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Simon Peres, uno de los últimos Grandes

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SHIMON PERES
Nir Elias / Reuters
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Simon Peres, célebre en el mundo entero desde hace décadas, será reconocido por los suyos, a la larga, como un Grande. En Israel fue considerado durante una buena parte de su vida como un hombre político tradicional, querido y criticado a partes iguales por sus golpes de efecto o sus astucias. Siendo presidente, por fin adquirió el estatus de hombre de Estado, que le tendría que haber pertenecido desde hace mucho más tiempo.

Hay pocos de ellos en el mundo, y muy pocos en la Historia. Simon Peres está ligado a lo mejor de la historia de Israel: es el último de la generación de los kibutz, de los pioneros, de Ben Gurión, de los Padres fundadores.

La paz fue la gran cuestión de su vida. Siempre le oí decir que la salud de Israel pasaba por la concordia con sus vecinos. Apreciaba a los palestinos, sabía dialogar con ellos y pensaba -como la mayoría de sus amigos del Partido Laborista- que también debían tener un Estado, aunque nunca cedió en la seguridad de su país -sobre todo como ministro de Defensa-, del que fue uno de los artesanos más ardientes.

Tengo el privilegio de haberlo conocido y admirado. Era un hombre que imponía, un seductor por la palabra, por su memoria, por su inteligencia, por la profundidad de sus reflexiones.

Cuando el caos de la región es mayor que nunca, cuando la paz disminuye cada día, cuando Israel se aleja cada vez más del ideal de Simon Peres, ¿cómo no esperar un arrebato de todos aquellos que siguen defendiéndolo?

Tenía un aspecto ufano, alto, delgado, con el cabello de un blanco nieve. Tenía una mirada penetrante, intensa, cuyos ojos apenas pestañeaban. Durante la conversación, antes de pasar al inglés -que él hablaba perfecta y sutilmente-, trataba siempre de expresarse un momento en francés, la lengua de un país que amaba. Lo manejaba bastante bien, aunque hablaba lento, con un fuerte acento polaco. Infatigable, era capaz de no dormir durante varios días. Lo vi volviendo de Oslo, en 1993, cuando hacía escala en París, aureola del prestigio de esos acuerdos históricos que le valieron, junto a Rabin y a Arafat, el Premio Nobel de la Paz. Esa noche, ya tarde, cuando sus interlocutores franceses caían en un cansancio comprensible, contó cómo se habían desarrollado esas conversaciones con los portavoces -que tanto le deben- tras largas noches sin dormir.

Con Isaac Rabin, las relaciones estuvieron marcadas por la rivalidad a lo largo de su vida, como dos políticos de un mismo partido que se pelean por cuestiones de carácter más que ideológico. No obstante, con el asesinato de Rabin, del que era ministro de Asuntos Exteriores, su tristeza fue inmensa, algo se rompió en él, como si le hubieran cortada una parte de sí mismo. Al sucederlo en el puesto de Primer ministro, debería haber disuelto la Knesset (el Parlamento israelí), lo que le habría permitido disponer de una amplia mayoría favorable a la paz. Pero se negó, quizás por orgullo, para no ser elegido por las emociones, para no aprovecharse de la muerte de su compañero para canjearse un éxito electoral. Jamás se podrá reescribir la historia, pero quizá habría evitado una mala campaña en el sur del Líbano, donde se le reprochó mucho la muerte de un centenar de civiles en el bombardeo de Qana.

Un hombre público que vivió tanto y que tuvo tantos puestos cruciales de responsabilidad como fallos. Pero en el momento de su muerte, nos acordamos de sus cualidades, de su pertinencia, de su perseverancia para concebir la paz, la visión de un Oriente Próximo próspero y fértil (el agua, tan escasa en la región, también era su gran preocupación), de su interés por los cambios científicos (sobre todo en la neurociencia y en la nanotecnología), que él seguía de cerca. En el momento de su muerte, cuando el caos de la región es mayor que nunca, cuando la paz disminuye cada día, por falta de voluntad de una parte y de otra, cuando Israel se aleja cada vez más del ideal de Simon Peres, ¿cómo no esperar un arrebato de todos aquellos que siguen defendiéndolo?

Me gustaría terminar esta rápida evocación con una sonrisa, una palabra suya. A él le encantaban las fórmulas, que enunciaba en cada frase como lecciones de vida y que expresaba con un humor muy inglés. Esta mañana se me vienen a la memoria y me acuerdo de aquella vez que le preguntaban por el secreto que rodeaba a las negociaciones que él había llevado a cabo: "Hay dos cosas que no se pueden hacer delante de una cámara: el amor y un acuerdo de paz en Oriente Medio"... Shalom haver, Shalom Shimon. Adiós, amigo.

Este post fue publicado originalmente en la edición francesa de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del francés por Marina Velasco Serrano