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A favor de las huelgas lúdicas

18/03/2017 09:57 CET | Actualizado 26/03/2017 10:18 CEST
Getty Images/iStockphoto

Una propuesta juguetona para un derecho poco festivo.

Convocatoria de juerga

Si hay huelgas de celo y huelgas de brazos caídos, ¿por qué no fantasear con una huelga lúdica? No sería menos esperpéntica que la leyenda urbana de la huelga a la japonesa.

Los ciudadanos no desarrollan la resiliencia necesaria para superar el trauma del aburrimiento. Una huelga puede ser útil para escapar puntualmente del rutinario desinterés político, pero el imperativo hedonista que se cierne sobre la sociedad del espectáculo no tolerará la desactivación de nuestros mecanismos de anestesia (incluya en este paréntesis todos los modos de entretenimiento que se le ocurran). Ese imperativo reza así: hay que divertirse hasta morir.

La revolución no será televisada ni twitteada, pero las huelgas lúdicas serán cantadas y bailadas.

Juguetes en lugar de piquetes

¿Dónde quedó el espíritu del foro social de Porto Alegre? ¿Y si cambiamos algunas consignas por ruidosas batucadas? ¿Y si sustituimos las pancartas por disfraces? Huelguistas y cosplayers a la vez: el regreso del gran carnaval. Medias maratones en lugar de manifestaciones. Estoy bromeando, por supuesto, ¿acaso no se trata de eso?

Mi generación está despolitizada, pero sabe cómo encontrar una buena rave; no tiene experiencia de gobierno, pero el porno ha dado muchas pistas sobre lo lúbrica y transparente que puede ser la micropolítica del sexo. Una huelga lúdica se parecerá a un juego sexual consentido por todas las partes.

Los liberales-reformistas, en su ostentación monopolística del common sense, jamás verán deseable una insurgencia gozosa. Defenderán la rectitud, el compromiso y el esfuerzo. Para entendernos: nunca pasarán de la postura del misionero.

En La revolución divertida, Ramón González Ferriz sostiene que la naturaleza camaleónica de los fiesteros (de un Pedro Almodóvar, pongamos por caso) fue más influyente que la coherencia del anarquismo (de las comunas en Cataluña, por ejemplo). La pérdida de credibilidad del sindicalismo obedece a razones complejas, pero las soflamas en representación del proletariado no persuadirán a los jóvenes precarios que nunca conocieron el poder de los sindicatos más que en el videojuego Syndicate.

Si no te gusta una huelga ebria, no seas el aguafiestas que cohibe a sus amigos con su estirada sobriedad.

Cachondeos mínimos

¿Por qué celebrar una jornada de huelga en jueves y no en lunes o en viernes? Cuentan que se perdería el salario correspondiente a ese día y a todo el fin de semana. No parece probable que los convenios permitan tamaña injusticia. Disfrutar de un puente de tres días no es una deshonra para el huelguista: puede ejercer su derecho de huelga haciendo una escapada o levantándose tarde. ¿Y si el día de huelga se empleara para facilitar la conciliación familiar? O para practicar el coito. Esta última ocurrencia es mejor que la de un sueco muy cachondo que propone pagar una hora de descanso al día para que los trabajadores puedan practicar el sexo.

Los sindicatos (unions) son como las cebollas (onions): muy saludables, pero provocan escozor en tus propios ojos. Deberían probar a ser como la miel (honey, que también significa cariño en inglés): dulce con el trabajador exhausto y capaz de apaciguar a un oso pardo. Las huelgas se han centrado en maximizar el impacto sobre sus adversarios, pero se puede intentar minimizar el daño sobre los convocantes. Los sindicalistas deberían tatuarse este conocido proverbio: "Locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes".

La primera Internacional de los jugadores

Si la lucha tradicional fracasa y tampoco funciona la acción lúdica, siempre quedará la gran huelga (La abolición del trabajo): dejar el empleo e irse a celebrarlo.

¡Jugones de todos los países, uníos!

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