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Toda la vida encajando

14/02/2017 07:23 CET | Actualizado 14/02/2017 07:23 CET

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Foto: EFE

Cataluña suspiró de satisfacción cuando, por fin, se aprobó por referéndum su Estatuto de Autonomía -primera vez que ocurría en la Península Ibérica algo así desde las primeras deliberaciones de las tribus de Atapuerca, que según los rastros encontrados por arqueólogos, solían practicar el canibalismo-, tras haberse aprobado la Constitución de 1978, también por referéndum -otra hazaña histórica, pues la de las Cortes de Cádiz y las de la II República, tan señaladas, se aprobaron por los propios diputados-.

Empezando por el Molt Honorable Josep Tarradellas, presidente de la Generalitat en el exilio, los catalanes, excepto una minoría absolutamente minoritaria, consideraron que se había dado un gran paso hacia delante para la catalanidad, y que, por fin, los catalanes tenían un encaje aceptable en España. Uuuuuffff, suspiraron muchos. "Acabó el guineo", me dijo en la barra del 'Guanche' un limpiabotas ilustrado, inválido y sin embargo nadador y viajero, del Parque de Santa Catalina. Murió en 2001 y no había acabado el "guineo". Al contrario.

Durante unos años pareció haberse resuelto el problema catalán, que quedó reducido al habitual chalaneo presupuestario entre el ex Molt Honorable ex presidente de la Generalitat Jordi Pujol y el Gobierno de la nación. Las perras son el sustento de todos los nacionalismos no identitarios, e incluso de ellos. En varias legislaturas, tanto con Felipe González como con José María Aznar, que llegó a confesar con sonrisa gatuna que hablaba catalán en la intimidad, Convergencia i Unió formó parte, extramuros, del gobierno 'efectivo' de España.

Los españoles nos acostumbramos a las periódicas exigencias fini-mundistas de CiU, todas traducidas a pesetas, y después a euros. Ahí empezaba y acababa el nacionalismo pesetero, y valga este término incluso para la moneda única del área Euro. Un pesetero sigue siendo un pesetero, como la fe del carbonero sigue siendo la fe del carbonero, aunque cada vez haya menos carbonerías. La queja se hizo habitual.

En cada proceso electoral la curva peticionaria se elevaba, naturalmente acompañada de argumentos simplones, victimistas y falsos. La verdad es que España siempre ha mimado a los catalanes, que a fuer de ser incómodos lo fueron ya para la Corona de Aragón. Los Reyes Católicos les concedieron un monopolio de paños, la dictadura franquista inyectó fondos del INI para fomentar su industria en detrimento, como se han quejado los gallegos, de las regiones pobres; Felipe González rescató a SERAT y Luis Carlos Croissier convenció a la Volkswagen para salvar la empresa y hacerla multifactoría...

Desde 1977, los catalanes ejercieron su derecho a decidir con total libertad, todavía con la Constitución en fase mental y embrionario. Y eligieron, y eligieron, y volvieron a elegir, como era su derecho y el de todos los españoles de todas las comunidades autónomas que hicieron lo propio en sus territorios. Utilizando su derecho a decidir, los catalanes decidieron entronizar a Jordi Pujol y mirar para otro lado cuando la administración de la Generalitat comenzó a oler a podrido. Algo olía mal en Cataluña. Pero Pujol se alongó al balcón y proclamó que esos rumores y esas investigaciones eran un ataque a Cataluña. Cataluña, pues, pasó a ser la encarnación de solo Uno: Jordi Pujol. Jueces timoratos o intelectualmente vendidos ignoraron en 1986 las dudas más que razonables sobre la decencia de los administradores contenidas en la acusación de los fiscales Mena y Villarejo, Pujol entre ellos. Treinta y tres magistrados contra ocho, el Pleno de la Audiencia Provincial decidió el sobreseimiento. No encontraron, angelitos, indicios de delito, pero sí, funambulearon, "una gestión imprudente e incluso desastrosa".

Las imprudencias del PSC, y su innato deseo de agradar, y la política frentista del PP junto con una cada vez más evidente huida hacia adelante del nacionalismo de CiU, desembocaron en el 'soberanismo'.

Sí, malditas hemerotecas, y filmotecas, y hemerotecas...

Qué casualidad. Mientras más crecía al corrupción -recuérdese la acusación de Pasqual Maragall a Artur Mas: " El problema que tienen ustedes es el 3%"; que luego retiró en aras de una siempre mal entendida estabilidad- más crecía el 'malestar' con España, aprovechado por una ERC que comenzó a actuar como locomotora de arrastre social. Las imprudencias del PSC, y su innato deseo de agradar, y la política frentista del PP junto con una cada vez más evidente huida hacia adelante del nacionalismo de CiU, desembocaron en el 'soberanismo'.

El nuevo 'Estatut de Maragall' tuvo unos efectos secundarios ya previstos por muchos críticos del apaciguamiento; el apaciguamiento pocas veces funciona. Nadie apacigua a un tigre hambriento con un bistec, por bueno que sea y bien cocinado que esté. Fue como echar gasolina a las llamas.... Se provocó una gran llamarada; avivada, irresponsablemente, por una derecha rentista que, desde Génova, echó más leña al fuego con un recurso extemporáneo y estúpido y con unas provocativas 'mesas petitorias' anti Estatut.

Y pin, pan, pun, Artur Mas, un gobernante incapaz, de comic, de gestos ensayados ante el espejo, pero heredero del clan Pujol, tomó rumbo a la independencia.. "El nacionalismo es sobre todo simplón", decía alguien. El catalán, desde luego; adobado con engaños que entroncan con filosofía de la posverdad y el trumpismo. En realidad, fue el primer populismo español anterior a Podemos que utilizó las redes sociales mientras seguía a toda máquina con el adoctrinamiento a través del arma de destrucción mental masiva de una televisión, una educación y una prensa dependiente que llevaban a cabo una gigantesca operación de reeducación: fue un rotundo éxito. Los catalanes comenzaron a creer en cuentos de hadas en el país de nunca jamás.

La mentira se utiliza sin recato. Europa, decían, nos comprende; el mundo nos admira; vamos a vivir mejor sin jueces que se metan con nosotros, sin una justicia que nos odie y nos persiga... Vamos a ser independientes; en fin, algunos confesaban que "nos vamos a quedar con todo nuestro dinero, pero seguiremos en Europa". Todo mentira y trampantojo para incautos.

Ahora toca nuevo aquelarre con el juicio a Artur Mas por desobedecer al Tribunal Constitucional y organizar una consulta ilegal sobre la independencia de Cataluña el 9N de 2014 . "Se está judicializando la política", exclaman como fariseos, en el sentido que se le ha dado al fariseísmo. Pues natural. La Justicia de las democracias, entre otras, tiene la función de controlar al gobierno. Claro que en el franquismo no era así. Por eso los jueces persiguieron a los corruptos de la era socialista, y persiguen hoy a los de la Gurtel, y a numerosos políticos del PP, y de todos los partidos. Y a todos los sinvergüenzas que vaciaron las Cajas de Ahorro. Y la justicia europea corrige al gobierno y repone los derechos hurtados a los consumidores españoles.

A veces, sin ser simplonas, las cosas son más simples de lo que parecen. El Tribunal Constitucional alemán ha demostrado con su reciente sentencia contra un referéndum para la independencia de Baviera ("Los länder carecen en la Carta Magna alemana de espacios para procesos secesionistas") que España no está sola, que los argumentos constitucionalistas son legítimos y los únicos de Ley, a la par que la historia de los hechos, de las realidades históricas, ya se han encargado de rasgar el disfraz tan hábilmente fabricado por una mezcla de aprovechados, malandrines, delincuentes, tontos útiles e ingenuos irremediables que se tragan ese cóctel de arsénico y LSD que es un inexistente derecho a decidir; porque ese ya se ejerce. Esta situación actual recuerda a la anécdota mexicana de aquel general que arengaba a sus tropas diciéndoles que había que salvar a la patria, que se encontraba al borde del precipicio: "mexicanos, tenemos que dar un paso al frente". La anécdota no incluye el desenlace.

A pesar de que en el banquillo se apuntó al no sabe/no contesta, con una repentina amnesia, aún resuenan sus palabras de que hay que saber ser "astutos" para sortear las prohibiciones. Ergo sum, y engañar al Estado. Y todos somos rehenes de lo que decimos. Aunque el zorro, que es muy astuto, mientras más corre, más se acerca a la peletería, que dicen los chinos. A pesar de sus mentiras, como que no sabía que el TC le había prohibido hacer la pantomima de referéndum, se ha puesto el vestido de mártir. La cuestión está en dilucidar si hay tantos tontos en Cataluña que crean de verdad en que hay una realidad paralela de Alicia en el país de las Maravillas.

O sea, que seguimos encajando, porque se ha puesto de moda lo del encaje, a pesar de que eso no ha funcionado nunca por mucho que se haya intentado, y es políticamente incorrecto llevar la contraria a una moda. Pero tanto encaje, ni en la Mercería Mágica. A veces sencillamente los diálogos se agotan, Y la política (más el respeto a las leyes) es una caja de sorpresas.

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