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La ‘cuestión catalana’ y la solemnización de las paparruchas

15/07/2017 10:25 CEST | Actualizado 15/07/2017 10:25 CEST
EFE

Es cosa de asombro ver y oír la frivolidad y la ignorancia con la que algunos políticos e intelectuales y almas cándidas tratan la cuestión catalana. En demasiadas ocasiones es una descarada suma de mentiras y empleo de eufemismos tramposos que tienen por objetivo darle un aire de solemnidad y complejidad a lo que son simples paparruchas. Es como una gran timba flotante en aquellos barcos de río que recorrían el Mississipi y en la que reinaban los más famosos fulleros que desplumaban a los incautos viajeros. Pero el justo castigo a "tamaña perversidad", que diría Marcial Lafuente Estefanía, era que, una vez descubiertos, los cabreados pasajeros o los indignados vaqueros y mineros a quienes habían birlado su magra paga, emplumaban a los ventajistas con una buena mano de brea caliente dada a brocha gorda.

Hace unos días, en uno de lo cíclicos debates sobre el artículo 155 de la Constitución española, que fue refrendada por una inmensa mayoría de ciudadanos, la presidenta de la Comunidad de Baleares, la socialista Francina Armengol, decía, con cara de seriedad, que ella no estaba de acuerdo con el café para todos del sistema autonómico español. Y argumentaba asimismo, con cara de estar diciendo algo obvio, que en España el Estado tenía que ser asimétrico porque había regiones diferentes entre sí, con sus peculiaridades y todas esas cosas que desde la más remota e incluso ignota antigüedad se dan desde la familia hacia arriba.

Hay lo que se llama un principio de igualdad que esta señora, por lo visto, desconoce. La propia Constitución establece la igualdad en la diversidad. Es lógico que las comunidades tengan diferencias, porque por eso precisamente el Estado español está compuesto por varias comunidades que relejan las singularidades que se han ido forjando a lo largo de la historia, desde Atapuerca para acá. Si no hubiera diferencias, solo habría una comunidad.

Causa pavor comprobar en manos de quiénes estamos, en general.

Pongamos un ejemplo recurrente, el de EEUU, que es una ejemplar república federal. En la nación norteamericana conviven a su vez unas quinientas naciones indias, cada una de un territorio, varias por estado, con idioma y costumbres propias. Los estados unidos que constituyen los actuales Estados Unidos tienen enormes diferencias unos de otros.

Hawaii no tiene nada que ver, como es natural, ni por el clima, ni por nada, con Alaska. El estado de Washington, en la frontera con Canadá en la costa Oeste, es la antítesis de Florida, sueño de todos los jubilados norteamericanos. Los estados formados por las primeras 13 colonias que firmaron la Declaración de Independencia tienen el mismo rango histórico que los más recientes. Y hay estados ricos y estados pobres, con abismales diferencias de pobreza y riqueza. A efectos prácticos, todas las barras y las estrellas son del mismo tamaño y color.

Exacto a lo que ocurre en Alemania, donde los länder del norte son distintos a los del sur, y los del este, salidos del congelador comunista, están más atrasados y son más pobres, mucho más que los del oeste desarrollado, que hacen de la RFA, la locomotora europea. Todos están unidos en la igualdad constitucional y, quizás, en la cerveza.

Esto nos conduce a otro personaje presuntamente inteligente: Pablo Echenique. Este líder podemita explicaba, a su vez, con ese estilo pedagógico que le caracteriza, que Aragón no puede ser como Cataluña porque no es una nacionalidad histórica. Cosa que habría que matizar, pues estamos viendo cómo algunas nacionalidades históricas mutan en histéricas y confunden cuál es exactamente el motivo de la tal historicidad: no fue otro que resolver el problema catalán y el vasco en la Transición (constitucional) mediante una artimaña propia de un gran mago: considerar históricas a las que habían sacado su estatuto en la II República antes del Golpe de Estado; en el paquete entró el viejo Reino de Galicia.

Obviamente, esto no tiene nada que ver con la verdadera historia de España a lo largo de los siglos. La Corona de Aragón tenía un condado que era Barcelona, cabecera de un territorio más amplio llamado Cataluña. Todavía no se habían inventado las provincias. Eso es todo. Pero como los únicos derechos consolidados y constituyentes son los de la CE/78, tampoco el Reino de Aragón puede argumentar esta condición, contrastada y verídica, para iniciar un proceso de separación, reuniendo, como reúne, todos los atributos para, con más derecho que Cataluña, con muchísimos más, ser considerada una nacionalidad histórica real.

Hacer frente a esta madeja de trampas y mentiras con más diálogo y buen rollo es un esfuerzo estéril. El frente independentista ha reiterado hasta la saciedad que ya no hay marcha atrás y que se trata simplemente de declarar la I República Catalana.

Pero es que hasta el Valle de Arán cuenta, al menos, con tantos presuntos derechos para ser independiente como la Cataluña en donde está integrada. Tiene su historia, su lengua diferenciada, reconocida en el 'estatut', su sistema de autogobierno local... y la firme voluntad de no separarse de España y salir de la UE. Le va la vida en ello a sus 12.000 vecinos: su principal actividad económica es la estación de esquí de Baqueira/Beret, muy frecuentada por la realeza española, las grandes fortunas españolas, y el turismo español y con el ¡Hola! como boletín oficial de la temporada alta.

Eso de la España asimétrica ya existe; pero ir más allá de lo que ha sido un desarrollo natural y consensuado del Estado de las Autonomías descarrilaría el tren. Canarias tiene un REF que le permite tener una hacienda propia; tan propia que los canarios que envían un paquete postal a la península, por ejemplo a Granada, para mandarle a un hijo estudiante media docena de calzoncillos, seis pares de calcetines y cuatro porciones de 250 gramos de queso isleño, pasan aduana y con frecuencia el destinatario tiene que pagar un doble coste en concepto de diferencia de tributación y gastos aduaneros. Muchas empresas catalanas han dejado de suministrar a empresas e industrias canarias por la complejidad de los trámites en frontera, que les da dolor de cabeza, y de bolsillo.

En esta timba se utilizan cartas marcadas. Como los más afamados tahúres, algunos jugadores sacan ases falsos de la manga. Camuflan sus verdaderas intenciones, mienten con descaro y altanería sobre la 'balanza fiscal', engañan con la ayuda de una televisión títere y de unos medios de comunicación adictos a las almas cándidas que, al final, llegan a creer que en eso de 'España nos roba' algo debe de haber; como muchos vascos con el corazón blindado decían de las víctimas de ETA: "algo debieron de haber hecho".

Los datos dicen algo distinto, desde los reyes católicos hasta ayer: todos los españoles han aceptado, y han contribuido, a hacer de Barcelona, y de toda Cataluña, una potencia industrial y comercial. ¿Quién la hizo capital del Mediterráneo? Primero, en la II República, tuvo la ayuda del socialista Fernando de los Ríos; después, en la democracia, fue Javier Solana quien la recuperó y la llevó a cabo. ¿Quién la ha propuesto para sede de la 'Agencia Europea del Medicamento'? España. ¿Quién lo va a impedir? Los profetas del caos que están ahuyentando esta organización alrededor de la cual se establecerían importantes farmacéuticas. ¿Quién llevó la SEAT? Franco. ¿Quién evitó su quiebra y llevó a la Volkswagen: el Gobierno de Felipe González y, en concreto, el ministro de industria Croissier. Y así, ad infinitum, hacia atrás y hacia adelante.

Recordemos las palabras de un harto Práxedes Mateo Sagasta, político liberal, varias veces presidente del Consejo de Ministros entre 1870 y 1902, en las Cortes: "¿Quién duda que Cataluña se ha hecho rica por España y con España?, ¿quién duda que para hacerse rica ha habido necesidad de concederle en las leyes ciertos privilegios que le han dado ventajas sobre sus hermanas, las demás provincias de España?" Don Manuel Azaña, también hasta la coronilla de los nacionalistas catalanes, estalla en las Cortes el 27 de mayo de 1932: "...vendría a ser sin duda el pueblo catalán un personaje peregrinando por las rutas de la Historia en busca de un Canaán que él solo se ha prometido a sí mismo, y que nunca ha de encontrar".

Hacer frente a esta madeja de trampas y mentiras con más diálogo y buen rollo es un esfuerzo estéril. El frente independentista ha reiterado hasta la saciedad que ya no hay marcha atrás y que se trata simplemente de declarar la I República Catalana. Y llegados a este punto el diálogo lleva a la melancolía. El besugo al horno nunca resucita.

Pero hay funambulistas, y no sólo Pablo Iglesias y Pedro Sánchez y sus coros celestiales, que están en la cuerda floja y que, para no correr riesgo, proclaman que no son partidarios de activar el artículo 155, ni ninguna medida coercitiva similar. Y así, de golpe, están golpeando en el hígado de la sensatez democrática: no saben lo que es disuasión. El más eficaz instrumento para la convivencia y la paz es la disuasión. Incluso para disuadir a un ladrón de asaltar a una vieja no hay nada como enseñarle un garrote a tiempo.

Decididamente, la tribu de los necios solemnes es enorme.