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Ciudadanos normales

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Foto: ISTOCK

A principios de este verano, estaba una noche en una localidad alicantina asistiendo a un acto singular, un poco tedioso por lo mucho que estaba durando, cuando un buen amigo vino a preguntarme: "¿Cómo es posible que el hombre sea capaz de llegar a realizar las mayores bellezas y a su vez las mayores barbaridades con sus semejantes?" -estábamos escuchando una pieza sinfónica y habíamos estado comentando algunos sucesos recientes sobre la forma en la que determinada gente se estaba aprovechando de los refugiados en su huida hacia Europa-. Le miré sorprendido y sólo fui capaz de contestarle: "Supongo que está en nuestra naturaleza".

No volví a acordarme de la conversación hasta transcurridas algunas semanas y, de hecho, no volvimos a hablar del asunto.

La pregunta es compleja y no me veo capaz de responderla, pero desde entonces, poco a poco, me vienen a la cabeza algunas posibles respuestas con las que, de forma pausada y siempre evitando motivos y argumentos puramente religiosos -más expuestos a determinados dogmatismos-, me voy confirmando, aunque parezca mentira, en esa espontánea y rápida respuesta: "Está en su naturaleza...".

Para ello he encontrado cuatro posibles ejemplos:

Una de ellas tiene mucho que ver con la conocida fábula del escorpión y la rana. Y que se corresponde con mi primera intuición. El hombre puede hacer daño a otro hombre, aunque la consecuencia sea que se lo haga a sí mismo.

Una segunda tendría que ver con el egoísmo y la rapacidad manifiesta del hombre, y no sólo para con sus iguales, sino para con todo lo que le rodea -la naturaleza, los recursos y cualquier cosa que se le ocurra o desee-, y entiendo que queda bastante bien definida en una única expresión: "Homo hominis lupus".

Así lo puso en evidencia Thomas Hobbes en su obra Cives (Ciudadanos) con la que contribuyó de forma notable a su conocimiento. Una frase latina, no de su propiedad (según parece, es original del griego Plauto), pero sí que ha conseguido ser más conocida gracias a su obra: Homo hominis lupus". El hombre es un lobo para el hombre...

¿Es el egoísmo del ser humano tal que puede llegar no sólo a atentar contra otros hombres sino también contra la propia naturaleza aunque tarde o temprano se vuelva contra él?

Como el escorpión: ¿Es su egoísmo tal que puede llegar no sólo a atentar contra otros hombres sino también contra la propia naturaleza aunque tarde o temprano se vuelva contra él? ¿Es el hombre capaz de destruir lo que sea con tal de conseguir sus objetivos, incluso a veces por placer o diversión? ¿Que llegue a ser la mayor amenaza para la vida en la tierra, el mayor peligro entonces para él mismo y para el ser humano?

Lo estamos viendo día a día con innumerables ejemplos que sólo algunos, todavía hoy, siguen negando -una minoría poderosa, eso sí, por la ceguera de su ambición-.

El tercer ejemplo nos lo presenta Hannah Arendt. Poco después de la Segunda Guerra Mundial, nos hablaba de la banalidad del mal, de cómo la natural ausencia de malignidad en ciudadanos normales que siguen y cumplen las normas sociales puede llegar a convivir, o lo que es peor, a colaborar, en hechos tan absolutamente terroríficos como los sucedidos en el Holocausto.

Para ello divide a los ciudadanos en nihilistas, dogmáticos y ciudadanos normales. Pero lo que resalta en su pensamiento es que la mayoría social que realmente consiente, colabora y en definitiva permite que se lleven a cabo los mayores desastres humanitarios no es de los nihilistas ni de los dogmáticos, sino de los ciudadanos normales.

Ciudadanos normales. Vecinos que formando un gran núcleo poblacional y sin padecer psicopatía alguna pueden modificar sustancialmente sus opiniones e incluso sus más arraigados valores por mor de la costumbre, ayudados, eso sí, por la observación de los comportamientos de los que los rodean, las noticias de los diarios, la propaganda, etc. Un curioso proceso de imitación con el que puedes eliminar tus principios éticos y morales, adaptándolos a los de la mayoría.

Nos valdría como cuarto y último ejemplo el diseño de un ingenioso experimento de Stanley Milgram en la Universidad de Yale, y que dio lugar al conocido libro de Obediencia a la autoridad.

Conocí dicho experimento en el transcurso de una ponencia en una famosa Escuela de Negocios hace ya algunos años. El ponente se limitó a exhibir un trozo de una película francesa: I... comme Icare, de 1979, dirigida por Henri Verneuil e interpretada por Yves Montand, entre otros.

En la misma se ve cómo un fiscal acude a la Universidad de Yale en busca de un asesino que según parece habría participado en el experimento de Milgram. La imágenes nos muestran cómo un hombre (el maestro), rodeado de un par de personas con bata, científicos, hace preguntas a otro (el alumno), que permanece amarrado a un sillón de madera similar a los utilizados para las ejecuciones por medio de la silla eléctrica, y rodeado de cables adheridos a su cuerpo.

El profesor Milgram le detalla en qué consiste su experimento y ambos observan tras un cristal cómo el maestro va realizando preguntas al del sillón de madera y, como cada vez que este falla alguna de las respuestas, el que pregunta le da una descarga eléctrica, aumentando paulatinamente el voltaje tras los fallos.

¿Un hombre puede herir fatalmente a otro hombre aunque ello le perjudique en la misma medida?

Transcurridos unos minutos, el fiscal protesta airadamente contra lo que está viendo al observar que el del sillón de madera acaba de recibir una descarga de 300 voltios (creo recordar), a lo que Milgram, con la mayor frialdad, le responde irónicamente:

- ¿Y por qué no se ha indignado usted antes, cuando se le aplicaron ciento veinticinco voltios?

Es interesante leer, para no abundar lo aquí expuesto por su extensión, el detalle con el que se realizó el experimento, muy ingenioso por otra parte, como ya he mencionado anteriormente.

Milgram comenzó a preguntarse poco después de celebrarse el juicio al nazi Eichmann en Jerusalén (al que asistió como corresponsal de prensa Hannah Arendt) cómo era posible que ciudadanos normales hubieran permitido, colaborado, etc., puesto que todos sabían de su existencia, en algo tan horroroso como fue el Holocausto. Y se cuestionaba: ¿podríamos llamarlos a todos "cómplices"? O bien, como se justificaba el propio Eichmann en su juicio sin llegar siquiera a inmutarse: ¿podría ser que sola y exclusivamente se limitaran a cumplir órdenes?

Tras el experimento, publicó su famoso libro Obediencia a la autoridad, cuyos resultados, muy resumidos fueron:

  • El 65% de los participantes llegaron a aplicar al alumno tres veces el voltaje máximo (450 V)
  • Nadie se opuso a continuar antes de los 300 V.
  • A su término, el 84% de los participantes, maestros, manifestaron que estaban contentos o muy contentos de haber podido participar del experimento.

Y la conclusión, expresada de forma breve y resumida, es que cualquier ciudadano normal podría dañar, e incluso llegar a torturar, a otro ciudadano normal sin que este último le haya hecho absolutamente nada, simplemente porque se lo ordenan. Y sería así porque puede traspasar automáticamente la responsabilidad a un superior que se lo ordena.

La pregunta que iniciaba este escrito era: "¿Cómo es posible que el hombre sea capaz de llegar a realizar las mayores bellezas y a su vez las mayores barbaridades con sus semejantes?" .

Las posibles respuestas, de forma breve y poco desarrollada ¿podrían estar en...?

  • ¿Un hombre puede herir fatalmente a otro hombre aunque ello le perjudique en la misma medida? La fábula del escorpión y la rana.
  • ¿El egoísmo y la rapacidad del hombre para con todo lo que le rodea? Homo hominis lupus.
  • ¿La acomodación e imitación de conductas que posteriormente se pueden juzgar como crímenes por parte de ciudadanos normales, aún renunciando a sus valores?. La banalidad del mal.
  • ¿La obediencia a la autoridad como forma de traspasar la responsabilidad a un tercero que justifique nuestras acciones?. La obediencia a la autoridad.

En definitiva, tal y cómo ya nos dijo David Rousset: "Los hombres normales no saben que todo es posible".

Un magnífico libro a propósito de lo anterior: El señor de las moscas, de William Golding.