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La leyenda del príncipe don Carlos

04/10/2017 07:50 CEST | Actualizado 04/10/2017 07:50 CEST

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Copia del desaparecido 'Retrato de Don Carlos' de Sofonisba Anguissola, por A. Sánchez Coello (1).

De pocas figuras en la historia de España se ha hecho ni siquiera una milésima parte de las conjeturas concitadas por la vida y muerte de don Carlos, primogénito del rey Felipe II y de su primera mujer, Manuela de Portugal, nacido poco antes de la muerte de esta y de verse obligado Felipe a casarse con su tía, María Tudor reina de Inglaterra.

Cerbantes en la casa de Éboli es una novela histórica y ese no es lugar para realizar investigaciones históricas de alcance. Pero la muerte de don Carlos ocurre a mitad del período novelado y Cervantes se encuentra inmerso en el centro mismo de los acontecimientos, como secretario particular del príncipe de Éboli, uno de los principales partícipes en los acontecimientos del momento, así que el novelista no tiene otro remedio que optar por alguna de las interpretaciones que se han hecho de la prisión y muerte de don Carlos.

La versión canónica es bien conocida: don Carlos fue un tarado ya desde la infancia, quizás por falta de afecto, al quedar huérfano a tierna edad y abandonarlo su padre al cuidado de su tía cuando se fue a Inglaterra. Todo empeoró considerablemente al estar el príncipe prometido a Isabel de Valois y decidir Felipe, tras enviudar de su tía María, arrebatársela y casarse con ella, negándose el padre enseguida a aceptar las múltiples ofertas de matrimonio que le hacen las otras cortes europeas. No es difícil suponer que la adoración del príncipe por su madrastra y antigua prometida fuera muy especial, pero todos los testimonios indican que siempre fue casta y respetuosa.

Para apoyar la leyenda sobre las taras del príncipe se usaron también las fiebres tercianas, que lo devoraban periódicamente y lo inutilizaban durante largos períodos. Todavía fue peor cuando, huyendo de la fiebre, don Carlos se va a estudiar a Alcalá de Henares con su tío Juan de Austria y su primo Alejandro Farnesio, y allí, en un arrebato de pasión lasciva juvenil, cae por una escalera, se descalabra y está a punto de morir.

Su salvación dio lugar a uno de los episodios más vergonzosos de la corte española de aquellos años, atribuyéndosela al cuerpo incorrupto del monje Diego de Alcalá, aunque el médico del príncipe reconoció que fue obra de Andrea Vesalio, el catedrático de Padua que le sajó la infección del párpado y lo curó. En los estertores de su anunciada muerte el príncipe dirigió una fervorosa carta de despedida a su madrastra, a la que ella respondió con la misma devoción igualmente inocente. En el fragor de la tragedia y en la historiografía conformista estas dos cartas llegarían a tener consideración criminal.

Las cosas se ponen verdaderamente mal cuando Felipe decide desencadenar la persecución religiosa en Flandes y envía al Duque de Alba con un ejército expedicionario para aplicar allí un correctivo ejemplarizante, empezando por decapitar a los líderes nacionales, los condes de Egmont y de Horn, católicos fervientes y héroes al servicio del padre del rey, con quienes don Carlos tenía una relación muy especial, por su condición de heredero propietario del ducado de Borgoña.

Don Carlos no apoyaba la disidencia religiosa, como tampoco lo hacían los dos condes flamencos, pero consideraba que la política fundamentalista y sanguinaria de su padre acabaría enajenando definitivamente a aquellos súbditos de la corona que él estaba llamado a ostentar, de modo que el choque entre padre e hijo fue frontal. Éboli lo contempló como una tragedia y así ha sido vista desde entonces en toda Europa (léase el Egmont de Goethe y escúchese el de Beethoven).

Cuando en enero de 1568 Felipe decide irrumpir con el Consejo Real en los aposentos de su hijo y encarcelarlo de por vida en las cuadras del Alcázar comienza una operación de propaganda y destrucción de la figura del príncipe sin parangón en la historia.

Ningún historiador respetable ha considerado coherentes ni mucho menos satisfactorias las explicaciones dadas por Felipe y la corte de Madrid acerca de la prisión y muerte de don Carlos. Más bien, siempre han resultado sospechosas de engaño y casi ridículas. Ni siquiera el Papa o los emperadores de Viena, tíos del príncipe y padres de su prometida Anna, aceptaron las razones aducidas desde Madrid para separar a don Carlos de la sucesión a la corona, lo que le valió a Maximiliano ser tildado de hereje desde aquí.

La versión que yo asumo en mi novela es el relato de los hechos escrito por el confesor del príncipe, que figura en el documento descubierto por el archivero de Simancas Manuel García González en 1868, publicada por la editorial Marcial Pons en 2006 (Gerardo Moreno, Don Carlos, el Príncipe de la Leyenda negra), por ser la única que resulta consistente en mi opinión con todos los hechos, incluida la participación de Juan de Vargas —el pseudo-juez utilizado por Alba para sus tribunales de sangre, llegado ex profeso de Bruselas y vuelto allí, también en secreto—, la desaparición fulminante del verdugo de Madrid que actuó en la causa, la larga espera entre el juicio y ejecución del príncipe y la comunicación oficial de su muerte, entre otras, realizada esta última cuando la noticia de la partida inminente del Archiduque Carlos desde Viena para interceder por la vida de su sobrino hizo imposible seguir ocultándola.

Las patrañas que se hicieron correr sobre la inmoderación de don Carlos en el uso de la nieve como causa de aquella, bien pudieron ser el correlato de la práctica de conservar los cuerpos en nieve, descubierta por su médico Cristóbal de Vega, quien siguió a su cuidado durante todo ese tiempo, siendo muy bien recompensado por ello.

La Academia cuestionó la trazabilidad del documento, pero no podría haber sido de otro modo, ya que el Rey ejecutó o persiguió a muerte a todo aquel que pudiera dar testimonio de los hechos. Solo Antonio Pérez pudo librarse, huyendo de España con los papeles comprometedores. A su muerte fue Rodrigo Calderón el encargado de recuperarlos en 1612, pero parece que no los entregó todos y esa pudo ser la causa principal de su arresto en 1619, las torturas a que fue sometido y su degollación pública en 1621.

Y, sobre todo, el relato en que me baso es coherente con el hecho de que el cadáver de don Carlos fuera introducido en su caja sepulcral envuelto en un bloque de cal compacto, "que tenía evidentemente el propósito de hacerlo irreconocible", como comprobó el coronel bonapartista Bory de Saint Vincent en el Escorial en 1812, sin que nadie haya podido desmentirlo en los dos siglos transcurridos desde entonces.

(1) Este retrato, fechado en 1567, encargado por él mismo y desaparecido hasta hace poco, es el único en que don Carlos ostenta verdaderamente su condición de heredero. Véase: María Kushe, "El retrato de Don Carlos por Sofonisba Anguissola", Archivo Español del Arte, tomo 73, nº 292, CSIC, 2000, pp. 385-394: http://archivoespañoldearte.revistas.csic.es/index.php/aea/article/viewArticle/841, p. 387