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Sylvia Plath: la sensibilidad es una herida creadora

12/10/2017 10:12 CEST | Actualizado 12/10/2017 10:12 CEST
Vicile

A veces parece que la intensidad con la que sentimos no es más que una forma de violencia, una violencia sin forma que nace del interior de uno mismo y se dirige, asimismo e involuntariamente, contra ese mismo interior que uno es. Desde hace unos días leo los diarios de Sylvia Plath, publicados por Alianza Editorial tiempo atrás, y esta idea se confirma con una recurrencia pasmosa: si su poesía es como un hermoso charco de tristezas y desequilibrios que resulta indispensable contemplar, sus reflexiones más o menos periódicas, que van desde 1950 hasta 1962, son un mar inabarcable de sensibilidades en el que merece la pena ahogarse para respirar.

En el imaginario popular, Sylvia Plath está más bien acosada por su suicidio, pues, como suele suceder en estos casos, es más fácil tomar la parte por el todo, olvidando así que su obra no es sólo lo que ella hizo hasta que se suicidó, o simplemente un camino de metáforas para seguir los pasos de su dolor, sino el motivo fundamental de su existencia, su razón de ser. Sylvia Plath vivió intensamente en el papel y murió como quiso en su cuerpo. Esto no significa que de haberse dado circunstancias más propicias lo hubiese hecho igual, sino tan sólo que su sensibilidad, su forma de estar en el mundo, no le permitió soportar más lo que ella misma era: una herida creadora.

En la belleza de su prosa íntima podemos descubrir, aquellos y aquellas en los que la sensibilidad es también una herida, que no estamos solos en la batalla contra la desesperanza y la desilusión. Porque si su forma de pensar y su imaginación bastan para obnubilar y atraer, para querer situarnos junto a su sombra, la manera en la que se muestra aquí carnal y humana la hace más completa, más táctil. Si no pensara, escribe, sería mucho más feliz; si no tuviera órganos sexuales, no me encontraría todo el tiempo en el límite mismo de la exaltación nerviosa y de las lágrimas. Si estas frases no son el esbozo de cualquier alma que intenta desarrollarse y crecer, difícilmente podrán serlo otras. Pero este es un fragmento que apenas contiene el poderoso sabor de los cientos de páginas en los que vemos cómo se desenvuelve, entre el dolor y la nada, entre la duda y la angustia, la poeta.

Por eso estos diarios tiene una fuerza especial y devastadora. Porque en ellos se encuentra una vida que aún sigue existiendo con toda su intensidad: la de Sylvia Plath intentando coserse con palabras su profunda herida.

Son muchos los acontecimientos, ideas y preocupaciones que recoge en estos diarios, que son una selección de la amplia cantidad de papeles que dejó tras su muerte. Funcionan como el complemento perfecto para los que ya están enamorados y entregados a su poesía: me atrevería a decir, incluso, que son el canal esencial para comprender sin artificios poéticos sus ansiedades, el miedo enorme, feo y llorón, que la obligaba a replantearse un día sí y otro también cuál es el núcleo de la vida, lo que la hace completa o no. Porque cuando ella se decía tu celda no es tu habitación, sino tú misma o tienes miedo de quedarte a solas con tu propio cerebro, estaba mostrando las expansiones y repliegues de su guerra personal con ella misma.

Aunque a veces sea difícil, es importante acercarse a las personas que se han tomado la molestia de querer ser ellas mismas, porque en sus aciertos y fracasos podemos reconocer los valores y la complejidad que supone intentar dar cumplimiento a las aspiraciones personales; sobre todo a las más profundas y creativas. Por eso estos diarios tiene una fuerza especial y devastadora. Porque en ellos se encuentra una vida que aún sigue existiendo con toda su intensidad: la de Sylvia Plath intentando coserse con palabras su profunda herida.

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