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Una ola de idiotez

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Una ola de idiotez recorre el mundo como un arrollador tsunami que todo lo arrastra y que todo arrasa. El viento viene del norte pero también del sur, y del este, y también del oeste. Siglos de aprendizaje, de constante (aunque sincopado) acercamiento a un ideal de civilización tolerante, democrática, desarrollada, transparente y sincera, se ponen en cuestión por la amplitud de una de las crisis cíclicas de la economía.

Nada nuevo, sin embargo. Además del principio de Josué, con la explicación de las siete vacas gordas y las siete vacas flacas, Roma atravesó una crisis muy parecida, el estallido de una burbuja entre los reinados de Augusto y Tiberio como consecuencia del exceso de liquidez que inundó el Imperio tras la derrota de Marco Antonio y Cleopatra en Egipto y el regreso de las legiones con un enorme botín. Inflación, deflación, ruina, Suetonio, Tácito, el magnífico resumen de Indro Montanelli... Fue la primera crisis capitalista, resuelta, por cierto, de una manera mucho más sensata y menos costosa en sus efectos secundarios que la actual.

¿Quién no siente rubor al contemplar una foto de los años 60 del siglo XX y verse con pantalones pata de elefante? O, yendo más atrás en el tiempo, ¿quién no siente vergüenza al ver una imagen de los tiempos niños con calzones bombachos y sombrerito tirolés? Hoy lo vintage, la nostalgia, el pasado que nunca pasó, idealizado, envuelve a la sociedad. Pero el problema es que, si la pata de elefante y los bombachos no hacen daño, la moda del populismo retrotrae el pensamiento político a los tiempos de los brujos de la tribu. Así nacieron las religiones: creyendo en cosas imposibles. La fe mueve montañas, pero también la irracionalidad ha movido la lanza, el arco, el hacha, la horca, el arcabuz.

La moda del populismo retrotrae el pensamiento político a los tiempos de los brujos de la tribu

Jean de la Fontaine ya vivió esa situación en el siglo XVII y llegó a la conclusión de que hay cosas prácticamente inevitables en las que no funciona la razón ni sirve de nada la experiencia, que es un aprendizaje que se tira por el sumidero. "Todos los cerebros del mundo - nos advirtió- son impotentes contra cualquier estupidez que esté de moda".

Encima, la estupidez se propaga a tremenda velocidad, tanta, que hace inútil toda contramedida. ¿Cómo, en el siglo XX, podía justificarse el racismo? ¿Cómo podía tener adeptos el Ku Klux Klan, integrado por tarados mentales que echaban la culpa a los negros de su memez incapacitante, mientras el hombre veía la Tierra desde el espacio y ponía un pie en la Luna? Martin Luther King, el mártir de los derechos civiles norteamericanos, hizo el diagnóstico más acertado: "Nada en el mundo es más peligroso que la ignorancia sincera y la estupidez concienzuda".

El despertar del mundo el pasado miércoles, tras el martes asombroso de EEUU, estuvo impregnado de incredulidad y de un sentimiento de asombro: ¿cómo ha podido pasar esto? Sin embargo, "esto" se veía venir, a pesar de que los que veían acercarse al monstruo dudaran del correcto funcionamiento de sus cinco sentidos. La moda de los zombis había penetrado décadas atrás en Irán, con un gobierno de clérigos que ya serían fanáticos en la misma Edad Media; también era visible en los waabistas petroleros de Arabia Saudí; o casi ahora, en Venezuela. ¿Cómo personas inteligentes pudieron confiar en la viabilidad de Hugo Chávez, un personaje de ópera bufa? Las buenas intenciones no bastan. "El camino al infierno - es un lugar común en los sermones de los curas, por lo menos en los de antes- está empedrado de buenas intenciones".

La estupidez se propaga a tremenda velocidad, tanta, que hace inútil toda contramedida

En el fondo, ¿en qué se diferencia Nicolás Maduro de Donald Trump? Principalmente, en el color del pelo: uno lo tiene rubio poligonero y el otro negro azabache y, probablemente, teñidos los dos. Ambos utilizan la misma demagogia barata; en la vertiente bolivariana, la cara exige de asesores competentes y no de profesores chiflados que han ido a hacer las Américas engañando a los pobres indígenas con abalorios de colorines en forma de dictámenes de corta y pega. Porque hay una gran verdad: quod natura non dat, Salmantica non praestat. Ni la Complutense.

Predican el fin de la política, el hombre nuevo (¿a qué me suena esto?), el pueblo en marcha sin intermediarios que echará a la casta y la sustituirá por "gente corriente". Si la gente corriente hubiera sustituido a los científicos, no se habría descubierto la penicilina, ni los antibióticos, ni la bombilla, ni la electricidad, ni Internet, ni San Google bendito, ni el ADN, ni la radiactividad, ni hubieran sido posibles los viajes espaciales, ni el iPhone 7. Todas las personas no pueden subir al Everest ni bajar a los fondos de los océanos, por muchas manifestaciones que se celebren. Estas verdades elementales las condensó la ironía de los jóvenes de mayo del 68 en una frase llena de acratismo cachondo: "Millones de moscas no se equivocan, come mierda".

Una lectora, votante ilusionada de Podemos, aún me escribe, sin embargo, aturdida por el fenómeno de Trump, una variable del principio enunciado en los Evangelios de que "es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio". Amante del Sáhara, donde entra en contacto con las verdades eternas de la vida, me manda un wassap en el que dice que le dan ganas de irse a vivir al desierto. Le contesto a vuelta de correo -si sigue valiendo la expresión, que creo que sí- recordándole que este populismo matón no está encarnado solamente por el trumpismo.

Una lectora, votante ilusionada de Podemos, aún me escribe aturdida por el fenómeno de Trump, una variable del "es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio"

Esas amapolas adormideras ya han florecido en la misma variedad de populismo de chulo de playa en Francia, con el lepenismo; en Austria, con el FPÖ; en Grecia, con Amanecer Dorado; en Alemania, con Alternative für Deutschland; en Polonia, con los gemelos Kaczynski y su tropa de Ley y Justicia; en Inglaterra, con los brexinianos y el UKIP de Nigel Farange; en Italia, con Berlusconi, que no era tanto matón como gamberro, con los trastornados de la Liga Norte, que defiende la independencia de la Padania, y con el Movimiento 5 Estrellas del cómico Beppe Grillo; en Hungría, con el neofascista Urban; en los Países Bajos y también en España, sí, sí, no mientan, con discursos impregnados de odio y de revancha pero con trinos de pajaritas preñadas.

"El desierto - le dije- va a estar muy concurrido y muy cosmopolita". Confiemos en que el cambio climático lo convierta en un lugar más habitable, por el bien de las amplias minorías.

Hay un búnker bajo los hielos del archipiélago noruego de Svalbard donde se conserva un duplicado de todas las semillas de la Tierra, por si tras un apocalipsis fueran necesarias. Europa y Estados Unidos eran esos depósitos de convivencia, democracia, tolerancia, derechos civiles y libertades que nos daban la seguridad de que, pasara lo que pasara, a esta civilización no le ocurriría como al Imperio Romano. Habíamos acabado con las guerras de expansión en el solar europeo, el mercado común hacía innecesarias las anexiones de espacio vital, la OTAN era un elemento de seguridad por la mutua interrelación de todas las fuerzas armadas, la Unión Europea era la expresión de una voluntad, además de económica, política y de estilo de vida: una civilización que ha costado cientos de millones de muertos.

El general y presidente de Estados Unidos David D. Eisenhower dio un consejo: "Si hay un problema que no se puede solucionar, amplíalo". Bien, ya está ampliado. EEUU y el orden mundial con raíces en la Paz de Westfalia y los tratados de Osnabrück y Münster de 1648, que pusieron fin a la Guerra de los Treinta Años (Kissinger dixit), está al borde del precipicio. ¿Dará Washington un paso al frente, pero ya fuera del plató del reality show? ¿O intervendrán el pragmatismo panzer del stablisment o la casualidad histórica con su imprevisible factor de corrección?