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La obsesión vicepresidencial de Pablo Manuel Iglesias

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Foto: EFE

El líder de Podemos -que cada día, y ya verán ustedes mis motivos, se me parece más a Iznogud, el ambicioso e impaciente gran visir del célebre cómic que quería ser "califa en lugar del califa" - está obsesionado con la vicepresidencia del Gobierno. Tras las elecciones del 20-D, sin que nadie se lo propusiera, sencillamente porque era una ocurrencia disparatada, por el fondo y la forma, él mismo se autoproclamó vicepresidente ad futurum de un improbable Gobierno de Pedro Sánchez. La ¿idea? pasó a ser un imposible metafísico cuando puntualizó que quería una abultada cartera que incluyera al CNI, al BOE, a la Guardia Civil, etc., porque los vicepresidentes no siempre tienen las mismas funciones: depende de la confianza que tenga en ellos el presidente para misiones especialmente delicadas y discretas, por su naturaleza, y sus aptitudes. Alfonso Guerra se ocupaba de las relaciones con cardenales y nuncios; pero Guerra no hay más que uno. Ahora, el líder podemita anuncia que si su amalgama vence el 26- J, le ofrecerá esa vicepresidencia a Sánchez.

Hay cosas que no es que no puedan ser; es que las circunstancias las convierten en casi imposibles. Un ejemplo: el CNI, la Guardia Civil, tienen topos en el entorno de ETA y otros grupos terroristas o violentos, y espías en los estados que puedan constituir a medio o largo plazo un riesgo; por lo tanto, los tienen que tener encubiertos en los países árabes, en Venezuela, Bolivia, Cuba..., unos servicios secretos que están interconectados con los de los países miembros de la UE y la OTAN. No es francamente imaginable que Europa y la Alianza Atlántica estén muy tranquilos con que este instrumento clave de la defensa y la seguridad esté en manos de personajes o entornos que son amigas o contemporizadoras con el actual discurso etarra y el buen rollito y que consideran a Arnoldo Otegui un factor de paz y no a la Policía, la Guardia Civil, los jueces y fiscales... después de casi mil asesinatos terroristas; tampoco parece un factor de confianza que parezcan estar más cerca de Venezuela, Cuba, Irán, que de las democracias europeas. Una puntualización obligada: quien tiene un serio problema de llegada masiva de refugiados es esa Europa con la que sueñan millones de seres humanos pero que desprecian los comunistas impertérritos y los extravagantes del populismo radical verborreico. No hay datos del número de refugiados que quieren entrar en Venezuela; sí los hay de los que quieren salir.

Está en marcha nada menos que una lucha por los derechos civiles, encabezada por los jóvenes y su inagotable energía.

No es el único inconveniente que tiene, de momento, la candidatura de Pablo M. Iglesias, cuyo programa y talante pueden ser un obstáculo insalvable para un pacto en el caso de que con IU tenga más votos que el PSOE. El PSOE en la clandestinidad orbitaba en una realidad imaginada, anclada en el pasado, y soplada por la ilusión, pero sus padrinos en la Internacional Socialista eran Willy Brandt, Olof Palme, Mitterrand, Soares... Pura socialdemocracia, que cambió a España. Una notable diferencia con el golpista Hugo Chávez y con Maduro. Antes de gobernar, Felipe González tuvo que arrinconar el marxismo, superar la autodeterminación con las autonomías, aceptar la mayoría a favor de la monarquía parlamentaria - una vez derrotada su enmienda testimonial a favor de la III República- y convocar un referéndum en solitario a favor de la OTAN después del famoso "de entrada NO", etc.

El dilema es que este Iglesias debe transitar por este proceso de maduración democrática -como se entiende la democracia en esta Europa -y que no tiene las cosas claras; aún no ha evolucionado desde que era uno más en la alegre muchachada revientamítines de políticos demócratas en la Complutense. Ensimismado en sueños redentoristas amenaza a los medios de comunicación y señala con meliflua sonrisa a periodistas desafectos que ejercen el papel que les encomienda el Tribunal Europeo de Derechos Humanos ('caso Thorgir Thorgison contra Islandia'/ 1992), ser "perros guardianes de la democracia", y los perros guardianes son incómodos y hasta peligrosos para quien salte los muros. Su disculpa, que no fue tal, es que estaban en el Paraninfo de la Complutense, pero en la Constitución no consta, todavía, que los derechos fundamentales de todos los españoles no rijan en los paraninfos. La Constitución no sacraliza, como dicen ciertos desnortados, la autonomía universitaria: la restringe y acota, porque la subordina al marco de las leyes. La alusión constitucional a la autonomía universitaria es casi idéntica a la municipal: y no conviene olvidar cuántos alcaldes y concejales están imputados por creer que autonomía era sinónimo de hacer lo que les daba la gana.

Mientras el caudillaje leninista ¿o no lo es? de Podemos no acepte el mundo de lo real, su ambición presidencial será tan difícil de conseguir como lo fue la vicepresidencial. Cientos de millones de niños, y un montón de esquizofrénicos, quieren coger la luna. Pero hasta hoy sólo la han pisado doce astronautas norteamericanos, exactamente.