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El reto de González Macho, los Renoir y Alta Films

19/04/2013 21:45 CEST | Actualizado 19/06/2013 11:12 CEST

La primera vez que vi a Enrique González Macho pensé que era el hombre más feo con el que había cruzado palabra. La segunda vez que lo vi se había convertido en el hombre que sería mi jefe-maestro por algo más de siete años. Las palabras, lejos ya de cruzarse con tino y paciencia, volaban como cuchillos afilados y en ambos sentidos, pues ninguno de los dos podía presumir de eso que tienen a bien llamar: buen carácter y don de gentes.

Por aquellos años Enrique luchaba contra tormentas de ultramar por afianzar su idea: un cine independiente europeo que circule por España, un cine español que exhibir y al que fortalecer. Su equipo era una piña. Todos, más bien, todas, éramos todo a la vez: contables, gestoras, programadoras, jefas de prensa. Con los anillos bien puestos, Nieves Maroto (gerente) y yo (jefa de prensa) subíamos la Gran Vía cargadas de carteles con que empapelar el cine elegido por Enrique para agasajar el preestreno de una película española o europea de autores no demasiados conocidos por entonces. Y así nuestros ojos y sentidos fueron creciendo con las películas de Montxo Arméndáriz, Iciar Bollaín, Imanol Uribe, Fernando León de Aranoa, Ken Loach, Atom Egoyan, Gracia Querejeta, Giani Amelio, Chus Gutiérrez, Díaz Yanes, Gutiérrez Alea, Ana Díez y su Ander eta Yul, ... Lamerica, ¿se acuerdan de aquella película de Giani Amelio sobre un barco italiano cargado de inmigrantes albanos? ¿Alguien ha hecho retroceder las manillas del reloj o las ha llevado hasta el mismo punto por el que ya anduvimos hace treinta años? Perdón si me asalta la desasosegante idea de que vamos hacia atrás o nos hemos colado en El Día de la Marmota.

El cine español que Enrique se empeñó en apoyar y que estrenaba cada quince días lo trabajamos con nuestras propias manos aquel pequeño equipo que empezó a crecer y entre el que se encontraba buena parte de su familia currando desde corta-entradas a asistentes de prensa y programadores. No había privilegios porque sobraba trabajo por terminar. Las ideas y fuerza de ese tótem que ya se conocía por entonces como González Macho frenó el cierre de antiguas salas que se convertían en supermercados Día y comenzaron, como setas, a abrirse minisalas en todo el territorio español. El cine hecho por españoles que se había quedado en desuso comenzó a cubrir las carteleras cada fin de semana. Surgieron y se fortalecieron productoras como Tornasol Films y otras muchas. Regresaron los premios en festivales nacionales e internacionales. Surgió Amenábar y su Tesis, repuesta en los Renoir tras ganar los premios Goya y sin posibilidades de reestreno en ningún otro cine. Los estudiantes de cine podían aprender de las mejores películas de estreno porque llegaban a las salas españolas, Renoir o no Renoir. Se abrieron más distribuidoras, más productoras. El cine volvió a ser una profesión de futuro para españoles con ganas de crear en el audiovisual. Los productores norteamericanos comenzaron a mirarnos como un reto, pequeño, pero reto. Enrique, con Alta Films, había conseguido dar batalla copando espacios en prensa conocidos como "publicidad blanca". En las páginas de revistas y periódicos de primera línea surgían entrevistas a directores, comentarios, promoción. Las galácticas estrellas hollywoodienses empezaron a visitar España, alojándose en el Hotel Ritz y dando glamurosas ruedas de prensa para hacerse hueco en estas páginas que consideraban espacios robados a su millonaria publicidad pagada. España era ya para ellos una estación en la que estaban obligados a detenerse. Las majors empezaron entonces a abrir sus minisalas también. Comenzaron a batallar por la cuota de pantalla sin querer ceder un céntimo de sus beneficios.

Crecía Alta Films y crecían el número de Cines Renoir. Crecíamos los integrantes del equipo que comenzamos a casarnos, multiplicarnos y a Enrique le hacía ilusión: Charly, su compañera de vida, asistió al nacimiento de mi hijo. El equipo humano de ocho personas se multiplicó y la batalla por los espacios en prensa y en cines se hizo más cruenta. Enrique comenzó a abrir más salas Renoir para dar más espacio al cine por el que luchaba.

De aquel equipo de Alta Films-Renoir, creo que fui la primera en bajarme del barco para convertirme en guionista. Pero sin elegirlo, yo seguía dentro de Alta Films pues las películas que escribía caían en esa casa familiar para ser distribuidas. El equipo celebraba mi buena estrella, Enrique daba consejos que engrandecían las películas. Y así llegaron los Goya y de nuevo codo con codo compartiendo título y premio con Te doy mis ojos (Alta Films, además de casa distribuidora, fue coproductora). Luego vinieron otros títulos y otras películas en las que he seguido trabajando. Ya no del gusto de Alta Films, y como buena hija adoptiva he tenido que volar del nido y seguir buscando. Pero reconozco las vigas que sustentaron mi formación como cineasta: José Luis Borau, Enrique González Macho y Elías Querejeta, con quien también tuve el honor de trabajar y aprender.

Estos días estoy revuelta y creo que es porque me niego a enterrar al padre. Porque en este caso no se trata de algo ceremonial y consanguíneo sino de una regresión que nos vuelve a dejar tuertos a todos. Y más incluso a quienes aplauden el fin de estos cines y esta distribuidora. Se está acabando la pluralidad cultural, se están cerrando las ventanas y las puertas. Nos estamos quedando sin aire. No más Atom Egoyans y su The Adjuster, no más cine de todos lados para enriquecer el nuestro. Celebren, celebren, que los necios también tienen derechos en el país de tuertos que nos están sembrando.

Estoy por crear una línea de autobuses en la que a buen precio ir a ver películas a París, donde sí se reabren cines (Le Louxor reabrió ayer sus puertas).