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El síndrome pueblerino jodió el europeísmo catalán

19/09/2017 07:21 CEST | Actualizado 19/09/2017 07:21 CEST
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Don Manuel Azaña y don Juan Negrín lo advirtieron repetidamente: estaban hartos del 'nacionalismo pueblerino' que con sus puñaladas traperas desestabilizaba a la II República, y ambos estadistas, a pesar de sus muchas diferencias en otras cuestiones, coincidían absolutamente en mantener la integridad territorial y nacional del 'proyecto España' que ya se adivinaba en la Hispania romana.

A pesar de que en los momentos iniciales de la Transición, por el principio pendular, muchos creyeron que lo progresista era ser nacionalista o al menos comprender a los nacionalistas, y esa monumental estupidez de que "todas las ideas y todas las opiniones son igualmente respetables", o sea, las de Stalin y las de Juan XXIII, las de Albert Einstein y las del tonto del pueblo, las de Churchill y las de Artur Mas, poco a poco se ha ido perdiendo esta especie de 'vergüenza ajena' de defender una posición que el bando 'soberanista' – por cierto, qué coñac- igualaba con el centralismo, sin términos medios. Todo ello adobado con idioteces que no resisten un minuto de serena y medianamente documentada reflexión, eso sí, según el método científico.

Y eso era muy duro de asumir para los que no habían reparado en que los tiempos habían cambiado. Ahí tenemos la cantinflada de una diputada de 'Podem' en el Parlamento catalán, que quitó las dos banderas españolas, constitucionales, que habían dejado en sus asientos los diputados del PP. Dijo muchas tonterías en su justificación, que era republicana, que la bandera había sido impuesta con las armas... Es como si hubiera robado un coche argumentando que estaba mal aparcado. Lo cual no quita que esas banderas no eran suyas, que no pertenecía al servicio de limpieza de la cámara, y que, en el fondo, su gesto fue un gesto cargado de significado soberbio y autoritario. Ella, constituida 'per se' en gran Kalikatres sapientísimo con música de fondo de 'Así habló Zaratrustra'.

Porque esa bandera no fue impuesta por las armas; y ni siquiera fue impuesta, como no fue impuesta la monarquía parlamentaria; fue decidida por la soberanía popular de toda España, y también, como es natural, por la catalana, que aceptó masivamente la Constitución de 1978.

Las estadísticas, que tanto gustan a los políticos, a muchos les sirven de lazarillo, demuestran que el independentismo catalán solo es mayoritario en los pueblos de menos de 10.000 habitantes. No es, entonces, urbano, cosmopolita, de visión comercial... es lo que suele decirse provinciano. Nada raro: todos los nacionalismos son simplones.

Pero los datos son elocuentes: la mayoría de los catalanes rechaza el independentismo y quedarse fuera de Europa. Porque si la aventura saliera adelante, que no va a salir como sí en cambio salió en Crimea, ya las instituciones europeas, y entre ellas el Parlamento, lo han dejado claro: Si una parte del territorio nacional se separa contra la voluntad del Estado, y se constituye a las bravas y con trampas en república o lo que sea independiente, queda fuera 'ipso facto' de la UE y pasaría a tener la condición de enfermo en cuarentena pendiente de cita previa.

El pase en poco tiempo de 'pronóstico reservado' a 'muy grave' en el afloramiento de este sarpullido repentino, que ha contagiado a algo menos de la mitad de la población catalana, recuerda a lo que se llama un 'bloom' de las cianobacterias 'trichodesmium erythraeum', tan actuales en Canarias. Una peculiaridad de este fenómeno en el Archipiélago es que las llamadas 'microalgas' se reproducen cuando se encadenan ciertas condiciones favorables, y ahora más frecuentemente con el cambio climático: el polvo sahariano que llega con la calima, también llamado siroco- de ahí viene el término asirocados- , que aporta hierro y fósforo como nutrientes; la temperatura del océano Atlántico y las calmas. Cuando más repelentes son estas microalgas, y cuando peor huelen y adquieren la tonalidad de la mierda es al morir y flotar cerca de las costas, que es a donde las ha llevado el viento. Desaparecen cuando cambian las condiciones climatológicas como por arte de encantamiento.

Muchos catalanes han sido atrapados en la tela de araña del engaño, igual que muchos ingleses cayeron en la del Brexit. La Cataluña europea, el oasis catalán, bebió sin darse cuenta un brebaje venenoso.

Otra similitud del tanatorio costero de las 'trichodesmium' con el nacionalismo es la cantidad de charlatanes y profetas que surgen a su alrededor, y que ignorando las evidencias científicas se tiran por la pendiente de teorías conspiratorias y fabulan con sus causas y efectos para conseguir, o vender su depuradora especial, o gozar de una línea de gloria fugaz en la nube, o ganarse el agradecimiento de algún preboste enfadado porque el Gobierno no lo mima lo suficiente, o arrinconar al Gobierno. Como el dicho italiano: "piove, porco gobierno".

El nacionalismo extremo– los asesinatos de ETA y el chantaje catalán, con la posibilidad de que también optara por la vía violenta, y los loquiños de 'Galicia Ceibe'- condicionó algunos aspectos de la Constitución: la introducción de la fórmula de las nacionalidades, y toda la justificación de las comunidades históricas, que lo eran no porque solo ellas y nadie más que ellas hundieran sus raíces en la historia y en las bellas gestas, y entroncaran más directamente con el mono, sino porque habían conseguido sacar sus estatutos poco antes de la rebelión militar- falangista del 36. Por eso únicamente tres regiones, País Vasco, Cataluña y Galicia, adquirieron esa condición 'aristocrática' en la España Constitucional.

Pero llegó un momento en que España entera suspiró de alivio al creer sinceramente que la cíclica rubeola inducida 'ad hoc' de un 'nacionalerismo' anacrónico, contagiado por cínicos y malvados a una masa con fallos en su sistema de inmunización mental, estaba a punto de irse por el sumidero de la historia como las aguas residuales tras la generalización del alcantarillado en el mundo moderno: fue la adhesión de España la Comunidad Económica Europea en 1986. Además, en una circunstancia excepcional: la idea de una Europa unida en democracia, libertades, seguridad, progreso, influencia mundial, ganaba fuerza como el paraíso soñado que nos liberaría de nuestros demonios familiares, tan recientes. Sería el fin de los fantasmas que nos quitaban el sueño.

Ser nacionalista mientras Europa se unía era esquizofrénico. Todo eso era lo lógico, pero como decía Pascal "razones tiene el corazón que la propia razón no entiende", y como dicen todos los demás que conocen el caso concreto, todos los delincuentes y mangantes son hábiles en el engaño. No todo el mundo puede practicar el timo de la estampita. Tiene el truhán que ser hábil en la escena, convincente, suscitar la compasión, inspirar confianza y veracidad, hacer creer en el milagro, y estar muy, pero que muy motivados. Y una de las mayores motivaciones suele ser la impunidad....

Encima, uno de los brujos de la tribu gótica era un consumado maestro en el arte del engaño y el 'estraperlo'. Jordi Pujol consiguió tapar sus primeros indicios delictivos de estafa en Banca Catalana envolviéndose en la senyera, cuando la senyera era la senyera y no había sido desplazada por la estelada; a partir de ahí, el 3% llenó de vergüenza y oprobio a la historia, por otra parte inventada. Para seguir la fuga hacia delante, el pujolismo pasó al chantaje y a la mamanza organizada con criterios de eficiencia financiera. Pujol, banquero de origen, aplicó el criterio bancario: generalizó el cobro de comisiones, pero con tanta gula, que al final se hizo verdad el principio de que la avaricia rompe el saco. Para ocultar estas vergüenzas, y usando como ayuda para la ignición un acelerante de la reacción aprovecharon los errores de libro del PP que subordinó el interés general al corto plazo electoral, y los innumerables escándalos de corrupción que afloran como un 'bloom' maloliente en su seno.

Luego, para colmo, la crisis financiera mundial, que tuvo su epicentro en los manejos de los tiburones neoyorquinos, llegó a Europa, pero se cebó especialmente con las economías más débiles, entre ellas la española, porque el neoliberalismo depredador, también el catalán, había vaciado de contenido al sector público. Y vino el ajuste de caballo en forma de austeridad integrista y venenosa. La derecha más tramposa encontró una nueva ocasión para aprovechar en su beneficio la crisis: transferir las culpas a la clase media. Fue la justificación para ordeñarla hasta empobrecerla, obligándola a sufragar con sus esquilmados el fracaso de los financieros y banqueros y los políticos manirrotos y ladrones.

En ese ambiente Artur Mas hace lo que hacen todos truquistas: diseñar una 'cortina de humo' consistente en prefabricar un malvado enemigo exterior. La banda del 3 por ciento pregonó el mantra de "España nos roba' para exonerar a los verdaderos bandoleros.

Muchos catalanes han sido atrapados en la tela de araña del engaño, igual que muchos ingleses cayeron en la del Brexit. La Cataluña europea, el oasis catalán, bebió sin darse cuenta un brebaje venenoso. Las víctimas del lavado de cerebro han decidido caminar alegremente hacia el precipicio. En vez de dirigirse a un horizonte de unidad europea, en el que todos ganan, han decidido volver a la tribu. Como si de repente el universo empezara a caminar hacia atrás y regresara al 'big-bang' fundacional del Mundo.

La razón no convence a quien no quiere razonar. Los propios catalanes lo comprobaron hace poco. El fanatismo es ciego, descerebrado y suicida.