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De repente, un golpe de realidad

24/05/2017 11:27 CEST | Actualizado 24/05/2017 13:35 CEST
EFE

Lo que ocurrió el pasado jueves en el pleno del Congreso, donde se debatió primero y aprobó después, o viceversa, el real decreto ley de reforma de la estiba fue uno de esos extraños momentos donde la vida parece que se sale del guión y ofrece una chispa de auténtica realidad. Los ciudadanos estamos tan acostumbrados al maltrato, tan hechos al robo de nuestros dineros y nuestros derechos, que ya nos rendimos anestesiados ante cualquier situación injusta.

Pero esta vez fue distinto.

En el Congreso de los Diputados, ese espacio supuestamente de la ciudadanía, donde, también supuestamente, sus representantes van a dilucidar el bien común, el pasado jueves, cada grupo político fundamentó la decisión de una votación contraria o a favor de una nueva norma que aboca al desempleo a más de seis mil trabajadores y al conflicto a un sector próspero. Todos los que asistimos al Parlamento teníamos claro cuál iba a ser el resultado del espectáculo. Sabíamos que, a pesar de sus puertos, PDCAT tenía intereses judiciales más acuciantes, PNV perseguía un mejor reparto en los presupuestos generales y Ciudadanos anda bastante más cerca de JP Morgan que de unos trabajadores que muchas veces llegan a casa manchados de grasa. Aún sabiendo el final, los trabajadores a los que querían arrancar de los puertos que sus brazos han hecho crecer, aguantaron el tirón. Escucharon los papeles que cada uno tenía en la obra, desde la incomodidad, incluso incredulidad, y, por supuesto, desde la educación.

Gestos como el de los estibadores del pasado jueves suponen, de repente, un golpe de verdad, un camino para el despertar de los ciudadanos

Pero llegó el final, la última función del circo y le tocó el turno al bufón.

Barrachina, con su corbata de marca y sus modales de barrio de extrarradio, ofreció un discurso hiriente, impertinente y ensortijado entre ramas y árboles. Envalentonado y chulo, con la confianza que da saberse con el privilegio –sí, privilegio, ¡qué paradoja!- de la protección y el blindaje, bien por su presidenta del Congreso, bien por la opacidad de su partido, bien por el abultado rapel a los medios, no dejó de mirar y provocar a la tribuna, la del gallinero, en la que, cuál metáfora de la vida, estaban los trabajadores.

Pero en esta ocasión le fallaron los cálculos.

Esta vez no funcionó la anestesia, esta vez se topó con un colectivo cargado de dignidad y coherencia. Fue a lanzar su charleta envenenada a trabajadores seguros de sí mismos, organizados y que prefieren ser sancionados por una moderadora de la Cámara que no los representa a asumir una agresión que no les toca. Su delito es negarse a la precariedad laboral de manera decidida y en voz alta. Así que, inesperadamente, le devolvieron el golpe al caricato y, además, no acabaron de escuchar su sarta de sandeces incendiarias. Se marcharon del hemiciclo porque, aunque supuestamente sí, a día de hoy, no parece un espacio de todos.

Gestos como el de los estibadores del pasado jueves suponen, de repente, un golpe de verdad, un camino para el despertar de los ciudadanos, una invitación a recuperar el bien común, a desenmascarar este circo en el que ya es difícil reírse. A veces hay que alzar el brazo y la voz en un alarde de orgullo; aunque se nos olvide, el trabajo decente no es un lujo.