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La cámara real

Prólogo de 'El rey ante el espejo', crónica de una batalla: legado, asedio y política en el trono de la reina Letizia y Felipe VI

18/01/2018 07:31 CET | Actualizado 18/01/2018 13:28 CET
POOL New / Reuters

El país, la familia, la Corona. Todo cabe en esta sala del Palacio Real donde estamos hoy, antigua cámara de la reina María Cristina de Habsburgo-Lorena, la madre viuda y austríaca de Alfonso XIII. Desde aquí rigió España durante dieciséis años esta mujer abnegada y prudente, y aquí ha querido reunir su tataranieto todos los símbolos de un poder que no tiene. Felipe VI, el primer rey verdaderamente constitucional de nuestra historia, el primero que exhibe al público unos instrumentos de mando ocultos hasta 2014 en una cámara acorazada, el primero que vive pegado a una Carta Magna.

Aquí está el tesoro de la actual monarquía española, tres siglos de historia, de Felipe V a Felipe VI, diez reyes y una sola reina, Isabel: el cetro, la corona, el trono, el bastón de mando, el Toisón de Oro y todo lo relacionado con la sucesión en diecisiete días de junio de 2014 (los discursos originales de ambos reyes, la Mesa de las Esfinges sobre la que Juan Carlos I firmó su renuncia, las plumas estilográficas). Vale la pena visitar este lugar, si es posible, sin turistas ni selfies. En silencio, a solas, la mejor forma de experimentar la presencia física de un poder fuerte y frágil a la vez, como es el del Estado.

El personaje central es Felipe VI, pero no está solo. Cohabita con su padre con dificultad, como pasaría en cualquier familia

En el centro exacto de la estancia está la urna de cristal con el cetro —un bastón de oro y rubíes con una bola de cristal de roca que perteneció a Carlos II, el rey yermo que abrió la puerta a los Borbones— y la corona —un ejemplar bellísimo, en plata repujada, que usó Carlos III, el monarca reformista de larga nariz borbónica que quiso prohibir los toros en España—. En esta caja de cristal convertida en espejo imaginé un día la cara reflejada de Felipe VI mirando el campo de batalla que fue el inicio de su reinado. Fue así, a base de visitas a este palacio tan cerca de casa, como tomó cuerpo este libro, el segundo que escribo sobre la monarquía en España. En el primero, Final de partida (La Esfera de los Libros, 2015) el protagonista absoluto es Juan Carlos I, el anciano rey atrapado en una tormenta perfecta de la que sólo puede salir mediante la abdicación. Contar esa historia fue una experiencia áspera, un viaje de ida cuyo recuerdo me es ingrato: no es fácil desnudar al monarca que trajo la democracia a España tras cuarenta años de dictadura a sabiendas de que es gracias a él, en gran medida, por lo que mis hijas y yo vivimos hoy en un país avanzado y libre de Occidente.

Juan Carlos I fue «una fuerza de la naturaleza», según definición de una persona que le conoce y le quiere. Para lo bueno y para lo malo. Así vivió y así cayó, víctima de sus propias pasiones, hasta que le tocó emular al emperador Carlos V: con cinco siglos de distancia, provocó una situación inédita en nuestro país como es la convivencia de dos reyes y dos reinas. Para colmo, a golpe de iPhones y redes sociales, muy lejos del sosiego del monasterio de Yuste.

Este segundo libro es un viaje de vuelta con un sabor menos agrio: hay esperanza en el primer esbozo de Felipe VI a pesar de las múltiples dificultades a las que se enfrenta, entre ellas un entorno periodístico viciado del que he tenido la suerte de poderme separar. El personaje central es Felipe VI, pero no está solo. Cohabita con su padre con dificultad, como pasaría en cualquier familia, máxime en la real, y además orbita en torno a media docena de mujeres. La primera y más sobresaliente, la esposa, la reina Letizia, la consorte plebeya, la madre de la heredera, la mujer en la que Felipe VI confía, un enigma que provoca sentimientos encontrados en la sociedad española: el desprecio que por ella sienten algunos españoles se remonta en la historia al que sufrieron otras reinas como María Luisa de Parma o María Cristina de Nápoles. Para lo bueno y para lo malo, como su suegro, Juan Carlos I, brilla con luz propia y una personalidad volcánica en medio de la nórdica discreción de su marido.

Letizia Ortiz Rocasolano, la primera plebeya de una dinastía española compuesta por quince reinas europeas

Letizia Ortiz Rocasolano, la primera plebeya de una dinastía española compuesta por quince reinas europeas, la periodista divorciada que a los treinta y dos años se casa, contra todo pronóstico, con un príncipe heredero cansado de vivir fracasos amorosos, un joven introvertido que lucha contra los gallos que a veces arruinan sus discursos. Una reina de sangre roja aceptada a regañadientes por los españoles. A Isabel de Farnesio, la madre de Carlos III, la apodaron «la parmesana». A la reina Sofía, «la griega». A María Cristina de Nápoles, la mujer de Fernando VII, directamente «la puta napolitana». La reina Letizia es extranjera de clase y de carácter, una mujer a la que los españoles no logran clasificar: ni reina madre como Sofía de Grecia ni reina de los corazones como Máxima de Holanda. Una reina de la moda a la que criticar según el nuevo deporte nacional. Le falta empatía y le sobra perfeccionismo, pero exageran las voces llenas de envidia y conspiración que la convierten en una versión española de Wallis Simpson, de cuya mano vendrá la Tercera República, según algunos ecos de sobremesa. Sus defensores, menos activos que sus críticos, mantienen que juega un papel central en la consolidación de la monarquía gracias a un pasado plebeyo que ya no existe.

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La madre, la reina Sofía, la más querida y respetada de la familia, convertida en matriarca defensora del castillo. La hija mayor, la princesa Leonor, una niña de doce años desconocida, como lo es también su hermana menor, la infanta Sofía, de once años. La infanta Cristina, la hermana del rey, juzgada y absuelta por un tribunal de justicia pero no por el pueblo, cuya sentencia condenatoria la mantiene aún alejada de la familia. La hermana mayor, la infanta Elena, la figura más castiza y borbónica de esta saga, representante del plebeyismo, esa tradición tan española que se inició como reacción a las costumbres francesas de sus primeros antecesores y que hoy comparte con su padre, Juan Carlos I, en su versión más contemporánea: tacos, toros, buena mesa y chistes.

Gira esta historia en torno a una transición entre reyes obligada por la biología en medio de dos monumentales crisis políticas, una en Madrid y otra en Barcelona

Gira esta historia en torno a una transición entre reyes obligada por la biología en medio de dos monumentales crisis políticas, una en Madrid y otra en Barcelona, ambas interrelacionadas hasta conformar un problema español único que lleva dos siglos enturbiando la convivencia. Se trata de una epopeya en tiempos modernos, la lucha de dos personas —Felipe de Borbón y Letizia Ortiz— por preservar la Corona en España y asegurarla para su hija Leonor. Hay aciertos, errores, desgarros, traiciones y drama en una corte obligada a cohabitar en una España convulsa. En algo más de tres años, Felipe VI sólo ha disfrutado de nueve meses de estabilidad política (de noviembre de 2016 a agosto de 2017). El resto transcurre en esa selva dantesca que identificó mi colega Miquel Alberola y cuyo final despunta en este libro, que quiere ser una radiografía de ese tránsito difícil.

Para hacer esa placa he observado a los protagonistas como corresponsal real, «habitual» en nuestro argot, y he entrevistado a cuantas personas he podido. Atrás queda algún viaje en autobús, con más plasma que wifi, sándwiches fríos y escoltas de inmejorable celo. Felipe VI tiene más de Schleswig-Holstein-Sonderburg-Glücksburg que de Borbón, y eso hace difícil analizar su «planteamiento profundo para lograr la institucionalización de la Corona al servicio de España», según su entorno de Zarzuela. Se trata de una obra en proceso de final abierto al filo de los cincuenta años, cuando ya tiene acuñada hasta moneda conmemorativa por su cumpleaños el 30 de enero de 2017.

Lo que sabemos es que está protagonizando una especie de Segunda Transición más compleja que la de su padre hace cuarenta años

Lo que sabemos es que está protagonizando una especie de Segunda Transición más compleja que la de su padre hace cuarenta años, y que lo hace como él es: con calma, con información, de manera calculada. En la década de los setenta del siglo pasado, monarquía y democracia eran sinónimos en un país en el que seguían existiendo los mismos «cuatro gatos» monárquicos que identificó el general Kindelán para Franco. He entrevistado a más personas que en el libro anterior, he trabajado más y más profundamente, y mi impresión es que siguen siendo cuatro los gatos monárquicos. Los juancarlistas se están tornando en felipistas, pero aún están aprendiendo.

Me lo explicó el profesor Juan Francisco Fuentes: una monarquía meritocrática como la española se hace al andar. Felipe VI está en ello.

Son muy pocos los españoles que cada día se levantan soñando con la Tercera República, como bien sabe la izquierda republicana y la derecha madrileña. El ruido está sobre todo en las redes, donde se acumulan indicios como esos que dejan los miércoles en Twitter el hashtag #República en forma de Trending Topic (TT). Felipe VI se ha enfrentado a dos referéndums ilegales en Cataluña así como a una declaración unilateral de república. ¿Llegará el día en que el resto de España se incline por votar sobre la modalidad de la jefatura del Estado? Para el profesor Fuentes, Cataluña es, sin duda, la «prueba de fuego» de esa monarquía meritocrática o juancarlista que representa Felipe VI. El debate repúblicamonarquía que tan astutamente sorteó en 2014 Rafael Spottorno, el ideólogo de la abdicación de Juan Carlos I, puede estar más cerca de lo que pensamos. O no. Nada está escrito, y menos el futuro del trono español.

Este libro comienza con la abdicación de Juan Carlos I el 2 de junio de 2014 y termina con el discurso de Felipe VI el 3 de octubre de 2017

«Cuando se abra el debate república-monarquía, que se abrirá, la derecha no va a apoyarlo. La derecha no es monárquica. En España no hay monárquicos. La monarquía es un anacronismo que ha habido que tolerar porque garantizaba el famoso salto de la ley a la ley, sin revoluciones», me dice un veterano político conocedor de los corredores del poder en España y que forma parte de esa «derecha madrileña» que identifica el profesor Fuentes en su libro Con el rey y contra el rey (La Esfera de los Libros, 2016). Una derecha que desearía acabar con la monarquía pero que no tiene «un plan B» alcanzada la república, muy en la línea de esa «pulsión nihilista» que según Fuentes caracteriza a ese estrambótico grupo. La alt-right española, que incluye al veterano Antonio García-Trevijano, ya muy mayor, como principal representante.

Este libro comienza con la abdicación de Juan Carlos I el 2 de junio de 2014 y termina con el discurso de Felipe VI el 3 de octubre de 2017, su particular 3-O, lo que más ha ayudado a fijar su reinado. Un trienio que demuestra lo evidente: el futuro no está escrito en España, como tampoco lo está en el mundo. En 1870, diez de las quince mayores economías del mundo eran monarquías. Ahora sólo quedan tres entre las grandes potencias: España, Japón y el Reino Unido (sin incluir a Canadá y Australia, que pertenecen a la Commonwealth). De las tres, España es la que tiene menos arraigo entre la población, por tiempo y por origen excepcional. Su restauración data de 1975 (la japonesa, del siglo vi antes de Cristo, y la británica inamovible desde el siglo xvii) y vino de la mano de un dictador.

Las monarquías constitucionales occidentales están obligadas a ser democráticas, predecibles, transparentes, serviciales y hasta un punto aburridas

Para que no se cumpla la profecía del rey Farouk de Egipto —«En el mundo sólo quedarán cinco reyes, los cuatro de la baraja y el de Inglaterra»— las monarquías constitucionales occidentales están obligadas a ser democráticas, predecibles, transparentes, serviciales y hasta un punto aburridas. Al mismo tiempo, han de preservar la magia y la distancia debidas. Una fórmula imperfecta que sólo parece dominar la reina Isabel II, felizmente instalada en el trono desde hace sesenta y cinco años. ¿Qué son los reyes? «Otra cosa», concluyen todos a los que pregunto y que saben algo de esto, como un ministro de alcurnia o un editor que lleva medio siglo pegado a Juan Carlos I.

Esa otra cosa es la hazaña que ha de protagonizar Felipe VI para cuadrar el círculo: combinar los valores republicanos de educación, igualdad, fraternidad, meritocracia, concordia y diversidad con el intrínseco sentido de la desigualdad que representa la monarquía. Según Zarzuela, la «obsesión» de Felipe VI es la educación de los más jóvenes. No en vano es apodado con sorna Preparado: es el primer rey de España licenciado en Derecho y con un máster en relaciones internacionales.

Para algunos eso no basta. «A Felipe VI le falta algo de lo que a su padre le sobra», explica una persona de larga experiencia en Zarzuela, haciendo una inevitable comparación entre reyes que en más de una ocasión saldrá a relucir en este libro. Por eso es aún Felipe VI un rey en busca de sobrenombre. El Tranquilo, el Normal, el Discreto, el Frío, el Alemán, el Último Borbón. Muchas de las personas entrevistadas para este libro se han declarado convencidas de que Felipe VI será «el mejor de los Borbones» después de Carlos III, cuyos retratos pintados por Anton Raphael Mengs se han podido ver este año no sólo en el despacho del rey, sino de nuevo en el Palacio Real, un lugar fascinante lleno de sombras, túneles e historias que Felipe VI ha querido recuperar como centro de la vida real en detrimento del palacio de El Pardo, de oscuras referencias franquistas.

Muchos de los entrevistados afirman que será un buen rey, pero también el último

Aquí, en el Palacio Real busqué más de una tarde inspiración frente al monarca cazador al que Mengs retrata de pie, cetro en mano, con un manto de seda, terciopelo y armiño que se adivina pesado. Como el manto figurado de Felipe VI, tan pesado que muchos de los entrevistados afirman que será un buen rey, pero también el último. Pocos hay ahora en España que se imaginen testigos de la proclamación de la princesa Leonor como reina. Será el último, aseguran, porque el único instrumento de trabajo y poder del que dispone es la Constitución de 1978, un texto lleno de lagunas que se ha quedado viejo para las necesidades del pueblo español del siglo XXI.

Una Carta Magna que le da escasas atribuciones como jefe del Estado, tan pocas que a lo largo del mes de septiembre de 2017 fueron subiendo las voces —desde la derecha sobre todo— que clamaban por una intervención más contundente del rey en el conflicto catalán. Así lo hizo, y le fue bien. El 3-O puso su auctoritas en forma de Corona encima de la mesa a pesar de que la Constitución del 78 le da cero capacidad política. Ostenta el mando supremo de las fuerzas armadas como capitán general de los tres ejércitos, pero la carta le condena a reinar pertrechado en ese bagaje moral que faltó precisamente al final del reinado de su padre. Esa antigua corte que casi destruye a la Corona en España también desfila por este libro. Aquí regresan los reyes eméritos, Juan Carlos I y Sofía de Grecia, casados de derecho pero separados de hecho desde hace más de cuarenta años. Iñaki Urdangarin, el único cuñado de Felipe VI, defraudador convicto. Corinna Larsen, princesa impostada de apellido prestado —Zu Sayn-Wittgenstein— que amasó una fortuna y puso a la monarquía en vilo. Marta Gayá, la primera y última compañera de vida del rey emérito.

En el universo shakespeariano que son todas las historias reales abundan también los ambiciosos, los faltos de escrúpulos, los que sólo buscan su propio interés y hasta los traidores

Hay figuras más trágicas, como Carlos García Revenga, la sombra de las infantas, que lo dio todo por las hijas del rey Juan Carlos y que fue expulsado del paraíso como ejemplo de limpieza y redención a pesar de haber sido declarado inocente. O como Rafael Spottorno Díaz-Caro, el hombre que salvó la vida y el trono de Juan Carlos I, relegado al ostracismo tras ser condenado por el uso inadecuado de una tarjeta de crédito.

En el universo shakespeariano que son todas las historias reales abundan también los ambiciosos, los faltos de escrúpulos, los que sólo buscan su propio interés y hasta los traidores. Como Javier López-Madrid, que no estuvo a la altura de ser un valido contemporáneo. O como David Rocasolano, el primo escritor, y Jaime del Burgo, el amigo-cuñado-enemigo. Y el gran truhan de los power brokers de Madrid, resentido y revuelto contra la Corona, el muñidor de escándalos y filtraciones 24/7: el comisario José Manuel Villarejo, Pepe para los amigos.

No puede haber un rey sin consejeros. En torno a Felipe y Letizia hay un sanedrín, masculino, conservador, poco conocido por los españoles. Son cinco, y llevan toda la vida en Zarzuela. Son los hombres del rey (y de la reina). Jaime Alfonsín, abogado del Estado, gallego, discreto. Domingo Martínez Palomo, guardia civil, sevillano, cerebro gris de la Casa. José Manuel de Zuleta, duque de Abrantes, oficial y caballero, jerezano, la sombra de la reina Letizia. Jordi Gutiérrez, periodista-dandi descendiente del poeta romántico García Gutiérrez, catalán, tan silente como Alfonsín. Alfredo Martínez, diplomático, asturiano, el hombre del protocolo, que parece ideado por la mismísima Nancy Mitford (Don't tell Alfred). «No hay improvisación en los actos del rey y de la Casa», es el mantra de este sanedrín protector. Pero sí hay mucho miedo a meter la pata. Recién llegado a la primera línea de batalla en junio de 2014, Alfonsín se lo confió así a un amigo: «Estábamos muertos». Discreto a morir, fácilmente sonrojable, el Javier Arígora de algún sueño, se empeñó en que la proclamación de Felipe VI fuera de bajo perfil, nunca en domingo para no dar alas a los manifestantes republicanos.

Muchos comparan la crisis de Cataluña a un larguísimo 23-F.

Final de partida fue un retrato al óleo de un mundo que se despedía. El rey ante el espejo son siete acuarelas independientes con un hilo conductor: el principio de salida, la apertura de un rey joven y vigoroso dispuesto a mantener el puesto por el que esperó desde niño. «Pero si todavía no ha pasado nada», me dijo Pablo Iglesias cuando le pedí hablar para este libro hace ya casi un año. Tenía razón, entonces, y la sigue teniendo ahora si por ese «nada» entendemos grandes escándalos como los que casi provocan la caída de la monarquía.

Pero ha pasado mucho, de todo y por su orden. Si no, que le pregunten al propio Felipe VI, encanecido y envejecido en estos tres años hasta alcanzar una prestancia de la que carecía en 2014. Muchos comparan la crisis de Cataluña a un larguísimo 23-F.

Claro que han pasado cosas. Y tantas. En 2014 y 2015 tuvo que limpiar la Corona hasta el punto de romper con su hermana Cristina, la que más cerca estuvo siempre de él, y retirarle el título de duquesa de Palma. En 2016 se enfrentó al año político más complicado de la democracia español con diez meses de bloqueo sin Gobierno. En 2017 estalló a lo grande la crisis catalana que heredó aderezada además con un trasfondo de terrorismo yihadista. En medio hay conspiraciones como las ha habido siempre, y las habrá, en la villa y corte de Madrid. ¿Quién da más? ¿Cuánto queda para que las estrellas se alineen y el nuevo rey pueda disfrutar de un año —sólo uno— de tranquilidad?

Desde 2011, la monarquía arrastra un suspenso (4,34) aunque menor que el que dejó Juan Carlos I (3,72 en 2013)

Su biografía, excepcionalmente normal, hacía prever otra cosa. Nació en España y aquí ha vivido el medio siglo que tiene. Llegó al trono a muy buena edad, años antes de lo previsto por la impericia final de su padre. Tuvo tiempo para reflexionar largo y tendido sobre el modelo de monarquía que quiere imponer, sereno y cercano. Pero el momento nunca llega y los peligros no acaban en Cataluña. El sentimiento republicano anida en el corazón de un centenar de los trescientos cincuenta diputados del Parlamento. Las redes sociales —la nueva ágora del siglo xxi— son bombas dispuestas a estallar en minutos, y de hecho lo hacen, por todo y por nada: los mensajes compi yogui de la reina Letizia, los gustos cinematográficos de la princesa Leonor o las comidas de Juan Carlos I con amigos como el contador de chistes Arévalo.

Un caldo de cultivo millennial e inhóspito en el que Felipe VI intenta abrirse camino en un mundo que bascula entre los tuits de Trump y las machadas de Putin. Entre sobresaltos, logra hacer viajes de Estado (Japón, Reino Unido y pronto Cuba), que él considera lo mejor de su reinado.

La realidad es dura y hay que pelearla a diario. Desde 2011, la monarquía arrastra un suspenso (4,34) aunque menor que el que dejó Juan Carlos I (3,72 en 2013). Todas las encuestas antes del conflicto catalán indican que los españoles están satisfechos con la labor de Felipe VI, pero esa mayoría del 60 por ciento no incluye a los más jóvenes, auténtico campo de batalla del nuevo rey. Cualquier gran error bastaría para hacer bascular la opinión de los españoles y de esos «cuatro gatos» monárquicos.

Este libro ha sido casi más difícil de redactar que el anterior porque he mirado más dentro. Hace ocho años que puse una antena en la Casa Real, primero con Juan Carlos I y ahora con Felipe VI. Para investigar y escribir ahora he intentado aplicar la máxima de un amigo querido: «Que puedas volver cada noche a tu casa y mirar a tus hijas a los ojos».

El rey ante el espejo, de Ana Romero, ya está a la venta y aquí puedes leer sus primeras páginas.

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