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Toda rebelión tiene un precio

03/10/2017 07:24 CEST | Actualizado 03/10/2017 07:24 CEST
EFE

El esperpéntico episodio del partido a puerta cerrada entre el F.C. Barcelona y la Unión Deportiva Las Palmas, el pasado 1-O, mientras decenas de miles de ciudadanos seguían votando en la gigantesca ópera bufa del presunto referéndum de autodeterminación, refleja bastante bien la gigantesca engañifa urdida por el nacionalismo.

Tanto ha ido el cántaro de la trampa a la fuente que se ha perdido el sentido de la realidad. Cuando la mentira se convierte en algo normal, esa normalidad actúa como un espejismo que confunde a las sociedades y las lleva a cometer graves equivocaciones.

El presidente del Barça decía a la prensa, con las gradas vacías, "el mundo podrá ver la falta de libertad que sufrimos". Pero el encuentro se jugó en la clandestinidad porque el propio Bartomeu se lo pidió al árbitro antes de empezar, argumentando "falta de seguridad". Esa "falta de seguridad" en el 'Camp Nou' es un elemento clave para ayudar a entender la historia de toda la trama: los que han utilizado al equipo azulgrana hasta convertirlo en un instrumento político al servicio de una victimización colectiva que justificara una sublevación estaba 'confesando' quién era el culpable. La UD, toda la afición, toda España, eran, sencillamente, parte del decorado. Nada más.

Todo este 'procés', que seguirá enroscándose a la vida nacional mientras se diriman los procesamientos y se enjuicie a los responsables de graves delitos de sedición, rebelión, desacato, quizás traición, ha consistido desde el principio en una sucesión de trampas encaminadas a conseguir que los culpables sean las víctimas y las víctimas aparezcan como culpables. Esto alcanzó su punto de mayor perfección cuando los conspiradores que prepararon y ejecutaron el 'golpe de Estado' en Cataluña se saltaron el estatuto de Autonomía y la Constitución aprobando unas leyes de 'desconexión' y nuevas 'normas supremas' de carácter autoritario que pretendían sustituir la legitimidad constitucional y estatutaria. Eso se llama golpe de Estado, aunque de ámbito regional.

El desarrollo de los acontecimientos, y los sucesivos zigzagueos 'astutos' de la Generalitat, me recuerda una conversación que transcribe el periodista del 'The Independent' Robert Fisk entre Sadam Hussein y el doctor Hossein Sharistani, jefe de su programa nuclear: "¿Sabe lo que es la política, doctor Sharistani? Se lo voy a decir, cuando me levanto por la mañana pienso una cosa. Luego, en público anuncio lo contrario. Después por la tarde hago otra cosa muy distinta, que me sorprende incuso a mi mismo". Sadam Husein acabó como acabó; su régimen desapareció, e Irak se ha convertido en madriguera de bandoleros y fanáticos y en un Estado fallido.

Cuando chocaron los dos trenes, como algunos definían a la situación planteada por la rebelión encabezada por la coalición de retales, hierros, metales y quemadores, de esa 'corte de los milagros' formada por los distintos grupos separatistas, se ha convertido en un lugar común de la 'conversación nacional' el planteamiento de que la salida sólo puede venir de un diálogo 'sin condiciones previas'. Eso es muy moral y muy edificante, y todas las almas cándidas y todo el 'ingenuismo' español, asienten convencidos del pragmatismo de tan bella palabra.

Antes de cualquier negociación hay que dirimir judicialmente las responsabilidades. La historia, una enorme 'tirita', debe ser un acicate para no caer en más efectos placebo, en más homeopatía y supercherías.

Pero pongámonos en situación. Un autobús lleno de pasajeros drogados por una cuadrilla de 'camellos' caseros, con un conductor kamikaze azuzado por un frustrado piloto de F-1, y decide ir por el carril de dirección contraria de una autopista. Causa daños a varios vehículos, otros que intentan escapar de la colisión frontal, acaban en el arcén, unos ciclistas son atropellados.... La Guardia Civil, en un operativo conjunto con la Policía Nacional, intenta detenerles después de muchas advertencias y sirenas, y solo lo consigue cuando se produce un fenomenal accidente. Y entonces los ocupantes del automóvil, cuando los policías proceden a detenerles, a hacerles la prueba de alcoholemia y drogas, y a esposarles, exigen diálogo: "primero hay que dialogar". Imaginen la escena. Es impensable. Pues eso.

Artur Mas, Puigdemont, Junqueras, Anna Gabriel, esta alegre pandilla de delincuentes constitucionales, con la complicidad pasiva y equidistante de los antisistema populistas (Colau, Iglesias...), han logrado un importante objetivo: la apariencia de que hay un 'estado opresor', que es sin embargo una de las democracias más integradoras, libres, plurales, de estructura federal (en España, autonómica), de todo el mundo.

¿Qué diálogo cabe? Antes de cualquier negociación hay que dirimir judicialmente las responsabilidades. La historia, una enorme 'tirita', debe ser un acicate para no caer en más efectos placebo, en más homeopatía y supercherías que, como consecuencia inevitable, agravan la enfermedad. Y luego, cabe mucho en el saco de la tolerancia, el buen rollo y el perdón, pero no todo. Cualquier salida tiene un principio prohibido: los privilegios de unos que limiten los derechos de los demás. Una democracia, sea una república o una monarquía parlamentaria, tiene que basarse en el imprescriptible principio de igualdad de todos sus ciudadanos. Todos, metafóricamente hablando, tenemos un antepasado en Atapuerca.

Ahora mismo vivimos en un momento de gran turbiedad. Pero, como decía el ex ministro socialista Francisco Caamaño, el 30 de septiembre de 2009, a propósito de las sospechas lanzadas por el PP sobre la policía y los jueces por el 'caso Gurtel' "siempre es posible enturbiar la claridad del agua agitándola un rato, pero por eso no deja de ser agua".

El 'procés', y el enorme cambio de rumbo de la opinión pública catalana, que en la Transición votó masivamente por la Constitución y la España de las Autonomías, que casi toda la clase política consideró la culminación de una ancestral reivindicación de autogobierno, también demuestra el gran poder hipnotizador y movilizador del nacionalismo. Reflexionaba Alex Vidal Quadras en 1996: "es un tejido de incoherencias envueltas en una sentimentalidad vaga que, sin embargo, contrasta con su gran poder movilizador..."

Acabada pues esta 'fiesta de la banderita', y el punto crítico prefabricado por el separatismo mediante la manipulación de los sentimientos, hay que volver a la Constitución y a la legalidad del Estatut.

Cierto es que la gestión del 'problema catalán', no ha sido siempre afrontada con eficiencia, y seriedad, por parte del Estado. Pero eso no puede desvirtuar lo esencial: quiénes son los culpables del estallido. Un análisis pormenorizado de las causas 'instrumentales', puede aportar interesantes elementos para ese 'diálogo' que se reclama: quizás haya que revisar la ley electoral y, entre otros aspectos, cómo unos partidos nacionalistas han condicionado la política nacional muy por encima de su real implantación en el ámbito estatal. Desde los inicios de la Transición, especialmente el PNV y CiU han impuesto tanto al PSOE como al PP improntas políticas que fueron agrietando los diques de contención. Quizás los 'poderes regionales' hayan de tener su representación en el Senado, reconfigurado como una cámara territorial, al modo del Bundesrat de la RFA; sin descartar, por supuesto, las coaliciones electorales entre partidos estatales y regionales. Es el caso, en Alemania, de la CDU con la CSU bávara, o el español del PSC catalán con el PSOE, que, por cierto, tantos quebraderos de cabeza ha dado, y seguirá dando, al PSOE.

¿Y ahora qué?, se preguntan muchos. Ahora la normalidad. Como en el poema de Antonio Machado con el que 'Peridis' quiso explicar en una histórica viñeta el resurgir del PSOE acabada la Dictadura: "Al olmo viejo, hendido por el rayo/ y en su mitad podrido/con las lluvias de abril y el sol de mayo/algunas hojas verdes le han salido".

Cuando hay tanta historia detrás esa misma historia, y las cosas normales del tránsito de la vida misma, ayudan a analizar con más claridad los acontecimientos que parecen anunciar el fin de un mundo. Los que vivimos de cerca el episodio del volcán Teneguía en la isla canaria de La Palma, en 1971, tan cerca, pero tanto que olíamos el azufre del 'infierno', y hasta algunos acabamos en la 'Casa de Socorro', no podemos olvidar los ronquidos secos salidos de las profundidades, ni los movimientos sísmicos, cada vez más seguidos y violentos, ni la aparición de varias bocas de fuego y lava, casi bajo nuestros pies, que luego fueron formando una sola, y como se fue 'autoconstruyendo' el cono, que alcanzó los 439 metros de altitud, y cómo los ríos de lava quemaban todo a su paso camino del mar, y cómo, al cabo de unas semanas acabaron los ruidos, el fuego, las explosiones, las voces 'mágicas' en las grutas, cómo se fue disipando el humo, y desapareciendo el gas.... Y cómo, al cabo de unos años, aquellos terrenos, incluso los ganados al mar, son fincas feraces de plataneras... a las que ayudan a sobrevivir también los fondos de la PAC.

Con los sucesos de Cataluña hay que aplicar los mecanismos que aconsejan los expertos para superar con éxito las crisis, y revivir el viejo dicho de que "no hay mal que por bien no venga": toda crisis puede ser una oportunidad, si se saben aprovechar sus enseñanzas.

Acabada pues esta 'fiesta de la banderita', y el punto crítico prefabricado por el separatismo mediante la manipulación de los sentimientos, hay que volver a la Constitución y a la legalidad del Estatut. Y esas mismas legalidades impondrán su condiciones, y sus protagonistas. Porque toda rebelión tiene un precio. Con pena agravada y nuevas complejas vicisitudes, si aún a la vista del desastre que ya han provocado, una fractura civil duradera, los sublevados contra la Constitución proclaman la 'independencia'. ¡Pobre Cataluña! En manos de quienes ha caído.