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El verdadero motivo por el que no llevo hiyab

26/12/2015 10:03 CET | Actualizado 25/12/2016 11:12 CET
Emma Innocenti via Getty Images
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Una de mis amigas me ha dicho algo que me ha confundido y enfadado al mismo tiempo.

Mientras disfrutábamos del buen tiempo paseando, me ha preguntado: "¿Te he dicho alguna vez lo genial que me parece que no te cubras el pelo?".

Me he quedado en shock y no he podido responder.

Instantes después, he soltado un "¿qué?" y un "eh... ¿por qué?".

Mi amiga parecía desconcertada. Lo más probable es que esperara que yo le dijera "¡AY, MUCHAS GRACIAS!".

Me respondió diciendo más o menos esto: "Pueees... porque creo que es guay que la gente se salga de lo establecido".

Aunque agradezco su opinión, no soy capaz de no indignarme por sus suposiciones: que soy el feminismo personificado porque me he liberado a mí misma de las expectativas sociales con las que ella cree que he crecido, y que he conseguido llegar a un lugar en el que puedo integrarme, un lugar que ella cree que es la libertad.

Recapitulemos un poco: soy una mujer musulmana mitad egipcia, mitad estadounidense (y blanca) que se ha criado en un barrio residencial estadounidense de clase media como otro cualquiera. Mi madre y mi hermana mayor llevan velo por razones personales, pero yo no llevo. Mi madre, que no me ha obligado a seguir ninguna religión, nunca me ha dicho que tenga que llevar velo, pero sí que me ha explicado por qué ella sí quiere llevarlo.

La verdad es que no llevo velo por una razón muy simple: soy demasiado tímida. Cada día me asombro de que las mujeres que llevan hiyab consigan lidiar con las miradas, los comentarios y la imposibilidad de pasar desapercibidas, incluso en los días en los que están cansadas, en los momentos antes de tomar café o en los días en los que están griposas y no lo pueden ocultar.

Me pregunto a menudo si alcanzaría la paz, si me daría fuerzas o si encontraría a Dios por el mero hecho de llevar velo. Pero no es algo que quiera intentar.

No llevo velo porque en mi facultad, caracterizada por ser pija y acomodada, es lo que se supone que tengo que hacer. Al no llevar hiyab, puedo controlar todo el racismo, el sexismo y la islamofobia que hay alrededor de mí. Y todo porque no soy lo suficientemente fuerte como para enfrentarme a ello.

A diferencia de lo que le sucedería a alguien de piel oscura, yo puedo elegir si quiero evitar esa discriminación que nos gusta fingir que no existe en nuestros entornos elitistas. No tengo la fuerza suficiente, pero sigo intentando tener esa fuerza que mi amiga cree que tengo, la necesito para escaparme de sus expectativas.

***

Esta conversación con mi amiga tuvo lugar hace ocho meses, justo cuando estaba acabando mi segundo año de universidad. Esa tarde, escribí los párrafos anteriores para intentar lidiar con el enfado que sentía. Es el mismo enfado inevitable que tienen todos los estadounidenses musulmanes que vivieron el 11 de septiembre de 2001.

Desde esta conversación, y gracias a los candidatos republicanos a la presidencia, he pensado mucho sobre cuál es mi lugar en Estados Unidos al ser musulmana y no parecerlo. Ahora soy capaz de procesar todo de manera más calmada y he podido entender por qué mi amiga supuso lo que supuso.

Aun así, al escuchar cómo los posibles candidatos insisten una y otra vez en que los musulmanes son el problema -el problema de Estados Unidos y, por lo tanto, mi propio problema-, vuelvo a experimentar ese enfado. Mis pensamientos están con aquellas mujeres que llevan hiyab.

Cuando Trump anuncia que quiere crear una base de datos con todos los musulmanes en Estados Unidos, está hablando de mí, pero él se refiere a personas identificables. Cuando atacan a mujeres con velo en el supermercado, o las hacen bajarse de un avión, están reaccionando a mi propia existencia. Pero sé que yo estoy a salvo.

Una vez más, el enfado se ha transformado en asombro.

Mucha suerte a todos.

Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Irene de Andrés

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