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Matón y tramposo en el Despacho Oval

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Foto: REUTERS

A pesar de las evidencias clamorosas de que Donald Trump era un decorado de feria, como esas casas pintadas que dicen que el príncipe Potemkim le ponía a Catalina la Grande para disimular las miserias de las cabañas rusas, amor de amante, pocos podían imaginar que en sus primeros días como presidente electo de la superpotencia mundial, se comportaría como lo que, efectivamente, parecía que era: un caprichoso matón cuya vida era un continuo festival de enredos. Pero como establecen las leyes de Murphy, todo lo que puede empeorar, empeorará sin remedio.

Un espeso manto de estupor recorre las cancillerías, anonadadas y expectantes ante el infantilismo peleón del personaje (muy oportuno el condescendiente consejo del exvicepresidente Biden: "Madura, Donald, madura"), mientras que cientos de millones de personas en todo el mundo mundial se llevan, literalmente, las manos a la cabeza. Una sensación de impotencia ante lo inevitable de un desastre natural de proporciones bíblicas (en el universo político) deja mudos de espanto a los propios estadounidenses que nunca creyeron que un imposible cuento de hadas, propio del mundo al revés, con un lobito bueno y una bruja hermosa, pudiera llegar a hacerse realidad. Hasta los fans de la serie Gotham saber discernir en qué momento empiezan a adentrarse por los meandros que separan el realismo mágico de la esquizofrenia.

Los Padres Fundadores de Estados Unidos establecieron las bases para que nunca dos poderes se aliaran contra un tercero, o los tres pactaran entre sí, y la democracia diera como resultado una monarquía o una dictadura con el ejecutivo, el legislativo y el judicial en ilegítimo chanchullo prostituyente. Esta preocupación fue una constante en los debates epistolares, y no solo entre Thomas Jefferson, padre fundador, y tercer presidente, y John Adams, padre fundador y segundo presidente. A golpe de tuit, que poco a poco va tomando forma de una de las modalidades para alterar el rumbo constitucional de las cosas, Donald Trump ha puesto patas arriba, y desactivado sus defensas, a las bases mismas del resistente sistema constitucional norteamericano.

Lo peor ya no es su nula preocupación ética o estética por la mentira. En esta era de populismo mentiroso a sabiendas, ser pillado en una mentira es incluso un timbre de gloria. Con eso ya se cuenta. Lo que asombra es sin embargo que los poderes que deben mantener la vigilancia del sistema hayan perdido la capacidad de reaccionar ante lo falso programado, que va más allá de la simple mentira, para adentrarse en la trampa calculada. Con un tuit en el que amenaza a la Ford si pone una fábrica de automóviles en México, o a la General Motors, a la que exige que deje a medio camino unas inversiones en el vecino del sur..., uno de los máximos exponentes de la defensa del libre mercado se carga el libre mercado por procedimientos dictatoriales que rompen todas las reglas del juego. El mensaje ha sido recibido también por Toyota, a quien se le ha dicho que si no monta una fábrica en EEUU, la hundirá a base de aranceles personalizados: habría -en la mente autocrática de este personaje que mezcla la idiotez con la arrogancia, para disimular ambas taras- Aranceles Toyota, Aranceles Ford, Aranceles GM, Aranceles Boeing...

En un sistema presidencialista autoritario como el ruso postsoviético, es inimaginable que la orden de espiar a Hillary Clinton no haya salido directamente del entorno del Kremlin.

Muchos norteamericanos, en una palpable demostración de que en todas partes hay anormales en proporción a los votos cosechados por los charlatanes vendedores de crecepelos, creen que se trata de una manera de defender los empleos nacionales. Es lo que tiene abandonar la buena costumbre de leer los periódicos serios y caer en las garras de la desinformación revestida de comunicación. Mentiras a lo barón de Munchaussen. Estos mensajes catastrofistas del millonario que sigue ocultando sus datos fiscales -otro ataque a una sana tradición de los candidatos presidenciales- se producen casualmente cuando la era Obama termina con un record histórico de empleo: un índice de paro de sólo el 4.75, casi pleno empleo y 12 millones de nuevos puestos de trabajo en los ocho años de mandato.

Pero es que la mayor parte de los indicadores señalan la era Obama como prodigiosa económicamente: el déficit se ha reducido más de la mitad, gracias al Obamacare se ha reducido el número de personas sin seguro; frente a una economía en contracción en 2009, en el tercer trimestre de 2016, está en franca expansión con un 3.5%...

Si, como dice un refrán, por la boca muere el pez, y otro asegura que por la boca se ratifica el tonto, Trump hace un cóctel perfecto entre la falsedad y la chulería. En plena campaña (julio de 2016), pidió ayuda a Putin para que sus servicios secretos pusieran a los piratas informáticos a rastrear 30.000 mensajes de correo de su contrincante Hillary Clinton. Quizás una de sus primeras consecuencias prácticas fue que el propio FBI picara el anzuelo que le colocaron en propia caña los espías de Putin que, no se olvide, antes que remedo de zar fue espía de la KGB en Berlín. El FBI dio como buena una filtración sobre la candidata demócrata en la recta final de la campaña.... Y aunque reaccionó en el último minuto, el mal ya estaba hecho, y los efectos, por aplicación de la primera propiedad transitiva, eran los que buscaba el multimillonario aspirante independiente pero republicano. Porque si no..., ¿para qué le pidió tan aspaventosa ayuda al Kremlin contra su oponente?

El ataque fue tan masivo y tan burdo que todos los servicios de inteligencia de Estados Unidos - que por separado pueden equivocarse, pero que juntos es técnicamente imposible que lo hagan, por la valía y el pluralismo de sus analistas-, tras intercambiar información y evaluar datos internos y, se supone, externos, y pese al vengativo talante trumposo, llegaron a una conclusión unánime: en efecto hubo un pirateo informático abrumador que interfirió en las elecciones de los Estados Unidos de América, y que fue ordenado por el presidente Putin en persona. Esto se ha asegurado en base, sobre todo, a la naturaleza de la acción: en un sistema presidencialista autoritario como el ruso postsoviético, es inimaginable que la orden no haya salido directamente del entorno del Kremlin.

Y entonces Trump hace lo que hacen todos los tramposos desvergonzados: convierte a la víctima en verdugo. La culpa no la tiene él, que fue quien dio la idea y pidió ayuda por tuit y por televisión a Putin, la culpa es... del Partido Demócrata y de Hillary Clinton, que no supieron poner los cortafuegos apropiados. Falso, además. El gran cortafuegos en una democracia debió de haber sido la imputación de Donald Trump como inductor de un delito electoral gravísimo, y hasta el análisis de los efectos en el recuento electoral como base fundada para una impugnación. El primer cortafuegos debió de haber sido la prensa seria, a la que no se le hizo caso.

"El espionaje de EEUU ratifica la injerencia rusa en las elecciones", titula EL PAÍS (6 de enero 2017) y la mayor parte de los diarios internacionales. El director de Inteligencia Nacional y los de toda la comunidad de inteligencia confirmaron la maniobra de Moscú ante el Congreso.

Si ustedes lo piensan bien, el Watergate empezó por muchísimo menos y Richard Nixon tuvo que dimitir para evitar el impeachment tras el conocimiento de las grabaciones secretas de aquella marrullería que, también, fue organizada por un presidente republicano, con ganada fama de tramposo, contra la campaña del Partido Demócrata. Richard Nixon ni pidió ayuda a Moscú, ni puso telegramas presumiendo de estar detrás del escándalo ni se defendió diciendo que los demócratas no habían vigilado bien su sede.

Las historia demuestra que hay tres maneras de salir de la Casa Blanca: por la puerta del respeto de los expresidentes, aunque alguno haya sido idiota; en una caja de madera, o por la vía del deshonor y el impeachment.

Trump ha desafiado a todos los dioses que protegen a América.