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La Maga de Donousa

24/02/2017 07:22 CET | Actualizado 24/02/2017 07:22 CET

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Fotografía: Cromos, de Mayte Piera.

Un sombrero parlante de ala ancha se movía por la superficie cristalina del agua. Su sombra ovalada le seguía reptando, rezagada por el fondo. Mantenía una conversación a voz en cuello con otro sombrero asomado a un balcón azul de bellas macetas. Ambos sombreros daban gritos desproporcionados para la corta distancia que les separaba; la desmesura del timbre también era relativa al minúsculo puerto y a la pequeña isla. Al fin concluyó la cháchara y los berridos, el sombrero se elevó sobre el agua y descubrió el cuerpo de una rolliza señora vestida con una bata hasta las pantorrillas que caminaba hacia la orilla de unas aguas tan trasparentes que dejaban las piernas rotas y quebradas. Salió despacio enjugando las gotas de su cara y estrujando los picos de su vestido. Se alejó dejando un reguero mojado a su paso tambaleante, pues lo único que llevaba desnudo eran los pies que tropezaban con el empedrado. Un pope negro y esbelto se cruzó con la húmeda figura y le dedicó un saludo bendito acorde con la absoluta normalidad de su aspecto. En la arena un gran cartel advertía en varias lenguas: "Prohibido el nudismo y la acampada".

Dicen que a los coleccionistas solo les atrae el proceso de búsqueda, la experiencia que se adquiere examinando elementos. Es comprensible que, por esta causa, Charles Darwin, que fue un naturalista coleccionador de especímenes, acabara tras años de exploraciones, cacerías y disecaciones, haciendo un resumen de todo el conocimiento adquirido: escribió El origen de las especies . Sin embargo dentro del mundo del coleccionista, hay una subclase, los completistas, cuyo único afán es consumar una compilación. Yo, personalmente, creo que el completismo es la infamia del coleccionismo; la adquisición del elemento final significaría la muerte de la aventura, el sacrificio del motivo vivo y apasionado de la recopilación con un FIN de serial que deja mal sabor y pérdida de tiempo. Yo soy coleccionista de islas griegas y si en algún momento vislumbrara la posibilidad de finalizar mi colección ¿Qué haría? Pues volver a empezar por la primera porque en cada visita son inexplicablemente diferentes, como los naipes de los trileros.

Cuando de pequeños confeccionábamos álbumes con cromos sabíamos que, por decreto, había algunos dificilísimos de obtener, solamente aquellos compañeros de familias de posibles y muy consentidos por sus progenitores llevaban en esos inmensos fajos de estampillas canjeables los codiciados "imposibles", que conseguían negociar al cambio de 10 a 1 como mínimo. Yo siempre acumulaba los comunes y rastreros, ya sobados tras sucesivos recreos sin conseguir interesar a nadie, que solían acabar en el cubo de la basura o pegados con engrudo en los árboles de camino a casa. Por eso conozco de cerca lo importante que son ciertos elementos en una serie, aquellos que cuesta más conseguir, y esa dificultad se transforma en el propio leít motiv de la colección; lo verdaderamente apasionante es conseguir y poseer aquellos elementos inalcanzables. En el caso de las islas, ya que mi método de conocerlas es visitandolas con barco, el hándicap está en la bondad de la meteorología o el buen abrigo de sus puertos. Hay algunas islas en Grecia que o bien solo tienen puerto de barquitas pequeñas o bien la protección que dan sus malecones deja mucho que desear. Así la posibilidad de amarrar radica en encontrarte en sus inmediaciones el día adecuado, es decir: que te toque la lotería.

Donousa es de esos cromos imposibles que año tras año hemos visto dibujados en el horizonte del mar Egeo sin posibilidad de visita. Maldecida por el viento del norte y situada frente a Naxos, pero lejos de su abrigo, la isla goza de un bienaventurado aislamiento del mundo que la ignora y que ella ve en televisión. Es cierto que se eligió como lugar de destierro o como refugio de piratas ¿Quién en su sano juicio iba a escaparse? ¿Quién tan valiente como para acercarse a combatir y robar a los ladinos bandidos?

Muchas islas del Egeo, como Donousa, son bastiones inexpugnables. En verano el viento estacional, etesio o Meltemi y en invierno el Norte o los Sirocos dejan sus puertos inabordables para los ferris y la población se aburre con desespero viéndolos pasar de largo. Todas ellas tienen una barca esencial y un café primordial. La primera teje una tela de araña con sus idas y venidas por toda la costa transportando cabras en invierno y turistas en verano, como una nave nodriza sin la cual la vida no es posible. El segundo, el bar, es el acontecimiento diario forzoso, la esperanza cotidiana: en que pase fulano, que venga mengano, que salude el pope, que fanfarronee el pescador, que se concentren los ociosos turistas en la antesala de la salida de la barca esencial que les llevara al más allá de las playas desiertas donde poder despelotarse sin carteles y construir sus chozas con cañas y sabinas secas, a la discreta sombra de las adelfas. ¿Se puede ser más feliz?

Al ser isla pequeña todo está en el mismo sitio, unas cosas frente a otras, como en las casas de muñecas. Y la barca, que se llama la Maga de Donousa, me llegó al corazón. Amarrada a los pies del café, cabeceaba con colorines e impaciencia, deseosa de zarpar en busca de nuevos conjuros y susurraba, quién mejor que ella, entre chirridos de amarras y pajareos de charranes las viejas estrofas de Elytis:

En la encrucijada donde se detuvo la antigua maga

Quemando los vientos con tomillo seco

Las esbeltas sombras pasaron levemente

Con un cántaro de agua silenciosa en la mano

Los viajeros hacen cola entusiasmados cargados de mochilas y toallas, adquiriendo fruta, asomados en la terraza oteando la llegada de la tripulación que aborde la nave hechicera. Y alguno del pueblo pasa a comprar pan y café. Y aparece la sirenota empapada, con su sombrero oscilante, que se sienta y se transforma en mesa redonda, para continuar su escandalosa conversación, a medias lenguas con una mujer rubia y rosada que acomoda un libro de mil páginas en su capazo.

-¿Es su primera vez en Donousa? -Dice con el índice de la mano señalando arriba y abajo.

-Oh, yes it´s my first time here.

-Es la isla más bonita de Grecia. Las playas son las más grandes y viene gente de todo el mundo.

La turista le respondió con una sonrisa angelical sin entender nada de lo que decía; mientras, la Sibila de Donousa dio el primer pitido atronador, bocina de barco grande e importante que se hace a la mar sin retraso, con un horario de reloj suizo. Se vació el café, se llenó la barca y se alejó dando petardazos mientras el capitán explicaba las maravillas nunca vistas que iban a presenciar.

La mesa camilla me vio titubear y exclamó.

-¿Sabes que esta es la isla más bonita de Grecia?

-Toma, claro, y la de playas mas grandes. Aparece hasta en los cromos de todos los álbumes del mundo.

Κάθομαι μέσα στον κόσμο και ξεχνάω

ησυχία στα λεπτά ψάχνω να βρώ

Μες τις παύσεις τη σιωπή μας λαχταράω

και εσύ τρώς στη Δονούσα παγωτό

και με ρωτούν μα εγώ κοιτώ...

που είσαι εσύ που μου απαντούσες...

περιφρονούν και εγώ ζητώ...

που είσαι εσύ που με κρατούσες...

Στο παράθυρο μου φύλλα έρχονται και πάνε

και δυο βήματα αργότερα εγώ

ψάχνω να σε βρώ μα πιά δεν σε θυμάμαι

και εσύ τρώς στη Δονούσα παγωτό

και με ρωτούν μα εγώ κοιτώ...

που είσαι εσύ που μου απαντούσες...

Me siento en el mundo y olvido

Quiero encontrar la tranquilidad en los minutos.

Ansío las pausas de nuestro silencio

Y tú comes helado en Donousa

Y me preguntan y yo miro.

Dónde estás tú, que me respondías

Me desprecian y busco.

Dónde estás tú, que me sujetabas.

En mi ventana, las hojas vienen y van

Y yo dos pasos por atrás.

Busco encontrarte pero no te recuerdo.

Y tú comes helado en Donousa.

Y me preguntan y yo miro.

Dónde estás tú, que me respondías...

Este post fue publicado originalmente en el blog de la autora.

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