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El PSOE tiene en su ADN la ‘E’ de España

30/05/2017 07:26 CEST | Actualizado 30/05/2017 07:26 CEST
EFE

Esto no suele gustarle ni al PP ni a la derecha rancia. Tampoco a la izquierda de la izquierda tirando para la barranquera que busca inútilmente eufemismos para lo obvio. El único partido activo que tiene la 'E' de España en sus siglas es el PSOE. Partido Socialista Obrero Español. Fundado, por cierto, un muy simbólico 2 de Mayo (de 1879). El PCE, Partido Comunista de España, ni está ni se le espera, sobre todo después de ser disuelto en IU y de que sus lobeznos más temerarios y ambiciosos mataran a sus padres y abandonaran la manada, creando la suya propia.

Cierto es, a pesar de todo, que también los socialistas tienen una sección irredenta, acomplejada frente a los radicales, contaminada por el discurso nacionalista. El nacionalismo en sus momentos tardofranquistas fue lo más progre, lo más in, de la política nacional. A veces, las simplonerías tienen un éxito inaudito. La tontería es uno de los resortes que mueven al mundo de los necios.

Y esta parte que podríamos llamar entre bobalicona y extravagante es la que le sigue el juego a los que se revisten de un supuesto federalismo low cost, que es como una reacción tardía y extemporánea frente al centralismo, que en paz descanse desde 1978, cuando fue aprobada la Constitución. La primera de la historia de España, y una de las pocas del mundo, sometida a referéndum.

Sin que por ello la acepten los que además de jurar en vano cada vez que sea necesario en vez de "España" dicen "el Estado", y que llegan al esperpento de hablar de que llueve en el Estado, con lo cual uno de imagina los Ministerios, los Usos Múltiples de las Autonomías, las Diputaciones, los Ayuntamientos y las pedanías, llenos de goteras y humedades. La verdad es que nunca en mis viajes los exiliados y emigrantes con los que he hablado me han preguntado qué tal tiempo hace en el Estado, o cómo andan las cosas en el Estado.

Esa 'E' que lleva dentro el PSOE ha figurado en cuantos discursos trascendentes han pronunciado los principales dirigentes socialistas desde Pablo Iglesias el Auténtico, y no esta última fotocopia resentida y fullera decolorada en morado. Durante la República, durante la Guerra Civil, o Guerra de España, como la llamaba Juan Negrín durante el franquismo, España ha sido una constante vital en el alma socialista. La unidad de España siempre ha sido innegociable, porque es la consecuencia de siglos de imaginar juntos y de construir juntos. La España de las Autonomías fue la modalidad federal española; un sistema, copiado del alemán, tejido con los mimbres de los países más avanzados en democracia y autogobierno de sus territorios, que respeta minuciosamente su enriquecedora diversidad.

Pedro Sánchez podrá tratar de borrar muchas cosas, es un adanista puro, pero no podrá borrar el amor a España del PSOE.

El PSOE siempre ha sentido aversión a los nacionalismos insolidarios, que tantas veces han puesto en peligro a la propia democracia y que son sencillamente producto de una desvergonzada manipulación de la historia. Un burdo trampantojo fabricado ex profeso que, si nunca ha tenido sentido, ahora lo tiene menos en tiempos en que Europa camina hacia la unidad, porque la unión hace la fuerza, como todo el mundo, menos los fanáticos y los imbéciles, saben. Este volver al big bang ha llegado en Cataluña a una situación crítica.

El 7 de abril de 2006, el ministro de Defensa José Bono, presidente casi in aeternum de Castilla-La Mancha, presentó su dimisión al presidente José Luis Rodríguez Zapatero: consideró que la aventura del nuevo Estatut abriría las puertas a un impulso secesionista. Él y otros muchos dirigentes y militantes socialistas se habían opuesto a que se sacara al genio de su encierro en la botella. Por precaución ante una incontrolable teoría de la avalancha.

Fue inevitablemente a peor la mejoría. Convergencia i Unió se partió en dos, y su primera parte contratante acosada por una corrupción sistémica, organizada nada menos que desde la familia del ex Molt Honorable Pujol, emprendió una ciega huida hacia adelante. Se alió con su adversario tradicional, ERC, y con quienes deberán ser sus enemigos ideológicos, los antisistema de la CUP. Resultado, cuando despierten de la hipnosis inducida por alucinógenos, quizás sea tarde.

Si antes bastaba un nuevo Estatut, que ni siquiera se había exigido -fue una extravagancia de Pasqual Maragall-, ahora la exigencia de Mas (no sabía nada del saqueo de su jefe, o estudiaba para parecer tonto) y Puigdemont y compañía es el referéndum ya. Y para conseguirlo trampean las propias leyes que rigen a la Generalitat y que emanan del Estatut. Y puentean y se burlan de la Constitución. Gente así es poco de fiar.

Y es en este punto, en la irresponsabilidad talibán de ignorar la Constitución de 1978 donde radica el elemento no previsto por los independentistas, que presumen de tener la astucia del zorro con la sonrisa de la hiena, que hace inviable todo el proyecto: las previsiones de la nueva legalidad catalana constituyen, en el fondo y en la forma, un golpe de estado territorial, que deja sin la protección de los derechos fundamentales de la Constitución a los ciudadanos españoles que viven en Cataluña.

Las leyes –cuyo borrador ha publicado en exclusiva EL PAÍS y que ha supuesto el repentino descubrimiento de que estamos ante un intento de dictadura al modo mussoliniano en la región catalana- son, en la práctica, la armazón de un sistema dictatorial muy parecido al que está llevando a cabo el presidente húngaro de extrema derecha Víktor Orbán, creador de la democracia del miedo. El control directo de la justicia desde la Generalitat, la censura de prensa, la distribución por afinidad ideológica de la publicidad institucional para los medios adictos...

La victoria sanchista en las primarias es solo un compás de espera, no se engañen los vencedores. En política, la fe solo crea espejismos.

El Estado –ahora sí- no puede permitir que una parte de los ciudadanos pierdan la plenitud de sus derechos constitucionales por el mero hecho de vivir en una determinada comunidad. Tampoco el mismo Estado que garantiza la libertad de circulación puede tolerar alambradas y aduanas que separen a sus ciudadanos que viven en Cataluña de sus ciudadanos del resto del territorio nacional.

Para tratar de calmar al tigre con unas hamburguesas, Pablo Iglesias propone la plurinacionalidad, algo que también defiende Pedro Sánchez; Podemos considera "innegociable" el derecho a decidir, que no existe en ningún país del mundo como tal, por el mero hecho de que en todas las democracias se decide todo el tiempo, pero que se emplea tramposamente como sinónimo de un derecho de autodeterminación que no rige para las democracias plenas....

Y entramos en el juego del gato y el ratón entre Pablo Manuel Iglesias y Pedro Sánchez, por este orden. La tramposa moción de censura, puro teatro de plató, presentada por el impaciente y rencoroso jefe de Podemos, ufano por su papel de macho alfa de la manada, fue un intento de intervenir en el proceso de primarias socialistas a favor de Pedro Sánchez; más o menos, lo que hizo Putin apoyando a Trump. Cosas de piratas.

La siguiente jugada, en pos de conseguir el jaque en la partida de ajedrez que juega Podemos contra la socialdemocracia desde que estaba en probeta, fue olvidar que los morados dijeron NO a la investidura de Pedro Sánchez y pedir desde la altanería, en cambio, una abstención en el Parlamento. Y a continuación, la advertencia de que esa abstención tendría, encima, que adobarse con la defensa del referéndum catalán.

Es decir, abrir la puerta a un gran big bang que retrotraería a España a los tiempos anteriores a la evolución de las tribus hacia los primeros reinos peninsulares.

Un paso del renacido secretario general Sánchez en la dirección equivocada puede ocasionar la ruptura del statu quo interno del Partido Socialista Obrero Español.

En el momento crítico, lo peor que puede hacer el PSOE es partirse y darle a Mariano Rajoy (cuya gestión del problema catalándesaprueba el 77% de los españoles, según la encuesta de Metroscopia en EL PAÍS) y a Albert Rivera la oportunidad de ser los únicos que defiendan con claridad a España, a la Constitución y a los españoles y, por consiguiente, a la democracia. La victoria sanchista en las primarias es solo un compás de espera, no se engañen los vencedores. En política, la fe solo crea espejismos.

Pedro Sánchez podrá tratar de borrar muchas cosas, es un adanista puro, pero no podrá borrar el amor a España del PSOE, en la República, en la clandestinidad, en el destierro, en los campos de concentración, en la ilusión compartida.... Decía don Miguel de Unamuno que "el nacionalismo es la chifladura de exaltados echados a perder por indigestiones de mala historia (...)". Pero me quedo con el diagnóstico del diplomático norteamericano Daniel Fried, en unas declaraciones sobre las elecciones de 2007 en Serbia: "El nacionalismo se parece al alcohol barato. Primero te emborracha, después te ciega, y después, te mata".

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