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ELA y la verdad

24/11/2017 07:20 CET | Actualizado 24/11/2017 07:20 CET
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Mi amigo Gustavo

Tengo un amigo, Gustavo, al que la vida le rebosa por los ojos. Tan presentes como profundos, quizás una reiteración, tan intensos como curiosos, iluminan con su verde el perímetro que lo rodea y el tiempo que dura en el recuerdo de cada uno. Creo que algo parecido dijo una vez Eckhart Tolle sobre Stephen Hawking, con quien Gustavo comparte enfermedad, también tiene ELA.

Médico de profesión y sabio por vocación pura, toma vino con pajita y se traslada en silla motorizada, su cuerpo hace tiempo que ya le va a la zaga al entusiasmo que le corre por dentro.

Vive una realidad que para cualquiera de nosotros, valorada sin demasiada profundidad, como solemos hacer, sería un feroz castigo. También lo fue para él cuando llegó el fatídico, en aquel entonces, diagnóstico. Sin embargo hoy, después del poso que dejan los años aprovechados para bien, después de las luchas internas, primero, y, luego, de la aceptación auténtica de la que es su vida ahora; ha logrado trascender hasta el término resiliencia y más que adaptarse y salir fortalecido de una situación adversa, ha conseguido sentir que se encuentra en el mejor momento de su vida. Pleno y feliz, está en paz con su Ser, que ha entendido tiene mucho más que ver con lo que hay en él de eterno que con un cuerpo que se marchita, en definitiva, como lo hará el de todos.

A veces, lo que parecen nuestros mayores fracasos, lo que se nos antoja, en principio, una desgracia, pueden ser nuestros mayores logros, puede ser lo que nos salve la vida

Me ayuda Gustavo a encontrarle el sentido profundo al cuento budista que habla del náufrago que después de una larga deriva llega a una isla desierta en la que no encuentra refugio. Decide pues construirse una cabaña con las ramas que va recogiendo y se dedica durante días a la ardua tarea. Una vez la finaliza, feliz con su hazaña, se sienta frente a ella y hace una pequeña hoguera en la que calentar la pesca que ha logrado. Una astilla prendida llega a la cabaña y el trabajo de tantos jornales se convierte en llamas. El náufrago, desesperado, no puede entender su suerte y la maldice con todas sus fuerzas. Aúlla y llora hasta la extenuación. Se queda dormido. A la mañana siguiente, cuando despierta, ve un barco que se acerca a la orilla, parece venir en su busca.

- ¿Cómo han sabido que estaba aquí? –pregunta el náufrago a un tripulante.

- Vimos las señales de humo.

Así es: a veces lo que parecen nuestros mayores fracasos, lo que se nos antoja, en principio, una desgracia, pueden ser nuestros mayores logros, puede ser lo que nos salve la vida.

Gustavo aprovechó el incendio de su cabaña para hacer un viaje interior sincero y tan lleno de amor que hoy es capaz de mirar al presente de frente y sin juicio

No sé cómo hubiera sido Gustavo con otra realidad. Supongo que habría tenido una vida medianamente satisfactoria... o no... Lo que es seguro es que aprovechó el incendio de su cabaña para hacer un viaje interior sincero y tan lleno de amor que hoy es capaz de mirar al presente de frente y sin juicio. Sabe que tiene un regalo entre las manos, aunque ya no las mueva, y lo disfruta agradecido, con elegancia, sin aspavientos.

Tenerlo cerca es una lección vital intensa, sumamente generosa y revulsiva. Yo, que me paso el día haciendo malabares para estar en equilibrio, no puedo más que sentir que su ejemplo es una aspiración, es la Verdad.

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