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La cultura de la modernidad

16/12/2016 08:07 CET | Actualizado 16/12/2016 12:20 CET

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Foto: ISTOCK

El profesor Raffaele Simone ha dicho en estos días del referéndum italiano que "hemos perdido la cultura de la modernidad". "Occidente -afirma- lleva más de un decenio sin encontrar una cura para la enfermedad que ha contagiado a la democracia. El estrés democrático es ya una tendencia planetaria, que se corrobora, elección tras elección, en cualquier lugar del mundo, en donde, difícilmente, nada sale ya conforme a lo que teníamos previsto. Este rechazo no es genérico, sino que denuncia la crisis de dos pilares tradicionales de la democracia: el principio de representación y la confianza en la clase política. Hoy asistimos a un desgaste de la confianza del pueblo hacia sus representantes y este desgaste se da bajo un cielo globalizado. La enfermedad es enormemente más amplia. La izquierda socialdemócrata está muy cerca de la muerte".

Nos falta nueva cultura democrática, como fácilmente puede constatarse. Solo sabemos utilizar lugares comunes, frases hechas y descalificaciones ya acuñadas. Asegura Enric Juliana que "estamos abusando de la palabra populismo para definir todo lo que no nos gusta".

Tenemos muchos debates pendientes: cada día aparece uno nuevo, sin que dejen de estar presentes otros muy viejos. Por ejemplo, en España hemos tenido dos polémicas nuevas sobre feminismo. La del alcalde de Alcorcón, al que le sorprende comprobar que "hayamos llegado al siglo XXI todavía con este feminismo rancio, radical, totalitario vigente, incluso influyendo en las legislaciones y marcando en ocasiones la agenda política; movimientos que a veces son de mujeres frustradas, amargadas, rabiosas, fracasadas como personas, que vienen a dar lecciones a los demás de cómo hay que vivir y como hay que pensar".

Simplemente queremos compartir la vida hombres y mujeres, sin asignación de roles.

Estas palabras, pronunciadas en 2015, se han extendido como la pólvora, gracias a las redes sociales, ese fenómeno que tan poco nos gusta, pero del que es imposible prescindir. Sin duda, las redes generan problemas, algunos muy serios, pero forman parte inevitable del mundo en que vivimos. Gracias a ellas nos enteramos de cosas que pasarían desapercibidas, como estas machadas de este alcalde, al que, después, 17 concejales de los 27 que componen la Corporación le han pedido la dimisión en Pleno. La presidenta de la Comunidad de Madrid ha perdido la oportunidad de ponerse al frente de la manifestación y no limitarse a decir solo que son declaraciones "desafortunadas". Como sabiamente escribe Miguel Lorente, "el alcalde de Alcorcón se ha dado cuenta de que lo que tiene enfrente no es un grupo ni un colectivo más o menos amplio de mujeres, sino un gigante; un movimiento gigante que avanza en contra de la desigualdad y la injusticia social que significa el machismo".

La otra polémica la ha protagonizado Pablo Iglesias, el líder de la nueva política, que ha patinado seriamente, en unas declaraciones que "contienen un serio error de criterio respecto a la posición de las mujeres en la sociedad" (Soledad Gallego-Díaz). Eso de "feminizar la política" y de "el cuidado de las madres", digamos que es, al menos, confuso; olvida, por ejemplo, que el rol de las mujeres cuidadoras es una secular asignación social del patriarcado con la que el feminismo quiere acabar. Las feministas pedimos "la mitad del cielo, la mitad de la tierra, la mitad del poder". No se trata solo de democracia paritaria, que, por supuesto, sino del reconocimiento de una transformación social que ha cambiado el contrato social vigente durante siglos (Alberdi). Simplemente queremos compartir la vida hombres y mujeres, sin asignación de roles.

La modernidad tiene infinidad de manifestaciones, por ejemplo, el mantra de la reforma de la Constitución, necesaria para que gane la legitimidad perdida, pero sabedores de que no se hará. ¿Por falta de cultura de la modernidad? ¿Por miedo? ¿Por ambas cosas? Lo ocurrido en Italia, más el PP gobernando cómodamente, son razones para la sospecha.

Nuestra historia constitucional no ha sido muy brillante. A la Constitución del 78 le debemos, sin duda, los mejores años de nuestra vida democrática, pero sabemos que crece en años y decrece en legitimidad. La mejor manera de defenderla es, precisamente, reformándola, con los consensos necesarios.

Nos quedaremos sin ese federalismo que es "la palabra incomprendida. La España de hoy es un Estado de armazón federal sin cultura federal" (profesor. Caamaño) y no acabaremos "con la construcción sexuada de la ciudadanía" si no tenemos una Constitución que explicite que "España es un Estado paritario", como, sabiamente escribe la profesora Blanca Rodríguez.

Este artículo fue publicado originalmente en El Diario de Sevilla