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El cuento de la yogurtera

26/05/2017 07:27 CEST | Actualizado 26/06/2017 14:01 CEST

Getty Images/iStockphoto

Una fábula medieval sobre el emprendimiento

Érase una vez un cuento con moraleja que parecía sacado de un libro de autoayuda...

En el reino de Kamala, cuya capital era la pequeña ciudad de Ga, también conocida como La mala Ga, vivía Andrea, una doncella feucha a la que le habían contado desde pequeña el cuento de la lechera: una niña transportaba un cántaro de leche con el que esperaba hacerse rica y, ensimismada como estaba, tropezó con una piedra, derramó la leche y todos sus sueños se fueron al traste. Andrea era muy prudente y nunca se planteó vender leche. Además, toda la gente de la corte se mofaba de aquellas mujeres que, reunidas en el salón, deseaban abrir negocios o escribir historias fantásticas después de ver un capítulo de la serie El cuento de la criada (esta es mi historia y os digo que en el palacio tenían tele con definición 4k y suscripción a HBO).

En uno de los meses más calurosos que Kamala recordaba, Andrea comprobó que la leche había cuajado y se había convertido en un postre delicioso al que llamaron yogur (no me digas que resulta inverosímil, que lo sé, por eso lo llamamos cuento). En la capital, La mala Ga, todos repudiaron su sabor. "A mí que no me toquen mi flora intestinal", mascullaba aquella caterva de hombres con colon irritable. Andrea, obcecada, pensó que podría vender yogures más allá de las murallas. Todos los cortesanos le advirtieron que aquello sería un nuevo cuento de la lechera y que ni se le ocurriera malgastar tiempo o dinero en esa empresa.

De cómo la yogurtera salió de La mala Ga y lo que en el reino de Kamala aconteció...

Andrea, en realidad, no pretendía hacerse rica. Para ella, su cuento de la yogurtera solo consistía en vender algunos yogures para que la gente de bien comprobara lo deliciosos que estaban. La intención daba igual: los cortesanos se mofaron de ella igualmente.

Nuestra damisela salió de la capital para conocer los gustos de las gentes del reino de Kamala. Allí conoció a Pe el Gigante, un barbudo cantante de reggae que quiso probar el yogur. Le pareció un poco agrio y Andrea no terminó de disfrutar la música de aquel inquieto gigantón. Pe le advirtió a Andrea que en la Corte no florecía el talento: "Yo trabajaba como bufón y me echaron porque solo querían escuchar música hardcore". Ambos se desearon suerte y se despidieron.

Andrea, más tarde, conoció a Timmy, un tatuador en ciernes. Timmy probó el yogur y le gustó, pero le dijo a Andrea que no se imaginaba yendo a una yogurtería. Andrea no quiso hacerse un tatuaje porque Timmy aún no era tatuador profesional. Él creía que nunca lo sería porque en la corte se metían con sus diseños, aunque ya lo tenía asumido. Los dos se desearon suerte y se despidieron.

La damisela tuvo un tercer encuentro con Isa Ak, una humorista que hacía reír a los plebeyos para transmitirles la alegría de vivir. Ella se comió dos yogures y Andrea se rió con sus chistes, aunque se apenó al saber que en la corte nunca la habían contratado porque tenía voz de pito. Ambas se desearon suerte y se despidieron.

Una conclusión sin una moraleja tan clara como los cuentos de Jorge Bucay...

Andrea conoció a muchas otras personas y todas contaban las mismas historias sobre la falta de confianza hacia cualquiera que tuviera una idea, por modesta que fuera. Oliverio, un filósofo local, aseguró que los cortesanos pasarían por las tres fases de la verdad según Schopenhauer: la primera es ridiculizarla, la segunda es oponerse violentamente y la tercera es aceptarla como algo evidente. En La mala Ga aún estaban en la primera fase.

Tras su regreso a palacio, Andrea preguntó por qué no se apoyaba más a los emprendedores del reino. La sultana Zuza respondió que los jóvenes podían financiarse con buenas condiciones. A Andrea le parecía una medida insuficiente y ni siquiera sabía si le estaba contando la verdad. De qué serviría un préstamo si a todos se les desanimaba con el cuento de la lechera y las incesantes burlas. Además, los ciudadanos se empezaban a ir del reino de Kamala porque cada año era más caluroso y los cortesanos cada vez más vagos e incomprensivos.

Harta de la vida palaciega, Andrea maldijo a los cortesanos por desalentar cualquier proyecto de emprendimiento. Nadie había compuesto una canción. Ninguno apreciaba la música reggae ni los monólogos, por no hablar de los tatuajes o de los libros. Aquellos nobles venidos a menos se dedicaban con mucho esmero a no hacer nada, salvo desmantelar los sueños de los demás. Andrea, furiosa, les escupió una frase de Valle-Inclán: "En España el mérito no se premia. Se premia el robar y el ser sinvergüenza. Se premia todo lo malo".

Los cortesanos, los muy borregos, ya tenían ensayada una respuesta al unísono: "Llévale tus yogures a la lechera, desgraciada, y os vais a cagar a otro lado". Todos se rieron a mandíbula batiente de Andrea, que se marchó con Isa Ak, Timmy, Pe el Gigante y otros kamalianos que intentaban abrirse camino en un reino de apatía y desazón.

Andrea nunca abrió una yogurtería, pero se hizo periodista y contó aquella historia de mediocridad en el Medieval Huff.

Años después, cuando Kamala se convirtió en un destino turístico por sus yogures, su música reggae y sus chistes zafios, los cortesanos presumían de haber apoyado a estos atrevidos innovadores. Es más, aseguraban haber tenido ideas similares mucho antes, pero en su magnanimidad prefirieron que unos pobres desgraciados se hicieran con la gloria, ya que a los acomodados cortesanos no les hacía ninguna falta.

La mala Ga pasó a los anales de la historia del emprendimiento como la ciudad con el yogur más sabroso del mundo conocido, con un cuajo tan sensacional que parecía sacado del carácter natural de los cortesanos.

Y yogurín desnatado, este cremoso cuento no se ha acabado...

Es obvio que cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia.

Esta fábula está dedicada a los numerosos cortesanos de Kamala que se sienten orgullosos de su síndrome del intestino irritable.

Si crees que puedes escribir un cuento mejor que este, no lo voy a poner en duda (la fábula no es muy buena, así que lo tienes fácil), pero hazlo, en lugar de limitarte a criticar el mío.