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Dios y los pupitres

14/06/2017 07:25 CEST | Actualizado 14/06/2017 07:25 CEST
J. J. Thomson

A raíz de las últimas violencias ejercidas indiscriminadamente por los practicantes de una versión integrista del Islam, sobre todo esas violencias que suceden en territorio europeo contra ciudadanos europeos, porque las que acontecen por el mismo motivo en otra parte del mundo contra personas de otra parte del mundo parecen ser más bien el resultado de una escenificación teatral, con multitudes que ni sienten ni padecen de la misma forma o a la misma altura que nosotros. Como si la democracia se hubiese convertido ya en un proceso de insensibilización para con lo que no es ella misma, a raíz de estas violencias, digo, se generan una multiplicidad de opiniones que comprenden a su vez amplias posibilidades de actuación. En este sentido, los medios de comunicación y las redes sociales son un magnífico y desmesurado escaparate de las variedades de juicio que se ofrecen para revertir o paliar esta situación de inseguridad y miedo frente a los fundamentalismos religiosos.

De todas estas ideas, tanto las dadas por el simple comentarista como por otros analistas más minuciosos e informados, hay una que siempre me ha resultado de interés por su apariencia seductora y, por tanto (es lo que tiene la seducción), de verdad. Esta idea, cada vez más extendida y descuidada, se muestra a favor de acentuar el laicismo, de borrar sin miramientos cualquier reminiscencia religiosa de nuestras democracias, preocupantemente acostumbradas a considerarse a sí mismas muy libres o absolutamente libres de prejuicios. La idea de laicismo, capital en la evolución de las sociedades y formas de gobierno occidentales, más capital hoy todavía debido a la aterradora presencia del terrorismo de matriz religiosa, presenta una zona insospechada en la que habría que adentrarse lo antes posible y examinar así, con atención, lo que ocurre en ella.

Nos encontramos en la tesitura de no entender cómo operan y en qué se basan estos sistemas de creencias, algo indispensable a pesar de que no se compartan, pues son la clave de bóveda de cualquier arquitectura social que se diga integradora y tolerante.

Referido en pocas palabras, se puede decir que desde el periodo de la Ilustración (mediados del siglo XVIII) se indujo a una concepción superlativa de la Razón en detrimento de toda estructura de fe revelada y caracterizada, entonces y hoy, con la palabra superstición. Así, todo aquello en lo que se cree y que no tiene su base en un pensamiento científico termina por resultar irrisorio y despreciable, conduciendo, por tanto, al rechazo de lo considerado bárbaro en oposición a lo considerado civilizado y, con ello, al inevitable agravamiento de la altivez del que rechaza. Desde esta actitud, y desde hace años, una suerte de integrismo democrático se está consolidando y toma como base la falta de aceptación de la complejidad de las culturas, grupos, etnias, tradiciones, etc., que nos circundan. Fijando una mínima distancia crítica, estoy convencido de que se ha incurrido en un grave error a la hora de llevar a la práctica el laicismo, y que se podría elevar aún más su impacto negativo si nos dejamos llevar por los delirios de posibles venganzas, que serían más el fruto de una excitación pueril revanchista que de una meditación considerada y medida.

El problema fundamental, al menos desde esta óptica, estriba en la confusión que se ha hecho de lo que constituye la laicidad: mediante la eliminación de todo residuo cultual de las instituciones democráticas, algo por otro lado inevitable y necesario, se ha generado a la vez un reverso de intolerancia, fruto de una inercia que parte esencialmente de los sectores (auto)considerados más progresistas de la sociedad, que en su afán de progreso están atacando, entusiastamente, los componentes que atañen a la dimensión cultural de las diversas religiones cuyos procesos se desarrollan inevitablemente en el día a día de nuestras comunidades. Esto, en esencia, significa únicamente que por querer quitar a Dios de todas partes nos encontramos en la tesitura de no entender cómo operan y en qué se basan estos sistemas de creencias, algo indispensable a pesar de que no se compartan, pues son la clave de bóveda de cualquier arquitectura social que se diga integradora y tolerante.

El tratamiento crítico de las religiones en la educación será un gran principio de reconciliación, y una de las grandes metas del siglo XXI: el laicismo sólo podrá consistir, de ahora en adelante, en ubicar a la religión en el tiempo de la democracia.

A este laicismo, totalizador por su rigidez y alcance, habría que oponerle uno de mesura y comprensión: reubicar a Dios (a las religiones) ante los pupitres, desde una orientación descriptiva y analítica, que explicase la estructura y el funcionamiento de estas, es siempre una apuesta razonable y ganadora. La vía que puede favorecer el clima de convivencia, y no acentuar su brecha fatal, podría iniciarse con la incorporación al currículo escolar de una asignatura obligatoria, y no optativa, centrada exclusivamente en esta tarea, que ofreciese un conocimiento de los dogmas, misterios y recorrido histórico de los credos de mayor difusión, bajo el posible marbete de una Historia crítica de las religiones, que se desarrollaría indudablemente como una herramienta eficaz para aceptar y fomentar la convergencia de distintas afinidades en un mismo y perseguido contexto de tolerancia.

Estoy persuadido de la potencialidad de este enfoque si se aplica con la diligencia necesaria, pues la cultura democrática sólo será tal en cuanto sea capaz de comprender, y no sólo de albergar en su seno, distintas perspectivas cultuales y culturales, ya que en ningún caso se puede explicar el mundo desligando y soterrando lo que en buena medida lo conformó y aún hoy lo conforma. El progreso pasa por acercarse a Dios desde la educación, una educación que destaque siempre por su perspectiva abierta, razonada y crítica. Con un gesto tan comprometido se podría hacer disminuir considerablemente una amplia parcela de la intolerancia que nos atraviesa, y esta conquista sería realmente un capítulo más que elogiable del progreso humano. Para ello, el tratamiento crítico de las religiones en la educación será un gran principio de reconciliación, y esta labor será sin duda una de las grandes metas a las que el siglo XXI pueda aspirar: el laicismo sólo podrá consistir, de ahora en adelante, en ubicar a la religión en el tiempo de la democracia y no en otra cosa.