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En la encrucijada catalana, volver a la senda constitucional

24/10/2017 07:28 CEST | Actualizado 24/10/2017 07:28 CEST
EFE

El 23 de febrero de 1981 estaba yo en un 'jet foil' de Trasmediterránea yendo desde Gran Canaria a Tenerife a ras del mar cuando el golpista teniente coronel Tejero gritó el ¡coño! más humillante y famoso de la historia española en el Congreso. Cuando alguien me contó la noticia, escuchada a través del transistor, sentí como un vacío en el estómago, una cierta incredulidad, aunque una asonada parecida ya la esperábamos muchos por los sondeos en los 'cuartos de banderas' y las amenazas de altos jefes militares.

Sobre todo, me atenazó una pregunta, cuya respuesta era un pozo sin fondo de temores: ¿Y ahora qué?.

Esa misma sensación tuve a principios de septiembre pasado, los días 6, 7 y 8, en que el Parlamento autonómico catalán, dirigido por una sediciosa Carme Forcadell, desbordó sus funciones y aprobó las leyes de desconexión que regirían una fantasmagórica República de Cataluña, tras un referéndum ilegal a celebrar el primero de octubre que ya se presentó con todos los síntomas del pucherazo. Fue un abierto desafío rebelde que desacató en un insolente 2x1 el propio Estatuto de Autonomía que les regía y la Constitución Española. Dos normas fundamentales que fueron aprobadas mediante amplias mayorías parlamentarias, representativas de la enorme pluralidad de las sociedades, y de sendos referéndums en los que los síes aplastaron literalmente a los noes.

(Estaba releyendo las memorias de Tarradellas, 'Ya sóc aquì' y recién había apuntado una cita: "La historia de Cataluña está hecha de una sucesión de exaltaciones deslumbradoras y depresiones").

Ambas 'Cartas Magnas' habían requerido un camino lleno de exigencias perfectamente pautadas destinadas a garantizar que nunca iban a poder ser derogadas sin idéntico consenso político, mediante meras artimañas parlamentarias y la creación de artificiales estados de opinión. Todas esas cautelas fueron refrendadas por la inmensa mayoría de los españoles y de los catalanes. No fueron un invento, un teatro de marionetas, una invocación a posteriori basada en elucubraciones mentales. Era la ley. Una Ley que nos ataba. Una Ley cuyo cumplimiento había sido y seguirá siendo prometido o jurado por todos los cargos públicos del Estado, desde el más humilde concejal a la más alta magistratura.

Romper ese procedimiento era romper la democracia. Una traición. La democracia no es una ilusión de los sentidos, un espejismo de la inteligencia, un paraíso de la voluntad. Puede ser todo eso, claro, pero es sobre todo el estricto cumplimiento de las normas y las formas.

Si no se respeta la norma se da entrada a la arbitrariedad. Y la arbitrariedad conduce a la ruptura de los grandes principios del sistema, el primero de ellos, la igualdad de oportunidades.

Las 'leyes de desconexión' representaban la mayor perversión: un grupo de diputados, que no representaban a la mayoría de los votos, sino a una minoría, pero a quien el sistema proporcional le había otorgado una mayoría de escaños, la utilizó torticeramente para imponer un procedimiento absolutamente contrario al previsto en la norma madre de todas las normas. Fue en ese instante cuando España vivió su tercer golpe de Estado desde la rebelión militar del 18 de Julio de 1936, y el intento frustrado de Tejero y un revuelto de militares y nostálgicos el 23 de febrero de 1981.

La 'posverdad' comenzó en Cataluña. Su gran adelantado fue Jordi Pujol, el gran camaleón de alcantarilla.

Los pueblos suelen padecer un 'alzheimer' social, desde mucho antes de que se diagnosticara este mal en las personas: se olvidan los hechos recientes, y solo se recuerdan los del pasado más remoto. He transitado mucho por asilos y residencias de la tercer edad, desde mi entrada en el periodismo; hablo mucho con ancianos, y todos, aún los que ya viven en otro mundo distinto al nuestro, recuerdan instantes, situaciones, nombres, hechos, sucedidos en su infancia, cosas a veces minúsculas, secretos que nunca dijeron. Pero no recuerdan nada de los minutos, horas, días, meses o años anteriores.

Así, muchos españoles, catalanes o de cualquier otro lugar, rememoran grandes gestas, creen reales mitos, leyendas, bulos que hunden sus raíces en el pasado más remoto; pero parecen haber olvidado lo que ha ocurrido en los últimos años, la secuencia exacta de actos que a modo de fotogramas de una película han precedido al instante en que el Gobierno de España ha tenido que proponer al Senado la activación del artículo 155 de la Constitución española para reponer la legalidad. Un artículo que es tan legítimo como todos los demás, y que se previó, exactamente, para ser utilizado en momentos como los actuales.

Además, no es ningún pintoresquismo español, ni un tic de la 'leyenda negra', una obra maestra de la ingeniería de la intoxicación y la propaganda enemiga. El artículo 155 está copiado casi literalmente de uno de la Ley Fundamental de Alemania; aunque todos los países democráticos tienen este tipo de cortafuegos constitucionales para tiempos aciagos. Aquí el teatro de 'varietés' y 'can can' en que vivimos considera excepcional, absurdo y sin sentido que la Constitución contemple la unidad indivisible del territorio nacional...

En los círculos independentistas, catalanes, vascos, gallegos, canarios y los que vengan o estén agazapados, y últimamente en la extrema izquierda y el populismo podemita, esto se considera como una herencia del franquismo.... Pero no hay país democrático, ni de los otros (podríamos hablar de cómo reaccionaría Chávez o Maduro – o Willy Toledo- si los Estados en que ha ganado la oposición se declararan independientes y ejercieran el derecho de autodeterminación en Venezuela) que no haga expresa mención en sus leyes a la unidad nacional.

Esa representación teatral en realidad comenzó la era de las 'fake news' antes de que se la adjudicaran los analistas e investigadores sociales a Donald Trump. La 'posverdad' comenzó en Cataluña. Su gran adelantado fue Jordi Pujol, el gran camaleón de alcantarilla, su familia, una parte, la cínica y trepadora, de la burguesía, la misma que fue adaptándose a todas las circunstancias, la que estuvo detrás de las intentonas separatistas, y la que llenó de 'capital humano' al franquismo, la que proveyó a la Dictadura de miles y miles de alcaldes y concejales, presidentes de diputación y consejeros, altos cargos en las empresas, ministros, cuerpo diplomático; y la que, llegada la democracia, entró en modo bipolar.

Otra parte, empero, mantuvo la lealtad, fue sincera, y creyó en que la CE78 había significado el fin del pleito y el encaje definitivo y a gusto de todos de Cataluña en España. Pero esos, esos fueron purgados lentamente, y los que resistieron fueron sistemáticamente acosados por un entorno hostil. El sector conspirador (donde ha crecido el temor al fin efectivo del secreto bancario en Andorra en enero), los visires que querían ocupar el lugar del califa y montar un califato, aprovechó las libertades para ir sembrando la cizaña, esparciendo el odio, inventando una historia esperpéntica, realidad desfigurada en espejos cóncavos. Como en los circos.

Tengo la sensación de estar presenciando la recuperación del Estado. Del Estado moderno, democrático, libre, sinceramente europeísta, diseñado para que todos tengamos cabida.

Sin que muchos cayeran en la cuenta, el 'seny' fue siendo sustituido por el integrismo. Y el brebaje se fue esparciendo en todas las clases sociales, transversalmente. Con la desgracia añadida de que la crisis fomentó la tentación populista, aprovechada por la clásica amalgama de antisistemas, ingenuos y almas cándidas, topos del comunismo residual y eternamente resentido, y vulgares aprovechados. Desalmados charlatanes y alquimistas del engaño convirtieron en mierda el oro de la esperanza, la resistencia frente a la crisis, y la ilusión en un mundo mejor en lo cotidiano. Ese componente que se agregó por la puerta de atrás a la tabla periódica de las buenas prácticas democráticas complicó el problema. Cuando al nacionalismo se le suma el populismo... aparecen los fantasmas que han provocado los grandes desastres europeos.

A estas alturas, asombra la velocidad de vértigo con que el pueblo catalán que perseguía a los corruptos al grito de 'a la cárcel', sea ahora el que los defienda y el que los apoye.

Sin embargo, la mayoría silenciosa que parecía haber abdicado de sus ideas y de su voluntad de ser a la vez igualmente catalana y española, reapareció con fuerza. Con sus banderas catalanas y sus banderas españolas, y sus banderas europeas. Y un millón de catalanes decidió compartir las calles.

Y yo me acordé de las emocionantes estrofas de un poeta social canario, Agustín Millares: "Esta calle que tú me das/calle ausente todavía/ no será tuya ni mía/ calle de todos será..." que llevábamos en el corazón, y en la mente, cuando nos manifestábamos emocionados por la libertad, la amnistía y el estatuto de autonomía.

Y no. Ahora, cuando el PP, el PSOE y Ciudadanos, deciden formar piña para defender la Constitución y la unidad de España, una unidad en la diversidad, una unidad federal en esencia que es el 'estado de las Autonomías', no tengo aquella sensación de estar presenciando un nuevo golpe. Tengo la sensación de estar presenciando la recuperación del Estado. Del Estado moderno, democrático, libre, sinceramente europeísta, diseñado para que todos tengamos cabida.

Pero fue desenterrar el cadáver embalsamado de Dalí, con sus bigotes tiesos, y nos ha envuelto el surrealismo más onírico, que mezclado con la otra 'invención mediterránea' que es el anarcosindicalismo, como decía el periodista Chaves Morales, produce monstruos.

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