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Como europeísta, apoyo a Bratislava frente a Barcelona

17/08/2017 07:38 CEST | Actualizado 17/08/2017 07:38 CEST

EFE

Una cosa es ser europeo y otra ser europeísta. Así es como yo lo entiendo. Todo el que nace y vive en Europa es europeo; pero no todos los europeos, como se está viendo últimamente con el sarpullido nacionalista, son europeístas en la hoy día mayoritaria acepción: creer en el proceso de reforzamiento al modo casi federal de la Unión Europea. En este plano, el loquinario Brexit predicado por zánganos que querían ser la abeja reina, ha sido una carga de profundidad, fallida, en la línea de flotación del proyecto unitario que ha traído el periodo de paz y de progreso más intenso y largo de la historia del Viejo Continente.

Muy reciente todavía el disparatado referéndum convocado por el premier conservador David Cameron, que minusvaloró el riesgo de los populismos y la trasnochada nostalgia imperial de los ingleses, el Reino Unido está padeciendo las primeras consecuencias. Una de ellas es que la importante Agencia Europea del Medicamento (EMA en sus siglas en inglés) abandona Londres. Es impropio que continúe en la capital de una nación que ha decidido dar un orgulloso portazo a otra capital, Bruselas, que lo es de la UE.

Y como a rey muerto, rey puesto, y "no hay mal que por bien no venga", veintitrés ciudades han presentado sus candidaturas, y entre ellas, Barcelona, Bratislava (capital de Eslovaquia) y Bruselas, donde residen casi todas las instituciones comunitarias.

Bruselas aportaría en principio supuestas ventajas burocráticas y aparentemente ahorradoras al centralizar la mayoría de los organismos. Pero si la Agencia funcionó satisfactoriamente al otro lado del Canal de la Mancha, puede hacerlo asimismo fuera del entorno político-administrativo bruselense. La cuestión es: ¿qué le conviene más al europeísmo?, ¿hay intereses geoestratégicos o sencillamente una puja a ver qué país o qué ciudad ofrece más?

La candidatura de Barcelona tenía el atractivo de reconocer el papel de España, un país del sur, que desde que entró en la CEE salido de una larga dictadura, abrazó con esperanza y con ardor la causa europea. Felipe González logró situar a Madrid en el núcleo duro, con Francia, Alemania, Italia... José Luis Rodríguez Zapatero sacó adelante en referéndum nacional, el 20 de febrero de 2005, el ilusionante proyecto de Constitución Europea -con un 77% de síes-, que no logró el respaldo ni de los franceses, en mayo de 2005, ni de los holandeses, en junio de ese mismo año, que esparcieron los primeros polvos perfeccionistas de los que vienen los últimos lodos, y que luego fue sustituido por el Tratado de Lisboa de diciembre de 2007.

Felipe González apoyó en el primer minuto la reunificación alemana, en las horas siguientes a la Caída del Muro de Berlín, favor que nunca olvidó Helmut Kohl... Es cierto que el líder socialista vio recompensado sus esfuerzos con los fondos de cohesión que tanto han beneficiado a España, y a los países del sur, los pobres financiados por los ricos del norte, hecho que le fue reconocido implícitamente por José María Aznar cuando lo llamó 'pedigüeño'. Con dos...

El Gobierno de España siempre ha impulsado o apadrinado todos los hitos relevantes en la vida económica o política de Cataluña.

La propuesta de Barcelona fue de inmediato apadrinada por el Gobierno español. De hecho, el Gobierno de España siempre ha impulsado o apadrinado todos los hitos relevantes en la vida económica o política de Cataluña. Por citar los últimos más destacados, la idea de la capitalidad mediterránea, formulada a Azaña por Fernando de los Ríos y retomada por Javier Solana en su desempeño como ministro de Asuntos Exteriores y que desembocó en el 'Proceso de Barcelona', iniciado en 1995 y que cristaliza en 2007 en la 'Unión por el Mediterráneo' lanzada por Sarkozy y que agrupa a 43 naciones de las dos riberas del Mare Nostrum; o las Olimpiadas del 92, y antes, en el franquismo, la creación de la SEAT y, con el Gobierno socialista, el fichaje de la Volkswagen para reflotar a la empresa del INI... Etc.

Pero la Barcelona de los últimos diez años no es aquella Barcelona, ni Cataluña es el supuesto oasis de entonces.

Barcelona presenta en la actualidad demasiadas incógnitas de futuro incompatibles con la estabilidad necesaria para proyectos a largo plazo. En primer lugar, ha perdido la estabilidad institucional y la política. El movimiento independentista, impregnado de un comportamiento pandillero con técnicas mafiosas modelo Cosa Nostra, ha trastocado toda la escala de valores que se le suponía al seny del nacionalismo burgués. Ese nacionalismo, representado por Convergencia i Uniò, se rompió en dos, como mínimo, pero a su vez, la mutación llamada PDeCAT formó una alianza con sus enemigos de clase tradicionales, Esquerra Republicana de Cataluña (ERC), en la formación Junts pel Si.

Y como no eran suficientes estos ingredientes para el cocido, catalán, naturalmente, sumaron a un grupo de trastornados antisistema anticapitalistas, la CUP, que han aumentado la confrontación hasta posiciones típicas de kale borroka callejera.

Las continuas trampas del Gobierno de la Generalitat, con Artur Mas o con Carles Puigdemont, y el puenteo de los reglamentos del Parlamento, del Estatuto y de las mismas leyes catalanas, y de los informes de los servicios jurídicos institucionales, y de los órganos consultivos, han introducido una inseguridad jurídica tal que en poco se diferencian del chavismo venezolano.

Hasta tal punto han vulnerado principios básicos de la entente europea y, en general, de todas las democracias serias (como aprobar una ley para sacar sin debate parlamentario de independencia unilateral, o escamotear al Parlamento el conocimiento de los proyectos sensibles, para evitar la acción del TC, además de un amplio muestrario de trucos de buen trilero) que la poderosa patronal catalana Fomento del Trabajo ha considerado que se está llevando a cabo "un golpe de estado jurídico" contrario "al derecho interno y al internacional".

¿Puede Barcelona optar a ser sede, con ciertas garantías, de la Agencia Europea del Medicamento con este panorama?

Hay otras opciones. La pregunta es: ¿qué le conviene a la Estrategia Europea? Y es ahí donde cobraría fuerza teórica la candidatura bratislava de Eslovaquia.

Bratislava complementaría, de momento, el cordón europeísta frente a la Rusia de zarpazos militares y de comandos camuflados en internet.

Es un pequeño país, que ha abrazado la causa del europeísmo, de unos cinco millones de habitantes; Bratislava, la capital, tiene 450.000, y quizás aún no esté preparada para acoger a esta importante organización que necesita edificios para casi un millar de funcionarios, disponibilidad de oficinas, logística y capacidad hotelera para más de 50.000 visitantes al año. Cierto. Pero tiene la intención de solucionar estos déficits. Otros lo han hecho anteriormente: la 'ciudad condal' no estaba preparada para las Olimpiadas hasta que lo estuvo.

La EMA puede ser para este pequeño país del Este lo que las Olimpiadas fueron para Barcelona: un fuerte dinamizador urbanístico, económico y de progreso. A su sombra se establecerían las más importantes farmacéuticas, laboratorios y centros de investigación, y organizaciones relacionadas con la salud y los consumidores.

A su vez, no solo es una señal para todos los antiguos estados satélites de la URSS, que entraron en la UE y en la OTAN como alma que persigue el diablo, sino una señal clara de desaprobación, y en cierta forma, de penalización a dos grandes que han elegido el mal camino del autoritarismo ultraconservador: Polonia y Hungría, que muy en su papel de altanería ombliguista han presentado las opciones de Varsovia y Bucarest. La deriva autoritaria de los gobiernos polaco y húngaro hace necesario un gesto de Bruselas que, apoyando a los países del Este de una forma explícita, deje claro que se premia la lealtad y las convicciones democráticas y se castiga la ruptura de las reglas del juego.

Por otro lado, se envía una clara señal al Kremlin de Vladimir Putin y se refuerza con firmeza y nitidez el mensaje del apoyo de la UE a sus socios del Este, especialmente tras la injerencia rusa en Ucrania y la confiscación de Crimea y, de hecho, la anexión a la causa de Moscú de las provincias fronterizas ucranias. Mientras, en el Báltico las fuerzas conjuntas de la OTAN, con destacada presencia española, tratan de ofrecer una barrera de disuasión a la ofensiva de alta tensión desarrollada por Putin para provocar el amedrentamiento de las antiguas colonias soviéticas de soberanía limitada con la nada velada amenaza de repetir la 'operación Crimea' en el Norte.

Bratislava complementaría, de momento, el cordón europeísta frente a la Rusia de zarpazos militares y de comandos camuflados en internet, y frente también a los disidentes internos como Polonia y Hungría que agreden los valores doctrinales de la unidad democrática europea.

Como europeo europeísta, orgulloso con su pasaporte de la UE, ejercitando mi particular derecho a decidir, apoyo a Bratislava. Por Europa. Y en realidad, por todos los que creemos que la solución a los problemas de crecimiento, a la soberbia codiciosa del neoliberalismo que nos invade y a la desorientación de estos tiempos de mudanza, está en más y en mejor y más fuerte Europa.

Lo siento, Barcelona. Como me dijo una vez en un asilo un anciano arrepentido de su vida licenciosa: "Mi niño, con la cuchara que se coge, con esa se comerá".