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Amores de invierno

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Fotografía: almendro, de Mayte Piera.

"Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados". Así comienza uno de los cuentos imprescindibles: El amor en los tiempos del cólera. Y empieza de ese modo no por pura casualidad, sino porque Gabriel García Márquez, hombre sensible y cultivado en los clásicos, sabía de sobra que el amor y las almendras han sido siempre compañeros de aventuras por las páginas y capítulos de los libros desde hace 5.000 años; normalmente en narraciones tristes e imposibles, porque el amor angustiado es mucho más amor y deja en la boca el terrible e inolvidable sabor de la almendra podrida y maldita que se mezcló entre las dulces.

Amigdalia era una delicada joven que vivía en una torre en Grecia, seguramente en el Mani, donde los torreones son más altos e imponentes. La muchacha era tan delicada que su madre no la dejaba salir en invierno para que no se enfriara y la pobre se aburría lánguidamente tras las ventanas viendo llover, viendo nevar, viendo los vendavales agitar los árboles y los pájaros desaparecer de sus ramas, esperando la salida de las primeras flores, cuando volvería a emerger al jardín, como Perséfone.

Un día, el frio viento del norte, el Boriás, aulló y asoló la tierra, golpeando los cristales de la torre y asustando a Amigdalia, que se asomó con precaución. El viento la vio y se enamoró perdidamente de ella; bueno, estas cosas ocurren en los cuentos; y decidió humanizarse para conquistar a la muchacha. No fue un estúpido, por supuesto, y se transformó en el más apuesto y fuerte galán imaginable y dejó el corazón de Amigdalia con un novedoso y desconocido "tipi y tap".

-¿Por qué no abandonas la ventana para que te pueda ver de cerca?

- Mi madre no me deja. Vuelve en verano, cuando me permite bajar de la torre.

- En verano es imposible, yo soy el viento del norte y debo viajar a otras tierras. Dile a tu madre que quiero casarme contigo y que nada se interpondrá entre nosotros.

Tan perseverante fue el viento que la muchacha aceptó, en un descuido, abrir las ventanas y dejarle pasar. Boriás se abrazó a ella con impaciencia y toda su fuerza. Y la inocente y cándida Amigdalia comenzó a notar un frío intenso que partía de los brazos de su amado, le atenazaba el pecho y la garganta y acabo por congelarle el aliento y el alma. Cayó muerta en ese mismo instante ante el desconsuelo del desdichado viento, que contempló sus manos asesinas y se tornó en huracán para alejarse de allí cuanto antes.

En el mismo lugar donde enterraron a la muchacha creció un árbol de flores blancas. Año tras año, con las calmas de enero, asomaban los primeros botones florales, pero cuando se abrían, soplaba el viento del norte y sacudía sus ramas intentando desnudarlas. El almendro se convirtió así en la novia del viento del norte.

La relación de las almendras con el amor es una constante de todas las culturas. Y la historia está llena de fábulas muy parecidas en los que una joven muere enamorada y en el lugar de su muerte, brota un Prunus dulcis, un almendro, que florece en pleno invierno, como indicio de una pronta primavera. Yo creo que una de las más desgarradoras es la de Filis y Demofonte:

Demofonte era hijo de Teseo y Fedra. Al volver de la guerra de Troya, arriba con sus naves a las costas de Tracia, donde Filis, la hija del rey, se enamora y se casa con él, poniendo su reino como dote. Demofonte prosigue su camino prometiéndole regresar y ella le regala un cofre sagrado que no debe abrir más que cuando pierda toda esperanza de volver a Tracia. Los años pasaron y Demofonte no volvió. Filis bajó hasta nueve veces a la playa buscando las velas en el horizonte; cuando se percató de la vana ilusión del regreso ,se ahorcó, colgándose de la rama de un árbol que se convirtió en un almendro.

Claro que Demofonte abrió el cofre, como era de esperar, y algo terrible vio en su interior que le hizo enloquecer, subirse a su caballo y lanzarse a galope tendido. El animal se encabritó, lo arrojó al suelo y murió ensartado en su propia espada. ¡Qué dramón! Un argumento digno de una Ópera de Puccini.

De las muchas versiones de este cuento de detalles inciertos, me quedo con la que da Ovidio en sus Heroidas; sus cartas de amor o desamor escritas por heroínas; presentando a Filis como una mujer despechada y humillada que escupe bilis sobre el recuerdo de su amante; la prefiero sobre aquellas de doncellas llorosas y resignadas. El eterno femenino encolerizado me va más:

A menudo me inventé mentiras para excusarte, a menudo pensé que los procelosos Notos viraban tus velas blancas... A menudo, suplicando a los dioses que tú, malvado, estuvieras a salvo, con plegaria me arrodillé ante los altares... Me lo juraste por el mar, que es agitado todo él por el viento y las olas.

Pues evidentemente, hoy la receta lleva almendras, las reinas de la repostería y de los cosméticos desde la época clásica. Esa fruta cuyo alimento está curiosamente escondido e inaccesible y que los romanos llamaba "nuez griega", nux graecum. Ese árbol cuya floración nos hace esperar la primavera. Este símbolo que, emulando a Kazantzakis y su eterna búsqueda de dios, nos invita a encontrar una pizca de divinidad entre sus hojas:

"Le dije al almendro: hermano, háblame de dios. Y el almendro floreció".

La tarta de almendras

Ingredientes:
5 Huevos
100 gr de mantequilla
1, ½ taza de azúcar
1 taza de Coñac
1 taza de sémola fina
1 taza de almendras sin cascara molida con su piel
1 sobre de levadura en polvo
Canela molida y clavo

Para el sirope

2 tazas de azúcar
3 tazas de agua
1/2 taza pequeña de Coñac
El jugo de un limón mediano
1 sobrecito de vainilla

Elaboración

Batimos las yemas de los huevos con el azúcar, la mantequilla y el coñac. Aparte, batimos las claras al punto de nieve lo añadimos poco a poco sin que baje.

Mezclamos en un recipiente la sémola con las almendras, la levadura, la canela y el clavo.
Lo mezclamos todo y se mete al horno y lo horneamos 30 minutos a 180º
Cuando la tarta esté fría echamos el sirope caliente por encima.


Φύσηξε Βοριάς - Μάρθα Φριντζήλα

Φύσηξε βοριάς κι η πόλη άλλαξε πνοή
Ήλιε, φτιάξε μου τη μέρα μ' ένα σου φιλί
ν' ανταμώσω τ' όνειρό μου ομορφιά μου ορφανή
να ξυπνήσω την ψυχή μου πού 'χει ναρκωθεί

Σαν λαθραίος μετανάστης
θα ξαναγυρνώ στης καρδιάς μου τα λημέρια σ' έρημο χωριό
Έρωτά μου, πρωτεργάτη κι ακριβή μου μοναξιά τι γεννάει το σμίξιμό σας κι η αποκοτιά.
Mεσ' στου κόσμου το αλώνι θ' αναμετρηθώ
με τον φόβο του θανάτου και τον ουρανό


Sopló norte- Marta Frintzila

Sopló norte y la ciudad cambió el aliento.
Sol, arréglame la mañana con uno de tus besos
Para encontrar en mi sueño la belleza huérfana,
Para despertar mi alma que se ha adormecido.

Como el inmigrante ilegal,
Regresaré al escondite del corazón en un pueblo desierto.
Amor mío, pionero y puntual soledad mía,
Quien genera vuestra caricia y valor.
En la aureola del mundo para enfrentarme
con el miedo a la muerte y el cielo.

Este post fue publicado originalmente en el blog de la autora .