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Y Sánchez paró el mundo y creó el izquierdómetro

27/03/2017 12:43 CEST | Actualizado 28/03/2017 07:24 CEST
EFE

Es de dominio público, más o menos, que durante el régimen franquista se hicieron algunas cosas buenas, que incluso han perdurado a pesar de que los nuevos gobernantes, en el plano municipal, insular, provincial o estatal, sean aquellos demócratas demonizados por el dictador: ese conjunto de humanistas cristianos, socialdemócratas, comunistas, nacionalistas y hasta separatistas: ¡vade retro, Satanás!, que diría el cruel y pompocrático caudillo.

El Estado, a través del Instituto Nacional de Industria, construyó la SEAT en Barcelona (sí, en Cataluña la abandonada en la que el INI se volcó para apuntalar y modernizar su industria) en 1950. Las 25 plantas del primer rascacielos de España se levantaron en 1953 en Madrid: el Edificio España. 'El Corte Inglés' en 1940, de la mano de Ramón Areces, y 'Galerías Preciados', en 1943, inauguraron el tiempo de los grandes almacenes en el país y ayudaron a la vertebración comercial del territorio.

Los pantanos, como el de Alcántara, en 1969; Buendía, en 1958; Mequinenza, en 1966, Cijara, en 1956, recibieron un fuerte impulso... Ah, y los pinus insignis que empleó el ICONA para reforestar España cuarenta años después de haber sido plantados, habían crecido sin parar, hacia lo alto y lo ancho.

¿Quiere eso decir que Francisco Franco Bahamonde fue un gobernante bueno, benéfico y que pasará a la historia por sus buenas obras? Como también es generalmente aceptado, no, de ninguna forma.

Todas estas cosas buenas, como la ampliación de la Seguridad Social, que se hicieron durante la larga dictadura, casi cuarenta años, correspondían a su tiempo, y se hicieron en toda Europa, y más todavía.

El general golpista ha pasado a la Historia como un cruel dictador a quien, a pesar del parkinson, no le tembló la mano para firmar condenas a muerte, y que en la dolorosa posguerra dio rienda suelta al odio, asesinando a inocentes y regando España de fosas comunes. Liquidó las libertades, persiguió el pensamiento, e hizo de España un gran campo de concentración, aunque muchos españoles en ese momento no se dieran cuenta.

La cosas son así. Pero el ex secretario general socialista, Pedro Sánchez, un chico salido directamente de las cocinas, sección pinches, de la Federación Socialista Madrileña, no lo cree así desde que descubrió su mantra No es No.

El otra vez candidato a las primarias de secretario general del PSOE, pensará (aunque eso no está acreditado aún) que a la tercera, va la vencida, palanca casi segura para volver a ser candidato a la Presidencia del Gobierno. Nunca quiso aceptar la verdad, y por eso, nunca quiso hacer lo que deberían hacer los dirigentes de un partido democrático que pierde no una, sino dos veces consecutivas, y cada una por más margen, hacia el subsuelo, unas elecciones, y pone a su partido al borde de la desaparición.

A este encaramado por la suerte a la Secretaría General le acompañan algunos socialistas cuya primaria sencillez intelectual es pareja a la extravagancia y la frivolidad de ciertos independientes.

Por no ir más lejos en el tiempo, el inglés Cameron dimitió tras haber perdido el referéndum del Brexit. En esto siguió la línea de uno de los franceses que más odiaba a los británicos, el presidente francés general De Gaulle, que se fue a su casa de Colombey les Deux- Eglises al perder un referéndum sobre un nuevo modelo regional.

Pedro Sánchez no tomó en consideración, desde una altivez impropia, impostada, a los que le aconsejaban que aprovechara el tiempo para repescar a los votantes y afiliados que habían abandonado al PSOE, confundidos por una acción coyuntural de gobierno de Rodríguez Zapatero -forzado por las circunstancias y por Europa-, el manejo de la crisis económica mundial -y por la gigantesca maniobra de desinformación y de intoxicación y propaganda del PP y de IU-, para recordar que ese partido, sin embargo, era el del gran cambio español. Centró su discurso solamente en echar a Mariano Rajoy. Y eso, que era natural -la derecha del PP es el adversario natural de la izquierda encarnada en el PSOE-, pasó a ser irrelevante, cero grados, ni frío ni calor, como decía un conocido chiste baturro, porque no era suficiente.

Además de criticar al contrario, con toda razón, había que recuperar la herida dignidad socialista; "sencillamente, la verdad histórica", le recriminaron de palabra, por email y por Whatssap, compañeros bregados en la Transición que nunca han olvidado las glorias del gran partido de la clase trabajadora (no se debe olvidar a la UGT, la gran correa de transmisión socialista hasta la ruptura de Nicolás Redondo) y de la clase media española.

Ahora, cuando ajeno a las verdades elementales de la política y de la vida, que vine a der lo mismo, centra su discurso en enfrentar el 'NO es NO 'a la abstención en la investidura de Mariano Rajoy, tras diez meses del ejecutivo en funciones, comete otro enorme error: la abstención, como se ha demostrado después, fue una decisión táctica necesaria, que la mayoría de la dirigencia creyó sinceramente oportuna, en un momento dado; pero que forma parte de una estrategia de libro.

Si uno está al borde del precipicio, tiene que parar y ganar tiempo, no puede seguir corriendo hacia adelante. Ni para atacar, ni para huir. Elemental, querido Sánchez.

A este encaramado por la suerte a la Secretaría General -otro momento dado, otra circunstancia no habitual propia del furor 'primarista', al que carga el diablo-, le acompañan algunos socialistas cuya primaria sencillez intelectual es pareja a la extravagancia y la frivolidad de ciertos independientes que, precisamente, por ser independientes, se creen primas donnas. Cantantes de ópera en medio de una banda de cornetas y tambores.

Además, no conviene olvidarlo, está esa contaminación tan natural en política de querer parecerse a los que aparentan estar ganando la batalla histórica, y que suele quedar en un globo pinchado o en un proceso de cínico oportunismo y transformismo; y así como muchos socialdemócratas sucumbieron a la presunta necesidad de liberalizar y de seguir el juego a la supuesta modernidad imperativa de no entorpecer el mercado, otros socialistas de la más pura cepa han creído encontrar el arca de Noé en 'Podemos'.

El PSOE -y eso no es culpa de Pedro Sánchez, que es un producto de ello, pero no el origen- ha fracasado en lo que en la Transición era una de sus señas de identidad: la formación. La Secretaría de Formación, con ramales en todas las Casas del Pueblo, fue capital para homogeneizar la organización y para que los militantes supieran en dónde estaban, y para qué, y de quiénes eran herederos en España y en Europa....

Perdidas las referencias obligatorias, se pierde el sentido del rumbo, y gana terreno el arribismo, el desconcierto y el burocratismo. Las listas cerradas se convierten en el mejor caldo de cultivo para la endogamia y el enchufismo en las listas, paso previo a la desconexión de la realidad y del entorno. Si el gran GPS de la formación no funciona, si las nociones básicas de táctica y estrategia se desconocen, puede aplicarse el proverbio de que no hay buen viento en las velas para el barco que no sabe a dónde se dirige.

Y este es Sánchez, que, al contrario de lo aconsejado por Ulises -taparse los oídos, para no encallar la nave en los bajíos, confundidos por el canto de las sirenas-, ha descubierto, de repente, que aliarse con Podemos es el remedio a su mala suerte. Y así ha vuelto a demostrar su inconsistencia: en unos meses ha pasado de llegar a un acuerdo con el centro-derecha liberal de Ciudadanos a proponer hacerlo ahora con el Podemos, acaudillado por Pablo Manuel Iglesias. De su discurso centrista, el aspirante a recuperar el liderazgo del puño y la rosa, ha pasado, ipso facto, al discurso del frente de izquierdas, abrazando la compañía populista, y ha fabricado un izquierdómetro que, como el polígrafo de Sálvame Deluxe, reparte carnés de verdad y de mentira.

Dos grandes estadistas han dado sabios consejos para evitar el comúnmente llamado "abrazo del oso". Uno, Winston Churchill, decía que el apaciguador lo que quiere es que el cocodrilo se lo coma el último; y John F. Kennedy advertía de que todos los que quieren cabalgar sobre un tigre suelen acabar comidos por él. Y otros, animados por su ego desmedido, fundado en delirios, se convierten en patéticas estatuas de sal. O en payasos de cera, que se derriten al acercarse a la llama.