BLOGS

La quinta estación

18/09/2017 07:19 CEST | Actualizado 18/09/2017 07:19 CEST

AOL

El potencial ético de la fantasía épica... o por qué deberíamos leer más novelas de dragoncitos.

El ciclo de la puerta de la muerte

La fantasía épica ha sido denostada.

Mancillada.

Ultrajada.

La novela histórica, hermana de la épica fantástica, se avergonzó de su abolengo y prefirió acercarse a otros géneros no menos bastardos, como la novela de suspense. La ciencia-ficción, su prima hermana, se dejó seducir por la crítica literaria, que vio en la ficción especulativa un inmenso laboratorio de ciencia política. Si lees ciencia-ficción, serás un friki con la cabeza bien amueblada; si lees fantasía, serás un friki muy friki, un metafriki, el hazmerreír en una convención de frikis que aún no han sido desflorados por ninguna princesa. Tampoco la literatura infantil ha querido saber mucho del subgénero de espada y brujería. Demasiado tenebroso y truculento, o demasiado luctuoso, como diría un escritor de fantasía épica, siempre amante del lenguaje florido y pendenciero.

Por ende, la fantasía heroica se ha convertido en literatura de dragoncitos, y las dragonadas ya no apasionanni se venden bien.Una honrosa excepción sería Juego de tronos, que se retroalimenta de la serie de televisión (hay más casos, como la saga de Geralt de Rivia, pero siguen considerados como un tipo de arte degradado).

Para superar los complejos que aprisionan a la fantasía épica se necesita un mandoble contra los prejuicios literarios.

El retorno de los dragones

Si la ciencia-ficción postula sociedades políticamente viables (o indeseables, ya que si toda película bélica se convierte de inmediato en un alegato antibélico, también parece cierto que toda utopía se transforma automáticamente en una distopía), la fantasía épica plantea mundos plagados de dilemas éticos claros, a diferencia del mundo actual, que parece sumido en un laberinto-vertedero de desesperanza política y ambigüedad moral. La fantasía épica disuelve los problemas de la postmodernidad (la verdad sería algo inaccesible o directamente inexistente) y nos devuelve a un mundo en el que la acción individual desencadena cambios drásticos en el devenir del universo de ficción.

En La Canción de Hielo y Fuego regresan los dragones (una idea nada original, pues El retorno de los dragones se publicó mucho antes) y eso solo quiere decir una cosa (podría significar muchas otras, pero entonces nos hundiríamos en un pozo de ambigüedad semiótica): los dragones simbolizan la ética, la recuperación de la magna moralia, la vuelta de la gran batalla entre el bien y el mal.

Reinos olvidados

Soy oriundo de Fantasía. No conquisté la licenciatura de Literatura Comparada (carrera muerta y resucitada en forma de máster universitario) por la gracia de Galdós o Aldecoa. Lo lamento por los clérigos de la filología hispánica. Se lo debo todo a la Dragonlance, a Tolkien (¡gracias, papá, por tus primeras y sabias recomendaciones!) y a la madre que los parió (la mía incluida, claro, que me hizo leer esa joya de Michael Ende llamada Momo). La fantasía épica me elevó a otros territorios literarios y sin ella no hubiera cruzado los cómodos confines del mero entretenimiento.

Hay que recordar que el premio Nobel de Economía Paul Krugman leía las novelas de ciencia-ficción de Isaac Asimov y eso dio forma a su pensamiento político de izquierdas. La derecha, por su parte, hacía como que leía a Ayn Rand. Lidiaban conesos voluminosos panfletos libertarios mientras Krugman se interesaba por el historicismo. Desde luego, recomiendo la lectura de Asimov antes que la de Rand, pero la perspectiva historicista por sí sola te paraliza al mostrarte los interminables errores del pasado. ¿Qué pasa con la acción y la dignidad de la lucha por una causa justa? He ahí la lección de la fantasía épica: un individuo (el héroe) aún puede marcar la diferencia. En estos tiempos de derrotismo político, donde lo más transgresor que se les ocurre a ciertos académicos es reflexionar y leer sobre lo que ocurre en el mundo, la fantasía heroica puede ser el revulsivo que necesitamos.

La quinta estación

He regresado recientemente a la fantasía gracias aLa quinta estación de Nora Jemisin, que para muchos solo es un grupo de música español. Nora se ha hecho con los premios Hugo 2016 y 2017 y, según ha contado, ha sufrido amenazas por su condición de mujer negra y escritora de éxito.

La quinta estación, primera parte de la trilogía de la Tierra Fragmentada, cuenta la historia de tres mujeres con "orogenia", el poder de usar la fuerza de la tierra para detener (o provocar) terremotos. Desgraciadamente, los seísmos siguen siendo un peligro muy real. En la novela, no obstante, la orogenia es, además de una advertencia ecológica (los orogenes tienen el potencial de alterar la sostenibilidad del mundo imaginario conocido como La Quietud), una alegoría del miedo que produce la libertad y la creatividad.

Si no te importa que destripe la obra, continúa leyendo este párrafo. Si prefieres no saber nada de la novela, pasa al siguiente párrafo. La quinta estación utiliza una trampa narrativa no exenta de ingenio. El lector descubrirá que los tres personajes protagonistas (Nassun, Damaya y Sienita) son en realidad el mismo con diferentes edades y nombres. Los lectores también descubrirán, cerca del final, quién es el narrador. Estos artefactos narrativos pueden parecer facilones porque hemos visto muchos recursos similares en el cine, pero no son tan sencillos en un medio no audiovisual.

En suma, deberíamos leer más dragonadas porque estas obras nunca son solo novelas de dragoncitos. Dejémonos envolver por dilemas morales que tienen solución, pues no siempre la vida es tan caótica e innecesariamente enrevesada como mis artículos.

Desenvainensusmarcapáginas y a por todas.

¡Por el óxido!

¡Por Reorx!

¡Por Crom!

Y sobre todo:

¡Por la fantasía épica!