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Nunca es tarde para aprender

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Foto de una estatua de Dante Alighieri/Alicia Romay

Hace poco más de dos años recibimos la noticia que nos transferían a Roma. Cuando llega un aviso de estas características después de vivir treinta años en Madrid, no se sabe por dónde empezar. Entre cerrar todas las cuentas, los contratos y todo lo que durante tanto tiempo se ha acumulado, no es un proceso fácil. Sin embargo, debo decir que un reto así le pone a uno en un estado de ánimo de efervescencia pura, no sé si por todo los trámites que hay que hacer, por los sentimientos removidos al pensar en dejar a la familia, a los amigos, a la ciudad en donde se han vivido tantos momentos, o todo esto sumado a la incertidumbre de cómo será la vida en el nuevo destino: encontrar casa, hacer contratos nuevos de agua, luz, gas, teléfono, encontrar a tu médico de cabecera, saber en dónde comprar el pan , cual será el kiosko para ir a por la prensa entre otras miles de necesidades diarias. Y claro, todo nuevo y en otro idioma.

Irse a vivir a Italia, particularmente a Roma, no es precisamente una invitación a la tristeza ni a la melancolía, sino todo lo contrario. Por fin descubrir una ciudad y un país que no nos es nada ajeno, que sentimos muy cerca de nuestra cultura, cuyo clima y cuya luz son parecidos a Madrid, un país en donde por fin tendremos oportunidad de estudiar con tranquilidad cada obra de Bellini, Raffaello, Miguel Angel y tantísimos más, sin tener que ir corriendo de museo en museo sin detenernos en esa pieza sobre la que nos hubiera gustado aprender el porqué, el cuándo y el cómo se hizo.

El estado de algarabía nubla muchas veces la realidad. Es verdad que Italia y España se asemejan mucho, pero lo cierto es que hay muchas diferencias, empezando por el idioma.
El italiano es una lengua que aparentemente se entiende a la primera y pensamos que ellos también saben lo que les estamos diciendo. Esta percepción hace que los primeros meses de vida en el nuevo destino choquemos constantemente con ellos. No sabemos por qué no nos contestan a nuestras demandas o simplemente te dicen "non ho capito". Lo volvemos a intentar, hablándoles lentamente, y nada, no hay manera.

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Foto de la Escuela Dante Alighieri/Alicia Romay

Una vez que confirmé que en realidad no nos entendíamos y que mi relación con ellos empeoraba cada día (al ir a comprar el pan, el periódico, al hablar con un taxista o con el de la taquilla de cualquier museo) y después de muchos quebraderos de cabeza y sentimiento de tristeza, decidí meterme en un curso intensivo de Italiano como si en ello me fuese la vida. Tuve primero una profesora particular que me confirmó que -"el español es el peor enemigo para aprender a hablar la lengua de Dante"- al pensar que es similar en su gramática, en su sintaxis, en todo. Me dijo que me olvidara del español y que si sabía francés, me ayudaría a aprender y comprender la lengua italiana. Después, me fui a la histórica escuela Dante Alighieri y durante seis meses no salí de ella, como si fuera la época en que mis padres me presionaban para sacar el título.

Nunca es tarde para aprender. Cuesta mucho salirse de aquello a lo que uno se aferra sin reflexionar, hasta que, según vas experimentando, caes en que estabas en un error. Entender y hablar italiano viviendo en Italia es básico. Y por otro lado, es maravilloso que a estas alturas de la película tenga uno un subidón cargando libros y haciendo tareas, levantando la mano en clase para intentar darle a la profesora la respuesta correcta y pasar la noche sin dormir pensando en el examen del día siguiente.