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Frivolidades y complejidades de la actualidad de la socialdemocracia

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Foto de familia del Partido Socialista Europeo/EFE

Grandes expertos en las múltiples ciencias de las ideas y en estrategia y marketing político coinciden en diagnosticar que la socialdemocracia europea necesita un reseteo para modernizarla. Dicen que ha perdido su sentido en la actual UE y en el mundo globalizado y que su mensaje, y sus alternativas, están desfasadas y que las academias geográficas tienen que contratar a nuevos livingstones y los periódicos a nuevos stanleys.

Las cosas son según con qué intenciones se miren. ¿Ya no tiene sentido la socialdemocracia que ayudó a levantar, con la cristianodemocracia, a la Europa que surgió de los escombros de la II Guerra Mundial? ¿Ya no tiene sentido la socialdemocracia que apuntaló el Estado de bienestar que ha sido el instrumento para forjar la actual civilización, o, si somos algo menos rumbosos en la trascendencia de los éxitos, el estilo de vida de los países industrializados del Oeste, que suscita admiración y envidia en el resto de las naciones y temor en los competidores económicos? ¿Qué otra cosa sino un intento de control remoto es el Tratado de Libre Comercio en su configuración actual? ¿Ya no existen las condiciones que hicieron posible el liderazgo socialdemócrata que atrajo a decenas de millones de votantes en el Viejo Continente?

Pues resulta que las condiciones de los años 50 y 60, y hasta los fantasmas de la década macabra de los 30, están retornando a casi toda Europa. Esta vuelta al miedo razonable se ha producido por una confluencia de factores: la llegada a la UE de los países satélites de la URSS tras la caída del comunismo, que no fueron europeístas ni lo son aún hoy, excepción hecha de algunas élites, y que solo ven en Bruselas una vaca a la que ordeñar después de haber sido alimentada por otros, y en el mejor de los casos una protección junto con la OTAN como elemento de disuasión frente al siempre latente anexionismo ruso, desde la Rusia de los zares a la Rusia de este nuevo zar salido de la KGB que es Vladimir Putin.

Me decía en Maspalomas el amigo alemán Hans Matthöfer, colaborador de Willy Brand y ex ministro de Helmut Schmidt, sindicalista, que el desarrollo de la RFA y su Estado social no se comprenden sin la colaboración de unos sindicatos potentes... e inteligentes. En la Europa de ahora mismo, los sindicatos sufren una ofensiva en toda regla orquestada por los intereses de unas multinacionales disfrazadas de Dios padre. Un sindicalismo fuerte que defienda con ponderación las cuadernas maestras del Estado de bienestar frente a la codicia desbocada por las desregulaciones de la industria financiera, la única industria no productiva, excepto de ceros, es un enemigo natural para la avaricia y el retorno a las dos clases históricas: la nobleza que acogió por necesidad de sobrevivir a la aristocracia de la burguesía y sus bolsas repletas, y la clase baja o sierva. La clase media estorba.

En la UE, la mediocre dirección de la izquierda ha abierto el paso al enemigo de la Europa del bienestar en forma de equipo de demolición neoliberal.

La defensa del sindicalismo, pues, es uno de los desafíos para la socialdemocracia, que en estos momentos está decidiendo si hay más ramas que hojas o a la inversa, como lo es asimismo la defensa de Europa como unidad federal. Dice Martin Schulz que no hace falta más Europa sino mejor Europa. Pero el más Europa no debe entenderse en sentido de expansión territorial, sino de desarrollar los contenidos del Tratado en vigor y la filosofía de la idea original. Más y mejor Europa es la única receta posible para mantener los fines fundacionales de la Unión Europea y para que los ciudadanos sigan confiando en el proyecto común. Para eso hace falta, además, que los gobernantes sean estadistas y no mediocres charlatanes que asumen con servilismo y fe de carbonero los dictados de una sola de las partes, como si el interés egoísta de esa parte fuera verdaderamente el interés de todos y cada uno.

La brecha social se ha agrandado con la crisis, pero no solamente, ni estrictamente, por ella; en el cieno surgen los herederos del populismo nacionalista de los años 30 del pasado siglo que provocó guerras civiles, golpes y una guerra mundial. Recuperar los derechos de los ciudadanos, convertirlos otra vez en protagonistas, interpretar con lealtad y tino democrático las constituciones, aceptar de buen grado y con convicción el significado de Europa y la vía del europeísmo para ser más fuertes, más solidarios y más desarrollados - y vivir mejor- es la principal e irrenunciable meta socialdemócrata.

En las batallas hay que estar atentos al cambio de las circunstancias. En la UE, la mediocre dirección de la izquierda ha abierto el paso al enemigo de la Europa del bienestar en forma de equipo de demolición neoliberal que lleva los escapularios de Reagan, Thatcher, Bush hijo, Blair, Durao, Aznar.... Stalin necesitó para no ser ahogado por las fuerzas de Hitler que los Aliados abrieran un frente en el Oeste, el desembarco de Normandía, para dividir las fuerzas nazis. Europa necesita hoy abrir ese segundo frente político con una socialdemocracia que recupere los valores humanistas, democráticos y de progreso que la impulsaron, básicos para la reconstrucción europea cuando, otra vez, Europa está siendo acosada como idea de futuro.

Y los restos dispersos de la cristiano democracia, agujereada por las termitas de la ultraderecha y el núcleo de polonio del neoliberalismo tóxico, debe hacer lo mismo. Recuperar su alianza natural con la izquierda democrática y progresista para frenar a los crápulas de siempre, porque, desgraciadamente, la historia siempre se repite. Pero como dice el refrán, "no hay mal que por bien no venga". Si eso se sabe y recuerda, se puede prevenir.

Para que el legendario general y presidente republicano de EEUU Dwight D. Eisenhower advirtiera en su despedida de la Casa Blanca, el 17 de enero de 1961, sobre los peligros del excesivo peso en la política del complejo militar industrial... tenía que estar harto. Quiso quitarle in extremis al lobo el disfraz de Caperucita, pero el engaño continúa.