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El ‘sanchismo’, del CETA a la Meca

04/07/2017 07:19 CEST | Actualizado 04/07/2017 07:19 CEST
EFE

Este año algunos dirigentes de la izquierda chachonga han coincidido en felicitar a los musulmanes por celebrar el fin del Ramadán. Y eso está muy bien, entra en la era del tuit, lo que antes se llamaba el "bote pronto", y demuestra el buen rollito religioso que tienen tanto los ambiciosos laicos de la socialdemocracia contable como los comunistas desbordantes de frustración histórica que hallaron, algo tarde, la respuesta a aquella famosa pregunta llena de desprecio de Stalin de cuántas divisiones tiene el papa. El Kremlin lo descubrió abruptamente poco antes de la caída del Muro.

Y es que las religiones tienen muchas divisiones, a pesar de que sean invisibles. El poder de la fe es a la vez inmenso y racionalmente incomprensible. Así que ante la presunta islamofobia detectada en la sociedad española, ellos sabrán cómo, dónde y por qué, los líderes de Podemos y del sanchismo han enviado sus enhorabuenas al islam en festividad tan señalada. Lo que no deja de ser hasta cierto punto incongruente, aunque el baremo de puntos hoy día es muy laxo, adaptativo y oportunista. Frente al argumento del Estado laico, neutral en lo religioso, y la separación exquisita entre la Iglesia y el Estado, ahora hay un viraje: la felicitación al mundo musulmán por el ramadán equivaldría a una felicitación a los católicos por el Domingo de Resurrección o de Gloria que pone fin a la Semana Santa.

Pero esta mirada del sanchismo y del pablismo hacia la Meca introduce en la política española, desde luego, algún interrogante geopolítico. ¿Hay acaso un acercamiento a los gobiernos de países enfrentados a Occidente –sean los islámicos o los bolivarianos o cualesquiera otros- por mera reacción 'anticapitalista? ¿O es mero teatro?

Estas contradicciones están siendo muy frecuentes. Por ejemplo, Pedro Sánchez fue en su momento, porque su vida son flashes momentáneos, un firme defensor de la globalización y, en concreto, del tratado comercial con Canadá. Durante varios años, los negociadores europeos han arrancado de los canadienses un conjunto de adaptaciones del texto al estilo de vida europeo, a su concepción del Estado de bienestar, y al respeto a los poderes públicos que representan nuestro sistema democrático. La gran mayoría del Parlamento europeo y de los grupos socialistas nacionales han apoyado el Tratado, al que han visto como el mejor posible con una potencia industrial que comparte plenamente los valores del europeísmo.

No es lo mismo que el Tratado comercial con EEUU, cuyo borrador reflejaba las duras presiones de los lobbies norteamericanos, que los negociadores europeos se esforzaban en limitar para diluir el poder político de las multinacionales, y que antes del trumpazo estaba ya congelado en la práctica.

A Europa y a España le interesa más un CETA que pone en manos de la UE la regulación que la demostradamente peligrosa autarquía del mercado y los zarpazos de su mano invisible.

El viraje hacia el aislacionismo dado por Donald Trump en su errática política exterior ha permitido ganar tiempo a Bruselas. No es mala cosa que Canadá gane parcelas de influencia con respecto a Washington en el comercio con Europa. El aliado canadiense tiene muchas más afinidades con el Viejo Continente que, sobre todo, los gobiernos de los republicanos; aparte de que el "complejo militar industrial" del que advirtió el propio Eisenhower y el de la belicista y ultraconservadora Asociación Nacional del Rifle no existe en el más liberal (y europeo) país canadiense.

En el tablero internacional, y desde el punto de vista del interés europeo, y por lo tanto, español, el paso dado por Pedro Sánchez no deja de ser de una ingenuidad severa. España, y en eso coinciden casi todos los partidos, necesita más Europa. Con todos sus problemas, la Unión Europea es como la democracia -como decía Churchill, "la peor forma posible de gobierno exceptuando a todas las demás"-. La lucha por una Europa mejor, el europeísmo de las esencias, está en recuperar las fuerzas y las ideas que la impulsaron no en quererlas sustituir por un caos populista, marxista o un caldo bolivariano que nos devuelva al pasado o nos meta en el sumidero otra vez.

Hay una frase de un dirigente podemita que no se debe de meter en el cajón de los olvidos: "La posición de los socialistas abre posibilidades de colaboración con Podemos", dijo Pablo Bustinduy, portavoz de exteriores de los morados, según recogían los medios de comunicación a mediados de junio. "Es esencial e importante", concretaba "que el CETA no vea la luz del día".

Es una cruel paradoja la coincidencia entre el giro dado por el actual secretario general del PSOE al tratado de la UE con Canadá, al rebufo de Podemos, y el anuncio de que esa misma UE ha impuesto a Google una multa de 2.420 millones de euros por abuso de posición dominante y violación de las normas de competencia. Pero Bruselas también ha impuesto sanciones milmillonarias a Microsoft, a Intel y, en julio de 2016, unos 3.000 millones de euros a un cártel de los cinco grandes del sector del camión. La comisaria europea de la Competencia Margrethe Vestager lo explicaba con sencillez: "...y lo más importante aún, ha negado (Google) a los consumidores europeos la elección genuina de servicios y los beneficios completos de la innovación".

La UE es en realidad una globalización a escala continental, pacífica -y no como las anteriores, desde el Imperio Romano-, que pretende convertir a Europa, como decía Javier Solana, de espectador en protagonista en el escenario internacional. Una mundialización democrática, consensuada, que busca el mejor antídoto contra las guerras: la libertad de mercados y la libre circulación de personas. "El roce hace el cariño", dice el refrán.

Esta fórmula es, francamente, mejor que una globalización a mercado desarretado. Una globalización que respete las reglas de la regulación es más fructífera para las sociedades de bienestar que una donde sencillamente gane el capitalismo de casino y los grandes oligopolios financieros. A Europa y a España le interesa más un CETA que pone en manos de la UE la regulación que la demostradamente peligrosa autarquía del mercado y los zarpazos de su mano invisible.

A España no le ha ido mal, en el cómputo general, con la globalización. Por eso el tema del Brexit no se puede desgajar de este proceso y afrontar desde el simplismo: puede ser una gran fuente de oportunidades. En todo caso, no se puede perder de vista cuál es ahora el interés nacional. Más Europa, o sea, mejor y con más poderes, más inclinada a la ciudadanía, superadora de estúpidos nacionalismos de opereta austro-húngara, pero también como una oportunidad para ganar espacios en el mercado y en la influencia. Todo espacio ocupado que se abandona (como ha hecho Londres) es un espacio que será inmediatamente ocupado por otros por el principio de los vasos comunicantes. España necesita ser un socio fiable, sin zigzagueos oportunistas, para formar parte del núcleo duro que se forme alrededor del vertebrador eje franco-alemán, que está en la misma filosofía fundacional de la Unión.

El PSOE y Podemos tienen dos conceptos enfrentados de la izquierda; incluso en los primeros discursos del podemismo se encontraba el mantra de que era un movimiento de masas superador de la obsoleta prédica de derecha e izquierda. Apostaban por "los de arriba" y "los de abajo", por la lucha contra la "casta" (las de los demás, no la propia e integrada en su ADN) y por la "trama" (la de los demás, y no la propia e integrada en su ADN). Sus ídolos políticos actuales son Hugo Chávez y Maduro, este por herencia testamentaria, Fidel Castro y su hermanísimo. El modelo más repetido y adulado hasta el empalagamiento es el bolivariano, una vía de probada eficacia para la fractura social y el suicidio económico.

Mensajes almibarados sobre la socialdemocracia y los países nórdicos, pero sin los nombres de esas rosas. Un romanticismo que se volatiliza cuando las redes sociales reenvían incesantemente vídeos y audios robados o no de Iglesias, Monedero, Errejón y otros y otras en estado puro de exaltación mesiánica que muy probablemente podrían ser los top en las salas de análisis y prevención de riesgos de los servicios de inteligencia.

España necesita la mejor Europa posible, la más sólida, la que hemos construido entre todos con una ilusión compartida, con instituciones que funcionen, con un Parlamento con creciente protagonismo, abierta a las mejoras según sean las convicciones y los votos de sus ciudadanos. Aznar cometió un pecado estratégico mortal cuando traicionó la política exterior común y de seguridad y encabezó la carta de los ocho de apoyo a la guerra de Bush rompiendo la unidad europea. Sánchez, ahora, le sigue los pasos con un discurso retórico y peligrosamente nacionalista que le ponen a un paso volver a ser un socio poco de fiar.

El mejor acuerdo es aquél en el que todos ganan y todos pierden. Esa es la fuerza de la Unión Europea, y ese fue el secreto de la Transición.