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Aplaudiendo como las focas con el agua al cuello

16/01/2018 07:20 CET | Actualizado 16/01/2018 07:20 CET
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Nadie en su sano juicio puede ignorar la dramática situación de quiebra general a que la desquiciada política del nacionalismo ha llevado a Cataluña en las últimas décadas; y de forma singular, por el vértigo de la loca huida hacia adelante, tras el estallido en cadena de la corrupción sistémica del régimen pujolista. Cierto es que la corrupción no es un patrimonio exclusivo de CiU, como igualmente es verdad que no solo la burguesía trapisondista y acomodaticia catalana es la que mueve los hilos de la trama oscura.

La singularidad del caso catalán es la peculiaridad psicológica de la cortina de humo: la idiotización precocinada del pueblo al que, con una paciente y minuciosa estrategia de intoxicación masiva se le ha convencido de dos falsedades: la primera, que 'España nos roba', para desviar la atención del latrocinio interior. Los mayores ladrones de Cataluña han estado en el 'govern' desde poco después de la restauración de la Generalitat en la Transición. Segundo: que Cataluña algún día del pasado lejano fue un reino feliz lleno de gentes felices y que dejó de serlo por la maldad intrínseca de los 'charnegos'. Para eso se ha desfigurado con enorme impudicia la realidad histórica, llamando en libros de texto 'Corona Catalano-aragonesa' a la Corona de Aragón, y otras anormalidades y esperpentos similares.

Hoy el populismo salido de la manipulación de la indignación frente a la crisis ha unido a las piezas del puzle del caos, y les ha dado una insospechada influencia

Primera derivada de este cóctel tóxico: odio a muerte a España y creencia ciega en el derecho histórico a la independencia nacional. Y más allá todavía: a que sea Cataluña la que vuelva a reunir las piezas desperdigadas de esa entelequia llamada 'Països catalans', tan denostada por Tarradellas, que constituiría la traca utópica psicótica final: construir un nuevo imperio mediterráneo que sustituya al de Roma o al del Reino de Aragón para, por fin, arrodillar geopolíticamente a España. Esta vertiente, similar a la obsesión del PNV y de la galaxia abertzale de anexionarse el Reino de Navarra, cuenta en el viejo Reino de Valencia y en las Islas Baleares con una activa quinta columna dedicada a tiempo completo a agitar un nacionalismo 'transregional': inicialmente, con la creación de una comunidad lingüística, y a continuación, con la creación de estructuras para que la comunidad lingüística sea la simiente de una comunidad política.

Este proyecto, hasta hace una década – antes de la Gran Recesión- era tomado como un delirio y un disparate social, pero ha ido tomando cuerpo mediante el éxito electoral de grupos de 'topos' y 'compañeros de viaje' radicalizados que han 'tocado' poder de la mano de las emergentes organizaciones populistas. La composición humana es un conglomerado de los tradicionales grupúsculos lumpen con las múltiples escisiones de la desesperación comunista, que siempre han existido, pero que nunca tuvieron fuerza por su patológica tendencia al endiosamiento místico.

Hoy el populismo salido de la manipulación de la indignación frente a la crisis ha unido a las piezas del puzle del caos, y les ha dado una insospechada influencia. Una consecuencia que ya es visible es cómo han introducido la inestabilidad y el 'antisistemismo' en la política valenciana y balear, que tampoco han tomado nota de los efectos secundarios que esta receta está teniendo sobre la salud política, social, económica y moral de Cataluña.

Las consecuencias del 'proceso' en sus diferentes ámbitos de influencia o chantaje no se pueden ignorar, ni tapar con eufemismos y tuiteando simplezas

Las consecuencias del 'proceso' en sus diferentes ámbitos de influencia o chantaje no se pueden ignorar, ni tapar con eufemismos y tuiteando simplezas y majaderías cuya superficialidad tiene su propio sistema métrico: unas cuantas palabras para crear un titular 'de impacto'. Ir más allá de este efecto es como pretender que los fogonazos de un flash, unos pocos segundos, rompan las tinieblas y hagan un día. Igual que una golondrina no hace verano, ni un grano hace granero. Hacen falta muchas golondrinas y muchos granos.

Pujol, Mas y Puigdemont, tres productos de diseño, procedentes del 'aparato' político de esa gran maquina extractiva que es Convergencia y sus derivados y franquicias, que se hacen trampa jugando al solitario con el cambio táctico de nombres, como si un violador dejara de serlo porque en vez de Jorge se le bautizara como Francisco, y vinculados con el capitalismo de comisiones que mueve los hilos de la tramoya, han conseguido destruir la imagen de una Cataluña culta, capital del Mediterráneo, equilibrada, moderna, meca del inversor de futuro, europeísta, confiable, el 'oasis' catalán en medio del 'desierto' español.

La intentona golpista a la que de improviso fue encaramado por Mas – en prudente huida judicial de la primera página- un oscuro alcalde de provincia, que de regidor de Girona es muy probable que acabe en chirona, Carles Puigdemont, llevó al país a las más altas cotas de indignidad, bajeza y descomposición, administrando con sabiduría destructiva el legado de Mas, a su vez heredado del padrino Pujol y familia numerosa. El discurso serio es inexistente. La historia ha sido sustituida por historietas, mucho plasma y compra de voluntades mercenarias, refranes y decires, consignas, y letanías de escapulario.

Tuiter ha sustituido el razonamiento. Hay una cierta coincidencia entre el tuitero Trump, por ejemplo, y el tuitero Rufián, cuya diferencia más visible es que Rufián es moreno barbudo con pinta de talibán. Frases cortas, con poco esfuerzo intelectual y mucho diseño de taburete de taberna. Con un lenguaje, que parece nuevo, rescatado de las sagas artúricas y las novelas de caballería, donde todo es épico, hípico, hiperbólico, histórico y esdrújulo.

Los resultados son estremecedores. El éxito electoral indirecto– fue en escaños pero no en votos, y en todo caso, insuficientes para un cambio de rumbo que acabe con cientos de años de historia común- se ha construido sobre un enorme fracaso como pueblo. Todos los catalanes viven peor que antes en todos los sentidos. El acceso del independentismo golpista al poder ha hecho huir a más de 3.000 empresas, lo cual a su vez se ha notado en el frenazo de las inversiones propias y foráneas, y en los planes de algunas compañías para trasladar sus plantas de producción fuera de Cataluña para tener garantizado seguir dentro de la Unión Europea.

Y las empresas no se van solamente por una inestabilidad que puede ser pasajera, según vaya la climatología de la legislatura. No se van por cargas policiales episódicas, porque si no toda Europa se habría ido de Europa. Huyen porque con una independencia vendrían los visados, los aranceles para vender en España y en la UE, las aduanas, las alambradas, los pasaportes y los controles en frontera...

No hay estadista europeo sensato que haya apoyado al independentismo, porque el independentismo, como es obvio, es la anti-Europa, es lo contrario al europeísmo.

Ha aumentado el paro por encima de la media nacional; ha descendido el turismo mientras en el resto del territorio nacional ha aumentado; la Unión Europea, aparte del episodio pintoresco de los jueces belgas y de la acogida principesca de partidos ultra flamencos al presidente destituido de la Generalitat, visiblemente aquejado de napoleonitis, ha rodeado de banderas amarillas como las que señalaban la peste o señalan el peligro en las playas, a los golpistas catalanes.

Ningún Estado quiere contagiarse de este virus que se toma las Constituciones como los madrileños de antaño se tomaban el pito del sereno. Manuel Valls, ex primer ministro socialista de Francia, actualmente en el macronismo, de origen catalán, lo ha dejado meridianamente claro: él, en una situación igual, también habría adoptado medidas iguales al artículo 155. Y ha repetido una frase que ya dijo Hollande y que a su vez dijo Mitterrand: "el nacionalismo es la guerra". No hay estadista europeo sensato que haya apoyado al independentismo, porque el independentismo, como es obvio, es la anti-Europa, es lo contrario al europeísmo.

Pero hay otro aspecto de la ruina, que es la destrucción de la unidad como pueblo, la confrontación social – en otros tiempos o en otros lugares se decía o dice aún 'ambiente de pre-guerra civil'- que ha dividido a las familias. Algunos lo vieron venir, aunque no todos se atrevieron a decirlo, como el patrón de Planeta, José Manuel Lara. "En muchas familias – comentaba- las cenas de Navidad ya no serán como siempre han sido".

Con matices tácticos, Puigdemont, Junqueras, la CUP, el trio de la benzina, quieren repetir la fórmula fracasada e instaurar ya otro gobierno cerrilmente independentista

Lo peor, sin embargo, es que, con matices tácticos, Puigdemont, Junqueras, la CUP, el trio de la benzina, quieren repetir la fórmula fracasada e instaurar ya otro gobierno cerrilmente independentista que aplaste a los constitucionalistas prescindiendo de la lección de las urnas, que es la obligación de conciliarlas dos mitades enfrentadas.

Todo lo que pasa en Cataluña, cómo en medio del caos, del miedo, de la destrucción económica, del enfrentamiento social, del desprecio internacional... el independentismo tiene tantos adeptos dispuestos a la rebelión, a saltarse la Constitución, a creer en hadas y príncipes encantados, a que se reedite 'ad infinitum' el 155...me recuerda a un chiste de cubanos que me contó, en mayo de 2012, Nelson Machín, un exiliado en Gran Canaria:

-"¿Sabes...? Los cubanos no descienden del mono, descienden de las focas.

-¿Cómo es eso, hermano?

-Pues muy fácil. Aunque tienen el agua al cuello se pasan el día aplaudiendo".

Es una explicación, por lo menos para el 50% .

Muchas veces un chiste vale más, o igual, que miles de palabras.

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