con la que, además, se asume otro riesgo para la generación de riqueza de un país a largo plazo: que ese joven "dual" no termine de desarrollar otras competencias de conocimiento latentes en su potencial, no pudiendo descubrirse a sí mismo.

En un reciente informe de McKinsey, Education to employment: Designing a system that works, se recogen datos curiosos, fruto de una extensa encuesta realizada en 25 países (entre ellos España), que tratan de captar el estado de alineamiento real entre el sector educativo y las necesidades del sector empresarial. Por ejemplo, según las conclusiones, alumnos, educadores y empleadores poseen percepciones diferentes sobre el nivel de empleabilidad de los jóvenes. Una diferencia que es etiquetada como "vivir en universos paralelos". Así, mientras que para el 60% de los jóvenes y de los empleadores la preparación formal al cubrir todas las fases del sistema educativo no es ni la adecuada ni suficiente para ser competitivo en el mercado laboral, resulta que para el 72% de los educadores esa preparación sí es la adecuada para la inserción inmediata.

Otros datos llamativos del informe proceden de un análisis del Valor Presente Neto de realizar un curso de educación universitaria, ya sea licenciatura, doctorado o Master. Para un joven estadounidense con recursos o con una beca se trata de una inversión muy ventajosa para después obtener un puesto de trabajo estable, mientras que para un alemán, un británico o un español, la rentabilidad de pagarse ese tipo de estudios, aunque teniendo la ventaja de tener un coste promedio considerablemente inferior al estadounidense, resulta ser una inversión de muchísimo menos valor. Algunas cifras que se usan para demostrar la interpretación dada de esa medición reflejan que sólo el 20% de los alemanes entre 25 y 34 años posee un título de educación superior, la tasa más baja de la OCDE. Para el caso de los jóvenes británicos, pese a tener media docena de las universidades mejor valoradas del mundo, sólo el 40% piensa que obtener un título universitario le asegura un puesto de trabajo de mejores condiciones (estas opiniones me sugieren que un porcentaje amplio de los jóvenes europeos manejan poca información sobre los aspectos profesionales y laborales que condicionarán sus vidas).

El contrapeso es que la formación profesional, en términos generales, aunque es menos valorada en cuestiones de estatus social, es considerada por la mayoría de los encuestados como una educación útil para encontrar un puesto de trabajo. Por último, llama la atención que las habilidades que más demandan valoran y echan en falta los empleadores, no tengan que ver apenas con una carencia de conocimientos teóricos necesarios para el puesto, sino con tener ética en el trabajo (tolerancia a una dedicación y un esfuerzo intensivo), actitud para saber trabajar en equipo e inteligencia para resolver problemas complejos. Sin duda, requisitos con una dimensión económica preferencial. Aspectos como la creatividad o el liderazgo aparecen con un rango de prioridad bastante inferior.

Desde mi punto de vista, la radiografía final de este informe, aun siendo valiosa, no profundiza en ciertos parámetros que es conveniente tener presentes si se pretende extraer conclusiones aplicables para el problema español. Para empezar, tomando un estudio del Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas sobre la evolución de la composición de la fuerza de trabajo por nivel educativo desde 1964 a 2013, hemos de asumir unas realidades incuestionables: hoy en día, el licenciado universitario en España tiene una probabilidad de estar ocupado 28 puntos porcentuales superior que el español con sólo estudios primarios. Mientras que el que posee un grado de formación profesional de grado medio sólo tiene una probabilidad de 15 puntos superior a ese español con estudios primarios. Además, al examinar la tasa de desempleo por nivel de estudios terminados en 2013, resulta que sólo aparece el 12,8% de los licenciados en paro, mientras que el grupo formado por el bachillerato elemental, la formación profesional de grado medio y el bachillerato superior, aparecen con tasas de desempleo de entre el 27% y el 33%.

En España, un dato irrefutable es que el nivel de estudios se ha convertido en un sólido factor protector contra el paro y en un factor positivo para la inserción en el mercado laboral, es decir, cuanto más alto sea tu nivel de cualificación serás más competitivo y estarás mejor valorado. Una correlación que tiene lógica, y que debería ser contemplado como un factor de coherencia moral y de salud democrática siempre y cuando la igualdad de oportunidades sea un derecho garantizado y protegido en los planos de los derechos sociales y de los derechos económicos. Del mismo modo, se infiere con claridad que si el modelo público en educación superior se deteriora en calidad y se reduce en tamaño al mismo tiempo que se encarece en precio, reduciéndose el número final de licenciados en la salida del sistema, lo que se provocará es que el licenciado resultante todavía verá más acrecentadas sus posibilidades de estar ocupado y se beneficiará de un gradiente de nivel socioeconómico. Por consiguiente, los jóvenes con más educación y con más recursos tendrán todavía muchas más posibilidades que el resto a la hora de poder optar a un puesto de trabajo en España.

Si nos referimos a la estructura productiva española, resulta que en el sector energético y en el sector servicios se concentra la mayor parte de la fuerza laboral con estudios universitarios (con tasas del 37% y del 25%, respectivamente). En el sentido contrario, los trabajadores con educación secundaria obligatoria o menor se concentran en el sector agrícola (70%), seguido por la construcción (45%) y por la industria (41,2%). El problema de fondo es que tres cuartas partes de las personas desempleadas en nuestro país tienen un nivel de cualificación bajo o medio, y muchos de esos casos vienen derivados de unas tasas de abandono escolar igualmente altas. Creer que en España das una patada y saltan millones de universitarios sin trabajo no es un dato del todo correcto; nuestra media de titulados superiores entre 25 y 64 años está en el 32%, es decir, justo en la media de la OCDE. Por ende, considerar que la solución principal al problema de la empleabilidad de la población en edad de trabajar es aminorar la educación terciaria y, a cambio, mejorar la formación profesional, favoreciendo su prestigio y aumentando la oferta dual, puede ser una vía de actuación, pero es sólo contemplar una arista del conjunto del escenario, y tendrá unas consecuencias no sólo de carácter económico.

Cuando se pone como referente al modelo de formación en Alemania, es necesario estudiarlo con atención para no caer en cantos de sirena o en construir un mito que esconda algunas partes del todo.

  • Primer elemento para hacer un reflexión sobre dicho modelo: según la OCDE, entre 2008 y 2010, el salario medio de un licenciado alemán ha venido siendo en promedio casi un 70% superior al salario medio de un trabajador técnico de formación profesional. De manera que, en términos aproximados y dependiendo de los sectores, un técnico de más de treinta años en el sector industrial alemán en régimen de tiempo completo podría estar ganando unos 1.900 euros netos mensuales, mientras que un ingeniero superior estaría en la órbita de los 3.200 euros ¿Cuál de estos dos tipos de trabajadores es más valioso para el crecimiento económico? El salario superior estaría resultando más eficiente al estado alemán por tres razones: se le grava con más impuestos, tiene muchas menos posibilidades de acudir al seguro por desempleo, y dado que el sector terciario de la educación tiene un tamaño muy controlado, requiere de una menor inversión que el de otros países, permitiendo que el ratio de rentabilidad aumente. Pero la conclusión fundamental es que el trabajador de formación profesional se concibe como una fuerza de trabajo altamente eficiente porque es objetivamente más barata a la vez que puramente instrumental para cubrir la demanda propia de una alta industrialización, favoreciendo que la economía crezca, aunque sea más lentamente, al mismo tiempo que se alivian los costes sociales. Además, la alta industrialización ha permitido asentar una población muy musculada de empresas gacelas (más de 20 trabajadores y menos de 500) que permiten amortiguar destrucciones masivas de empleo y favorecen las rotaciones cortas en el mercado de trabajo. Y en paralelo, la escasez inducida de licenciados en Alemania ha permitido que el salario de éstos se haya revalorizado considerablemente en los últimos 10 años (en 1998, la diferencia con respecto al sueldo de un técnico era de tan sólo un 30%).

  • Un segundo elemento para la reflexión es que coinciden elementos de gradiente socioeconómico en el origen o situación de los jóvenes que recorren los diferentes itinerarios de la formación profesional alemana. Es decir, rentas medias y bajas de las familias, nivel de educación medio y bajo de los padres, y ser inmigrantes, son componentes muy presentes que se añaden al rendimiento objetivo de ese grupo de alumnos. Lo que descubre una estructura de carácter ideológicamente 'neomaltusiana', y un modelo que también acumula sus fracasos, como demuestra que 1,44 millones de jóvenes alemanes entre 20 y 29 años no hayan terminado ni siquiera la formación profesional de grado medio (2,2 millones si se extiende el recuento hasta los 34 años).

Uno de los ejemplos de buenas prácticas en política que me parece más interesante tuvo lugar en 1946, cuando Henry A. Wallace, exsecretario de comercio y antiguo vicepresidente con Roosevelt a lo largo de la guerra, fundó el partido progresista de Estados Unidos, establecido en torno a un discurso abiertamente de izquierdas, antibelicista y pro derechos civiles, a la vez que siendo independiente de la influencia del perseguido partido comunista estadounidense. La intención de Wallace era presentarse a las elecciones del 48 para disputarle la presidencia heredada de su mentor al que fuera su compañero de partido, Harry Truman. Sabiendo que tendría en contra los editoriales de los principales medios de comunicación y que le sería muy difícil llegar a todos los rincones de la nación al carecer de la maquinaria y el presupuesto de republicanos y demócratas, decidió publicar un libro que le permitiera trasladar las líneas generales de su programa político a las bases con las que pretendía establecer el diálogo. Lo tituló 60 millones de empleos. En él, se escuchaba una voz impaciente y convencida de saber qué hacer con su país y cómo liderar un cambio que estaría inexorablemente conectado al destino del resto del mundo. Sentaba las bases de un clima de paz en el exterior y de paz en el interior basado, por encima de todo, en alcanzar el pleno empleo, y en el que hubiera un reparto de la riqueza lo más equitativo posible para permitir que la demanda efectiva impulsara la expansión de los mercados a la par que una sociedad igualitaria.

Al final, su propuesta se aglomeró en un índice de propuestas (contenidas en The Civic Index of the People's Peace of Full Employment) para poner en marcha políticas estructurales que permitieran alcanzar el techo de los 60 millones de puestos de trabajo, fijar un salario mínimo, establecer la atención médica universal, impulsar un sistema de pensiones moderno y justo, programas de viviendas subvencionadas, una defensa de los consumidores a través de una regulación de precios en los servicios básicos, etcétera. En definitiva, estaba perfilando, con dos años de antelación, los derechos económicos que se recogerían en la Declaración Universal de 1948. Esta es la pasta de la decencia. Es el tipo de liderazgo que cualquiera de nosotros debe reclamar a los que aspiran a representar y dirigir un país.

Volviendo al nuestro, debe quedarnos claro que las soluciones no pueden ser fáciles ni baratas, salvo que la estrategia sea la que apuntan algunos expertos demógrafos, esto es, que la primera fase de requilibrio para la disminución del desempleo en España tendrá lugar menos por las políticas activas y la reactivación económica, y más por las progresivas jubilaciones de los nacidos entre 1948 hasta 1960, lo que abrirá de nuevo la demanda. Un consuelo para "pobres" que no nos librará de que una porción de la actual generación de jóvenes pierda para siempre sus oportunidades para tener una vida plena.

Entonces, ¿qué hacemos con España? ¿será la jubilación automática de toda la generación de la larga postguerra el antibiótico que nos bajará la fiebre pero que retrasará de nuevo el cambio de modelo productivo? ¿es esta la única idea que tenemos al alcance para salvar a cinco millones de almas?

¿Dónde está la audacia de los políticos actuales a la hora de imaginar una España inédita, diferente, liderando a Europa tanto en la generación de capital ético como en la producción de conocimiento?

Esta última posibilidad es algo difícil de imaginar, es cierto. Pero no por ello es un error hacerlo. Fracasar no significa que no hubiera alguna mínima posibilidad de alcanzar tus metas antes de enfrentarte al desafío. La derrota tan sólo evidencia que no supiste ejecutar la idea que tenías entre manos, quizás por falta de destreza, quizás por negligencia. Los oráculos que se apresuran a estigmatizar de "loco" o "peligroso" a cualquier político con imaginación, también han favorecido que la pereza se disfrace con títulos nobles como el de "buen gestor" o como el de "brillante en sentido común".

Los que aspiran a lograr nuestro voto en las próximas elecciones europeas deberían llevar preparado un programa de políticas activas de empleo para España (no limitarse a obtener fondos de miles de millones de euros, sino tener un plan para saber qué hacer con ellos) y para que España lidere a Europa en solidaridad, en creatividad, en producción de conocimiento y en madurez democrática. Cualquier ambición menor sería falta de imaginación, y ésta es la materia prima con la que los científicos, los filósofos y los artistas han salvado el alma del mundo de su absoluta autodestrucción, inventando soluciones técnicas y estéticas no para apropiarse de la naturaleza de las cosas, sino para protegerlas de la ignorancia y la intolerancia.

Salvar a 5 millones de almas es salvar la libertad de todos. No se trata únicamente de reconocer como derecho fundamental que todos ellos logren un trabajo digno, sino de asumir el reconocimiento de que darles un apoyo social permanente es un deber moral universal. Ambas nociones nos proporcionan un significado positivo para hacer uso de nuestras libertades. Por desgracia, esos mismos reconocimientos implican que nuestra libertad, mientras tenga un precio de mercado, siempre estará amenazada.

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