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Lectores

07/04/2017 14:08 CEST | Actualizado 13/04/2017 10:46 CEST

@personaprada

En contra de lo que se pueda pensar, en las bibliotecas no sólo se encuentran encuadernadas la sabiduría o estupidez de esos muchos hombres y mujeres a los que les ha dado, en algún momento de su vida, por escribir. Novelas, ensayos, poemarios y otras formas literarias, a fuerza de pasar de una mano a otra con un relativo ritmo periódico, manos desconocidas la mayoría de las veces, manos que no sabemos (¡ay!) dónde han estado, terminan por albergar, entre sus tapas y sobre ellas, un sinfín de hábitos de los lectores, de sus manías y peculiaridades, que plagan los ejemplares como los fósiles las rocas. A veces, incluso, el lector se venga con sus propias manos sobre los propios libros. Pondré un ejemplo de esos que, cuando me los encuentro, me avergüenzan y fascinan a partes iguales.

El otro día, a las tres de la tarde, decidí acercarme hasta una biblioteca pública para sacar un libro de Don DeLillo, titulado Cero K. Tras atravesar las puertas automáticas del edificio, subí directamente a la planta en la que se encontraba la literatura inglesa. Me detuve ante la estantería, en la que estaban, prácticamente, todas sus novelas. Tras pasar los ojos por los lomos, arriba y abajo, uno a uno, reparé en un ejemplar que era por completo negro, con las letras doradas, que me recordó de inmediato a una copia que había visto alguna vez, en alguna librería de viejo, de El libro de Mormón. Supongo que cualquier lector habituado a la obra de DeLillo lo asociará, directamente, a la blancura de Seix Barral: por eso, cuando vi que el libro en cuestión era Submundo, novela que yo ya había leído años atrás, lo cogí, simplemente, para ver de dónde había salido.

Pasé algunas páginas, con la intención ver qué tal estaba la edición, y, al cerrarlo, me fijé, a medida que resbalaban las hojas unas sobre otras, en que había algo escrito a mano, con tinta azul, en la página en la que el autor ofrecía su sentida dedicatoria: A la memoria de mi madre y de mi padre. Bajo esta muestra de afecto y despedida, un lector o lectora al que no le había gustado el libro, en un arrebato de espontánea sinceridad, se tomó la molestia de añadir a la dedicatoria de DeLillo un categórico comentario: a los que has despedido con esta mierda de novela. Tuve que releerlo un par de veces. Y claro, me reí al constatar la franqueza de la apostilla, controlándome un poco, eso sí, no fuese a despertar a los que suelen ir a las bibliotecas a esas horas, más que a otra cosa, a dormir una siesta a trompicones sobre libros abiertos y apuntes desparramados.

Me entusiasma seguir descubriendo que todavía la gente es capaz de cabrearse profundamente, de sentirse feliz, abatida, de llorar y reír, al encontrarse, frente a frente, con lo que la literatura le ofrece.

A fuerza del contacto diario con estos libros, libros públicos, me he ido dando cuenta de que, como decía al principio, los lectores no dejan de exhibir su impronta en las páginas, de fosilizarse sobre el papel. Los hay que doblan las esquinas de las hojas para saber en qué página han dejado previamente la lectura, a pesar de que existen marcapáginas, esto es, cualquier cosa plana y fina; otros subrayan con colorines radiactivos las frases que más les han entusiasmado, y me suelo preguntar por qué no usan por lo menos un lápiz, que luego se puede borrar, y así no tenemos que fijarnos los que vamos detrás en que lo subrayado es, generalmente, algún cliché innecesario; también está esa gente que ensucia las páginas, que las llena de manchurrones y de huellas dactilares pareciendo que, en vez de chuparse el dedo, meten las manos en el café o la comida antes de pasar la página; y, por supuesto, los hay que dejan, muy porcinos ellos y ellas, algún moco u otro fluido, ahí, a traición, pegado en algún rinconcito sorpresa.

Saqué el libro que había ido a buscar. Luego, mientras avanzaba por la calle con la mochila al hombro, con el sol dándome en la cara, pensé que sería bueno compartir la anécdota, estos acontecimientos insignificantes de los que está hecha la vida. Lectores, pensé, podría ser un buen título para alguna crónica de lo ordinario que tendría que escribir. Así que me puse a escribirla: aunque no comparta la opinión del lector, porque a mí Submundo me parece una gran novela y Don DeLillo un gran escritor, me entusiasma seguir descubriendo que todavía la gente es capaz de cabrearse profundamente, de sentirse feliz, abatida, de llorar y reír, al encontrarse, frente a frente, con lo que la literatura le ofrece. No sólo los libros quedan en los lectores: el lector también queda en los libros.

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