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Trump como epitafio

04/02/2017 10:11 CET | Actualizado 04/02/2017 10:12 CET

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Foto: EFE

Osip Mandelstam, poeta ruso muerto en un campo de concentración en 1938, se refirió a Stalin, en uno de sus más conocidos poemas, como al "montañés del Kremlin". Si yo tuviese alguna veta poética, un adarme de poesía, me atrevería a escribir un puñado de versos en los que apelaría, sin miramientos, a Donald Trump como el "paleto de la Casa Blanca". La voz paleto, en su primera acepción, significa simplemente poco educado y de modales y gustos poco refinados, una definición que se me antoja, incluso, en extremo benévola. Donald Trump, uno de los nuevos profetas del racismo, la xenofobia y la homofobia, siempre dispuesto a enseñorearse de los medios de comunicación para dar salida a sus disparatadas ocurrencias, a censurarlos según sus volubles apetencias, ya es oficialmente, a nadie se le ha escapado ni se le escapará, el presidente número cuarenta y cinco de los Estados Unidos.

Una vez escuchada su soflama de investidura, inserta en una ceremonia que parecía una celebración sincretista de credos tradicionales más que un acto político absolutamente democrático, me planteé con cierto asombro algunas cuestiones. La primera de ellas atañe precisamente al papel de la religión en la política americana desde el punto de vista moral del que la practica. ¿Cómo pueden los representantes religiosos que participaron en la investidura (a los cuales se les supone respeto y amor al prójimo según sus propios preceptos) llevar alta o muy alta la cabeza después de palmear a un amante de la intolerancia? ¿Cómo puede un cristiano, por ejemplo, arropar la intransigencia hecha carne y espectáculo, situarse junto a una persona que menosprecia a las personas por dónde han nacido, por su orientación sexual o simplemente por su sexo? Y no me refiero al cristiano o al judío enamorado de las ortodoxias, sino al creyente del siglo XXI que se ha educado en democracia y comparte, en teoría, sus más elementales valores. ¿Cómo han podido votar a uno de los enemigos del futuro, uno de esos que quieren sepultar los logros sociales que se han alcanzado paulatinamente, y con no poco esfuerzo, en el marco democrático global? La respuesta a esta pregunta que se centra en el aspecto religioso es quizá la de más difícil respuesta. La mía, para explicarme esta complicidad de alguna forma más o menos coherente, y por tanto imperfecta, remite a lo de siempre: la conciencia de muchas personas sólo existe, únicamente se ha educado así, para que otros con más medios jueguen desde la distancia con ellas.

La segunda pregunta que me vino a la cabeza mientras contemplaba cómo las gotas de lluvia se iban acumulando en el abrigo de Trump, se refiere exclusivamente a las ideas que sostienen su discurso, su perorata mística. ¿Qué dice Trump? Lo que me volvió a quedar claro al escuchar su fraseología miserable, que, según puede comprobarse, parecía situada aún en el contexto de la carrera electoral y no tanto en una realidad política ya consumada, fue su obsesión por excitar (por seguir excitando) el primitivismo que la civilización se supone va superando con auténticas dificultades. Trump, como los artífices del Brexit y otros aprovechados populistas, no poseen ningún tipo de filosofía política, sino, y en todo caso, una burda retórica orientada a las emociones más mezquinas: revivir el rencor y la envidia, agitar el miedo y el odio hacia la diferencia.

En sus ataques contra la comunidad internacional y sus aliados europeos, más propios de un individuo con manía persecutoria que de un político esforzado en comprender lo que le rodea, en su rechazo al establishment, haciendo constantemente hincapié en que él no es un político sino una persona normal, alguien del pueblo (americano), pone de manifiesto, una y otra vez, con la aburrida y manida recurrencia de la propaganda más atosigante y entrometida, que para él la política no es una vocación consistente en servir y acentuar los valores democráticos y su asentamiento progresivo, entre los que destacan la tolerancia y la libertad de pensamiento y expresión, sino un puro juego de exhibición y poder, el capricho del niño rico que debió apostar con alguien que iba ser algún día presidente de los Estados Unidos y, por no perder la apuesta, ha hecho todo lo posible por ganarla. Trump es un jugador, y su obtusa arenga de investidura ha sido la constatación de que lo visto antes de las elecciones continuará durante al menos cuatro años.

La tercera y última pregunta que me hice surgió mientras contemplaba las caras ateridas de los miembros de los coros que pusieron melodía y aburrimiento a partes iguales en la ceremonia. ¿Cuántos de esos jóvenes estaban ahí contra su voluntad, únicamente porque ya formaban parte de esos coros? ¿Alguno de ellos se sentiría estúpido, debido a sus convicciones políticas, éticas, al cantarle a un presidente por el que no sienten otra cosa más que desprecio? ¿Qué pensarían de él, especialmente, las mujeres que estaban ahí? Supongo que las frases más representativas de Trump reverberarían en sus mentes, y no me refiero a las del tipo "podría disparar a la gente en la Quinta Avenida y no perdería votos" o "vamos a hacer que México pague el muro que nosotros vamos a construir", sino a su retrógrada afirmación de que el poder, entre otras cosas, te permite agarrar a las mujeres del coño (pussy) cuando quieras y sin su consentimiento, con tal de que seas una persona importante.

Donald Trump, como epitafio y sepultura de la tolerancia y de la razón política es el emblema más visible y trágico de la nueva época de intolerancia institucionalizada que parece acomodarse en el mundo anglosajón y que entusiasma, a la vez, a otros puntos de la geografía europea. Ahora sólo nos queda comprobar si estamos a la altura de los acontecimientos, si estamos realmente dispuestos a hacerles frente con la más firme de las oposiciones, para que estas posturas regresivas, lo antes posibles, se disuelvan.

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