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El 26-J y el principio de las 'chicas liberales'

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Foto: EFE

El lunes por la mañana me llamaron de Radio ECCA -emisora cultural y de enseñanza a distancia vinculada a los jesuitas- para que diera mi opinión "sobre lo que ha pasado". Se me ocurrió que la fe podría ser un buen ejemplo para explicar los mecanismos que mueven la sinrazón. ¿Cómo se puede explicar que mientras siguen estallando casos de corrupción que demuestran la existencia de un animus claro y un engaño premeditado, una estrategia tramposa, que convierte a los medios en fines y tiene poco o nulo respeto por las reglas del juego democrático, tal actitud sea premiada con un aumento significativo del apoyo de la gente corriente? En realidad, y no es broma, a Mariano Rajoy le faltaron tres nuevos casos de corrupción para alcanzar la mayoría absoluta...

De 123 escaños en el Congreso el 20-D de 2015 a 137 el pasado 26-J. ¿Una excplicación plausible? Por lo mismo por lo que hay personas aparentemente en pleno uso de sus facultades mentales, que de repente se hacen estallar con un cinturón explosivo porque unos imanes estúpidos les han convencido de que si se inmolan tienen a una brigada de esclavas sexuales vírgenes esperando por ellos en el paraíso para fornicar sin pausa. La fe, se ha dicho, mueve montañas, aparte de las que se han comido los tractores de los especuladores de tierras y constructores de solares. A más hormigón, más comisión, ya se sabe.

Pero las razones solo importan para el análisis, no para los resultados: Mariano Rajoy y su equipo de campaña, y en especial los estrategas publicitarios, tienen motivos de sobra para estar satisfechos: han logrado en esta segunda vuelta el derecho moral a formar Gobierno, que aunque ya lo tuvieran en teoría por ser la fuerza más votada el 20D, ahora lo tienen acrecentado por una renovación de la confianza a mayores. Asombroso, pero real.

Fue la casta de Podemos quien, con su negativa a hacer presidente a Pedro Sánchez, propició una segunda vuelta que marcó el inicio de su declive y el reforzamiento del Partido Popular.

Hay dos superderrotados sin duda: Pedro Sánchez, que creyó que unas elecciones generales se ganan como se ganan las peleas de la Agrupación Socialista Madrileña, eterno dolor de cabeza para el PSOE. Machacado su divismo por la realidad el 20 de diciembre, se empecinó en el error. Centró la estrategia en la magia de una palabra ya desgastada por el manoseo: el cambio, un disparate, porque el cambio no es meramente ser califa en lugar del califa, otra ensoñación compartida en grado fanático por el caudillo podemita Pablo Manuel Iglesias. No es una simple sustitución de personajes para el más de lo mismo. Y luego, los carteles pidiendo el Sí, como si estuviéramos en la Inglaterra del desquiciado referéndum sobre Bruselas, sombreado por los fantasmas de la Armada Invencible. Sólo someras y episódicas alusiones desganadas al cambio, ése sí lo fue, que experimentó España con los Gobiernos socialistas. Pedro Sánchez debió dimitir el 21D, y ya está tardando en hacerlo. Dice un proverbio marinero que no hay buen viento para el barco sin rumbo.

Y Pablo Manuel Iglesias, y su zarpazo interruptus - "sorpasso" es un italianismo pedante- al PSOE, con una estrategia, frívola y visiblemente tramposa, para ocupar el espacio de la izquierda, desde la socialdemocracia al ámbito del izquierdismo radical, que fue su canción de cuna, con hombres del saco que, como en la canción de el mundo al revés, eran más buenos que Papa Noel y los Reyes Magos juntos. Las prisas del núcleo de fuerza de Podemos, pasta de dientes que el PP sacó fuera del tubo en la Sexta, y no la pudo volver a meter dentro, fueron una confluencia de intenciones: la ambición desbocada nacida de la frustración de su origen comunista, que se convierte en desengaño y melancolía con unas gotas de rencor anguitiano, que con su 'pinza' con el PP y las fuerzas oscuras para echar a Felipe González renovó la filosofía malvada del pacto Molotov-Ribbentrop, larga vida a la vergüenza. El resultado: fue la casta de Podemos quien, con su negativa a hacer presidente a Pedro Sánchez, propició una segunda vuelta que marcó el inicio de su declive y el reforzamiento del Partido Popular.

Y, por otra parte, el mesianismo, que vive en el delirante túnel del tiempo que emerge de vez en cuando y que se relaciona con la clásica táctica de crearle un problema en la retaguardia al adversario. Hassan II, con la Marcha Verde; el Polisario, suicidándose al aprovechar la ofensiva marroquí para echar a los españoles que trataban de garantizar el derecho de autodeterminación para la colonia.... Chávez y Maduro, tratando de exportar su revolución bolivariana y de las JONS al otro lado del océano mediante un grupo de profesores chiflados por el poder de los cielos dedicados a la alquimia política en la Complutense. Ecuador, Bolivia, Cuba, la Argentina kichnerista.... y España, con las condiciones creadas por la crisis y la indignación acampada en Sol, donde a las tibias medidas anticrisis de Zapatero se unió el cabreo acumulado en las masas trabajadores y la clase media por el desmontaje del Estado de bienestar en todas las instituciones donde se ha prostituido la palabra liberal. Qué mal empleada esta noble idea, como me decía Juan Marichal: "Fíjese usted, que leí en unos anuncios por palabras que se ofrecían chicas liberales.... y no es tal....".

Pues eso mismo ha pasado en estas elecciones: los partidos ofrecieron unas cosas, pero en realidad eran otras.