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Cinco años después de la Primavera Árabe, Túnez vuelve al pasado

17/01/2016 09:55 CET | Actualizado 17/01/2017 11:12 CET
MARTIN BUREAU via Getty Images
People demonstrate during a protest in central Tunis on January 17, 2011. Tunisian protesters called for the abolition of ousted president Zine El Abidine Ben Ali's ruling party on January 17 amid a chaotic power vacuum as politicians prepared a government of national unity. Hundreds of people rallied in Tunis and there were similar protests in Sidi Bouzid and Regueb in central Tunisia -- two towns at the heart of the movement that forced Ben Ali to resign and flee on Friday after 23 years in power. on January 17, 2011 in the center of Tunis. AFP PHOTO / MARTIN BUREAU (Photo credit should read MARTIN BUREAU/AFP/Getty Images)

(Nota del editor: el 14 de enero se cumplió el quinto aniversario de la renuncia del presidente tunecino, Ben Ali, durante la Revolución de los Jazmines).

Túnez, 14 de enero. Cinco años después. "Mi propio país me ha destruido".

Esta fue la primera declaración que realizó Amine nada más salir de la cárcel. Amine (nombre ficticio) tiene 19 años. Cada año, aproximadamente 50 tunecinos como él acaban en la cárcel porque así lo decreta el artículo 320 del Código Penal del país. ¿Cuál es su delito? Ser homosexuales.

Amine reveló la historia completa de su encarcelamiento en una publicación de Facebook: sufrió torturas por parte de la policía, palizas por parte de los funcionarios de prisión y abusos físicos y psicológicos por parte de sus compañeros de celda e incluso de los médicos de la cárcel.

"Al principio, me negué a que me hicieran un tacto rectal en la consulta del médico; pero, al negarme, me pegaron una paliza y me torturaron física y mentalmente. No tuve elección".

Antes de introducir un instrumento en el ano de Amine en contra de su voluntad, el médico le dijo al joven, con tono moralizador: "Agáchate como si fueras a rezar".

El largo testimonio de Amine describe un sistema penitenciario al nivel del de Ben Ali, el dictador derrocado hace cinco años durante la Primavera Árabe.

"Cada vez que se aburrían [los funcionarios de prisión], nos sacaban de las celdas a rastras sólo para divertirse... Después, unos 15 funcionarios nos pegaban con palos y nos obligaban a arrodillarnos para poder darnos patadas mejor. Nos insultaban constantemente. Más tarde, nos colgaban del techo y nos sometían a torturas con agua, no nos dejaban ir hasta que nos desmayábamos".

2015 fue un año horrible para la juventud tunecina: las torturas que acabaron en muerte en las comisarías, los cientos de jóvenes encarcelados por consumo de marihuana, los ciudadanos arrestados por criticar a la policía en Facebook, los detenidos por no practicar el ayuno durante el mes de Ramadán y, sobre todo, el meteórico ascenso del índice de desempleo entre jóvenes, que provoca que la brecha socioeconómica entre los núcleos urbanos y la periferia sea cada vez más grande.

Hace cinco años, la Revolución Tunecina fue fruto de un deseo incontrolable de dignidad, libertad y justicia social. Y nada de eso se ha logrado.

En el Túnez de Beji Caid Essebsi, nuestro presidente desde diciembre de 2014, nadie está a salvo de la marginación. Aquellas personas a las que se refirió como "sus hijos" durante la campaña presidencial ahora viven en un infierno gracias a él. Bueno, no todos. A uno de sus hijos sí que le va bien: a su verdadero hijo.

La semana pasada, Essebsi (de casi 90 años), violó la Constitución al acudir al congreso inaugural de su propio partido político, Nidaa Tounes. El artículo 76 de la Constitución tunecina le prohíbe explícitamente participar en políticas partidistas. Este artículo se aprobó por unanimidad por la asamblea constituyente en 2014: después de todo, la mayoría de los problemas de Túnez cuando Ben Ali estaba en el poder se debían a la relación entre el partido en el gobierno -el RCD (siglas de "Agrupación Constitucional Democrática" en francés)- y el propio Estado. Este acuerdo autoritario provocó que muchos tunecinos se manifestaran en contra de este sistema incluso después de que Ben Ali abandonara el país: "Después de acabar con el dictador, hay que acabar con la dictadura".

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Caricatura que representa al dictador tunecino riéndose por el fracaso de la revolución que le derrocó en la Primavera Árabe (© Z - DEBATunisie).


Caid Essebsi ignoró todo esto y presidió el congreso de su partido para elegir como jefe del partido a su hijo, Hafedh.

Hafedh Caid Essebsi es una figura desconocida en la escena política tunecina. Aun así, desde hace unos días es el nuevo heredero del partido político más importante de Túnez. Su padre se aseguró de proporcionarle una serie de asesores con experiencia que comparten el hambre por el poder y el oportunismo político. De hecho, muchos de ellos se han visto recompensados por su lealtad en la última remodelación ministerial.

Hafedh no tiene carisma, ni elocuencia, ni visión política. La única ventaja del nuevo secretario general de Nidaa Tounes (sin elecciones internas de por medio) es tener a un padre poderoso, pero envejecido, que está dispuesto a sacrificar la estabilidad del país para que su hijo tenga una carrera política exitosa.

"Antes estábamos mejor"


Justo en el quinto aniversario de la Primavera Árabe, los logros revolucionarios que había conseguido Túnez han desaparecido. El que una vez fue considerado como el país que resistía al caos que azotaba la región (Oriente Medio y Norte de África) ahora parece estar volviendo a su situación anterior. ¿Cuál es la causa? Un liderazgo pobre.

El nepotismo, el favoritismo, el conservadurismo y el egocentrismo son muy comunes entre la élite política. Hace cinco años, la Revolución Tunecina fue fruto de un deseo incontrolable de dignidad, libertad y justicia social. Y nada de eso se ha logrado. La situación es incluso peor, los escasos logros que consiguió el proceso revolucionario se han ido perdiendo de nuevo poco a poco. A pesar de ello, Túnez sigue teniendo una oportunidad, y ya se han sentado las bases para la última prueba. Aunque la revolución consiguió acabar con el líder del régimen dictatorial, todavía hay que deshacerse del sistema.

Cuando cae un dictador, el vacío político que le sigue se llena de activistas políticos de la oposición. Desafortunadamente, aunque estas figuras políticas tengan total legitimidad, no cuentan con experiencia ni con competencia. Son incapaces de hacerse cargo de la tarea de reformar el estado. Como resultado, surge un discurso contrarrevolucionario de forma casi automática: "Antes estábamos mejor".

Aunque la revolución consiguió acabar con el líder del régimen dictatorial, todavía hay que deshacerse del sistema.

Al otorgar su voto al partido Nidaa Tounes, muchos tunecinos votaron por lo que imaginaban que era un régimen similar al anterior, un régimen con el que a priori no tenían ningún problema. En 2011, durante un breve instante y motivados por la esperanza de un futuro mejor, apoyaron a las personas a las que ese régimen había oprimido durante décadas. Pero después de haber presenciado la accidentada transición democrática que ha tenido lugar estos últimos años, muchos han cambiado de opinión.

En 2014, pensaron que al votar a Nidaa Tounes podrían viajar en el tiempo para volver a ese pasado que añoraban. Hoy en día, muchos se han dado cuenta de que ese pasado nunca fue mejor y de que no se puede construir un futuro prometedor con los pedazos del ayer.

Cinco años después de la revolución, en Túnez siguen intentando librarse de su pasado prerrevolucionario. En ocasiones, librarse del pasado es un proceso fácil, pacífico y silencioso. En otras, es un proceso difícil. Túnez ha escogido el camino difícil.

Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Irene de Andrés Armenteros

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