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Syriza, Podemos: ¿nos tomamos muy en serio vuestros sueños?

11/02/2015 07:20 CET | Actualizado 12/04/2015 11:12 CEST
EFE

Dos narrativas se disputan hoy en día en el Sur de Europa la correcta explicación de las causas de la crisis y su solución.

La primera, que podríamos definir como victimista, culpa de todos los males a los "enemigos del pueblo": los enemigos internos, identificables con la casta y con las oligarquías parlamentarias y capitalistas, que, según esta interpretación, han corrompido la democracia para perseguir sus intereses y finiquitar al Estado de bienestar; y los enemigos externos, identificables, según los gustos, con la troika, la señora Merkel o el sector finaciero internacional. A estos se les acusa de estar obsesionados con la austeridad y de querer asfixiar a la gente para recuperar el dinero de sus especulaciones. La receta para salir de la crisis demanda barrer a las clases políticas tradicionales para devolver el poder al pueblo, terminar con la austeridad y redistribuir la riqueza.

La segunda, que podríamos definir como masoquista, culpa de la crisis a las ineficiencias del Estado de bienestar y a la dejadez de los ciudadanos. En particular, serían la irresponsabilidad en la gestión, la escasa productividad y la propensión hacia la corrupción las causas primeras del endeudamiento de los Estados y de la estagnación de sus sociedades. La solución, desde esta perspectiva, pasa por un proceso de profundas reformas que corrijan las disfunciones y reparen los problemas. Estas deberían reestructurar tanto al Estado y sus mecanismos como la economía y el mercado de trabajo, introduciendo fuertes dosis de trasparencia, eficiencia y meritocracia.

La polarización política generada por la crisis ha hecho que el debate se ideologice al extremo y que estos dos argumentos asuman el tinte caricaturesco y mutuamente excluyente (o lo uno o lo otro) que hoy tienen. En forma dogmática, el primero se identifica con ser de izquierdas y el segundo con ser de derechas. Según este guión, el que es de izquierdas está con el pueblo y en contra de la casta y la troika, mientras el que es de derechas está con la Merkel y en contra del Estado de bienestar.

La víctima principal de este proceso ha sido el intento de una lectura equilibrada de las cosas, una lectura que no se entregue a explicaciones simplistas de la crisis y que no acepte recetas fáciles. En especial dentro del campo de la izquierda, esta dinámica está determinando el éxito cada vez mayor de un discurso basado exclusivamente en el primer argumento. A la luz de las encuestas, la historia de que el pueblo no tiene culpas y que los malos son los políticos y las instituciones europeas ("los de arriba") parece dar frutos. Decir, en cambio, que los políticos no son extraterrestres sino que representan a sus ciudadanos con todos sus defectos, y que quedan todavía muchas cosas que reformar -en la sanidad, la escuela, la universidad y la publica administración -podría ser más arriesgado.

Saber si este planteamiento responde a una estrategia electoral provocadora o es la verdadera visión de los dirigentes de partidos como Podemos o Syriza, está fuera de nuestro alcance. Sin embargo, sobre la base de lo que se ha podido leer y escuchar hasta el momento, no parece arbitrario o deshonesto creer lo segundo, lo cual despierta cierta perplejidad.

No se trata de negar que los partidos políticos tradicionales, las instituciones financieras y la misma Europa tengan un papel fundamental en la crisis y su perpetuación. Al contrario, lo que se augura es una desideologización de los dos argumentos que permita hacerlos integrables dentro de una lectura de izquierdas. De otra manera, la simple contraposición entre pueblos víctimas y gobernantes carniceros tiene el riesgo de acabar mistificando la realidad, haciendo creer que basta con meter a la cárcel a los corruptos y acabar con la austeridad para salir de la crisis. Esta visión, "tomada muy en serio", puede ofrecer una excelente excusa para dejar intactas a las obsoletas estructuras que caracterizan diferentes sectores de la sociedad que todavía destacan por su escasa eficiencia, meritocracia y sostenibilidad. Si así fuera, la crisis dejaría de ser una oportunidad para resolver los problemas y se transformaría en un escudo para que se dejen de tomar algunas decisiones tan necesarias como impopulares.

La política no puede limitarse a ser una caja de resonancia de los humores populares. Al contrario, tiene el deber de indicar un camino viable que lleve el barco fuera de la tempestad. Una izquierda que no sea capaz de ver también las enormes deficiencias y vicios de sus sociedades (y no solo de sus dirigentes) y que, sin caer en el masoquismo, no logre plantear las reformas necesarias para hacer viable al Estado de bienestar y productiva a la economía, parece una izquierda que no hace las cuentas con la realidad y que, bajo un traje radical, puede esconder una propuesta poco innovadora.

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