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La catarsis urgente del PSOE frente a la pachorra irresponsable de Rajoy

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Foto: EFE

Si bien todos los augurios, pronósticos y gatos negros y cuervos graznando vaticinaban que era el PP el primer partido que tenía que hacer una catarsis (en griego, purificación), ha sido el PSOE el adelantado en hacer un ejercicio de profunda autocrítica, a tumba abierta, ante las evidencias que parecían demostrar que la dirección sanchista iba proa al marisco. No es la aparente desgracia del PSOE, abierto en canal ante la opinión pública, una buena noticia para el PP si el PP no la interpreta correctamente y la utiliza, en cambio, para demorar su renovación, ésta sí, purificadora.

Esta que les voy a contar es una historia verídica, en la que fui uno de sus seis protagonistas, y que ocurrió a finales de la década de los 70 del pasado siglo XX. La balandra 'Gran Canaria' participaba en una regata de barcos de vela entre Gran Canaria y Gran Tarajal, en Fuerteventura. Un fuerte temporal de viento, con olas enormes, produjo serios daños al pequeño yate; se desprendió parte del calafate, el agua entraba a raudales, y la bomba de achique no funcionaba. El remolcador RA-2 de la Armada no se podía acercar, al juez de regata, Ignacio Pérez Galdós, casi le da un síncope, según nos comentó, todavía con palpitaciones, cuando todo acabó; nos indicaron, ante la gravedad de la situación, que fuéramos a la playa de Jandía que veíamos por babor para encallar la nave.

Hacia allí puse proa -en aquel momento me tocaba el turno de caña- y, según nos acercábamos a la orilla, los turistas alemanes nos saludaban. Dejamos atrás las olas y las crestas de espuma. La embarcación se enderezó, dejó de entrar el mar por la tablazón, la bomba achicaba y una suave brisa de tierra nos impulsaba serenamente. Fue la primera vez que aquél viejo cascarón ganó una competición en toda su vida. El previsible naufragio se convirtió en un trofeo que dejó anonadados a los demás, y a algunos rabiosos, por las cosas de la vida...marinera.

Claro que no siempre las circunstancias se encadenan así. No hay que descartar la intervención del factor suerte. El millonario petrolero norteamericano y gran avaro del mundo de los negocios, Jean Paul Getty, decía que el secreto de su éxito había sido "levantarme temprano, trabajar hasta tarde, y encontrar petróleo". El PSOE, pues, necesita encontrar petróleo, en forma de votos, o de tiempo.

El PSOE ha virado casi in extremis cuando se dirigía, medio desarbolado, sin un rumbo estratégico claro a San Borondón, isla fantasma de una vieja leyenda canaria que aparece y desaparece misteriosamente.

La gangrena no se cura con tiritas o con yodo, ni los delitos o la amoralidad se borran con las urnas o con charlatanería paliativa. Susana Díaz pidió atención al espectáculo que estaba dando el PSOE de cara a los españoles, sí, pero también de cara a Europa. El Partido Popular necesita que alguien le recuerde a su nomenklatura que en el mundo democrático y civilizado estos que sostiene y no enmienda son comportamientos proscritos.

El asombro alcanza el grado de estupefacción e incredulidad cuando el partido que proclama su respeto a la independencia judicial es el mismo que aplica las argucias filibusteras de Trillo para anular las pruebas, esta vez en la trama Gurtel. Los más de veinte años de experiencia en la práctica de esta estratagema para el autoengaño, desde la sentencia del Tribunal Supremo que sobreseyó el caso Naseiro han permitido que se incube un sentimiento de impunidad, que es como las piedras que se tiran a lo alto, que luego caen en granizada.

Ahí, por cierto, con las confesiones radiotelevisadas en directo por la otrora corte de los milagros, del brazo avariciosos, buscavidas, caraduras y maleantes, la indignación se inflama. Aumenta sin parar el desconcierto y la desconfianza incluso de sus militantes más crédulos. ¿Dónde estará el punto de explosión? En Santa Brígida, Gran Canaria, una tertulia de neutrales y apolíticos -pero tirando para la derecha- que ha venido sosteniendo con fe de ufólogo que ha sido el PP el que, con la Ley de Transparencia, ha sacado a la luz todos estos escándalos propios, tendrá, a la vista de lo que se ve, que revisar sus creencias: ahora resulta que el Partido se pone del lado de los delincuentes, pidiendo mediante la anulación de todas las pruebas, la nulidad del proceso, y todos tan felices y a comer perdices... a Ginebra. Por no hablar de la mala fe en la destrucción de los discos duros, de los indicios de que todo el tinglado de la financiación ilegal tenía una perfecta organización recaudatoria y de toda la filosofía de vida que subyace en el "sé fuerte, Luis".

En la Europa que es nuestro ejemplo, todavía, y a pesar de alguna preocupante y hasta grave excepción, es inconcebible que un jefe de gobierno no dimita cuando todo a su alrededor huele a podrido, porque está podrido.

El PSOE ha virado casi in extremis cuando se dirigía, medio desarbolado, sin un rumbo estratégico claro a San Borondón, isla fantasma de una vieja leyenda canaria que aparece y desaparece misteriosamente. Nubes con forma de volcanes. Ha asumido un riesgo cierto, quizás inevitable: no estaba en peligro solamente el futuro de un partido fundado hace 137 años, sino la esencia de la constitucionalidad, la unidad territorial, el Estado de bienestar o Estado social, y el prestigio y la imagen de España. Pero los últimos sucesos le fuerzan a exigir a la derecha otro líder interlocutor sin contaminar. Y el PP debe hacer lo que tiene que hacer, que no es no hacer nada. Un trabalenguas a la altura de la complejidad logopédica de Rajoy. Mientras más se regodee con su táctica de jugar al escondite, más dura será la travesía.

A su alrededor, y a pesar de las sonrisas de complicidad y los gestos de servilismo, hay críticos con el bote preparado para cambiar de capitán según vaya el 'cante jondo' en los juzgados, es decir, en cuanto se sienta el rumor de la rompiente. Pero en realidad, si el presidente en funciones tuviera un mínimo de pudor ético debería renunciar de inmediato y dar paso a otro correligionario de prestigio que se encargue formar Gobierno, uno que no esté manchado por la razonable sospecha de complicidad en la mamandurria, ante los vergonzosos, extendidos e increíbles 'hechos probados'.

Coger el marisco con la lancha inundada, con el motor averiado y con los remos rotos es perder la lancha... y el marisco. De otra cosa no estará muy al tanto don Mariano, pero en percebes es un experto. Y con un temporal así el percebeiro más tonto escapa aprisa.