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Si la desesperación fuera una fotografía...

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Antonia Zemp, enfermera a bordo del Dignity I, uno de los barcos de rescate de Médicos Sin Fronteras en el Mediterráneo central

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Si una sola imagen pudiera representar la desesperación, sería la de una balsa de goma repleta de seres humanos en el horizonte del Mediterráneo una mañana temprano.

Si el miedo tuviera rostro, sería el de Mussa, de Senegal, de 22 años. Mussa fue brutalmente torturado en Libia. En el Dignity I le atendimos de múltiples fracturas de costillas y de una neumonía grave. Nunca olvidaré su expresión de angustia cuando tuve que despertarlo mientras dormía en el suelo frente a la puerta de nuestra pequeña clínica.

Siempre recordaré su reacción, no sabía dónde estaba ni tenía conciencia de encontrarse en un lugar seguro. Y no he visto esa expresión de pánico solo en Mussa. Cada persona que sube a nuestro barco lleva a cuestas una historia que le empuja a tratar de cruzar el Mediterráneo. Cuando llevamos 450 rescatados a bordo, no solo aumenta el peso que el buque lleva consigo, también asumimos una carga emocional incuantificable pero increíblemente pesada.

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Formo parte desde hace más de un mes del equipo de Médicos Sin Fronteras (MSF) a bordo del Dignity I, uno de los barcos de rescate de la organización en el Mediterráneo central. Miles de personas, mujeres, niños, hombres y familias enteras siguen realizando esta peligrosa ruta a través del Mediterráneo con el objetivo de llegar a Europa. Sus condiciones de vida son tan precarias que prefieren arriesgar sus vidas que permanecer en sus países de origen o en la propia Libia. "Prefiero ahogarme antes que volver allí", nos dicen a menudo.

Aunque esta es ya mi octava misión con MSF, el hecho de trabajar en un barco resulta muy inusual. Nunca antes había llevado a cabo una misión de estas características hasta el año pasado.

Aquí la vida cotidiana tiene sus propias reglas. Somos un equipo de 20 personas. Con 50 metros de eslora, en el Dignity solo hay uno o dos puntos donde uno se puede evadir, tomar un poco de aire y de tiempo libre para sí mismo. Sin embargo, cuando el barco lleva 450 personas rescatadas a bordo no sabes cómo dar un paso sin tropezar con alguien.

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La mayoría de los miembros de la tripulación son españoles, y aunque hablo el idioma con fluidez, he tenido que empezar a aprender términos y vocablos específicos para la vida a bordo.
Un día como hoy en el que escribo, si no hay un bote de goma en apuros en el radar porque las olas son ahora demasiado grandes para que ni siquiera intenten iniciar el viaje, los marineros se afanan en organizar el barco. Mientras, el equipo médico prepara la clínica para la próxima misión de rescate. Nunca se sabe exactamente cuándo tendrá lugar, así que todo tiene que estar listo.

Aprovechamos también estos momentos para respirar profundamente y procesar nuestras experiencias. Me siento en la cubierta al aire libre para intentar sortear el mareo (tratar de trabajar con el ordenador en el mar es todo un reto) y escribir este texto.

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La calma puede cambiar en cualquier momento. Si una alarma estridente resuena en todo el barco, sabemos que se activa el protocolo de rescate y tenemos que estar en nuestros puestos lo más rápido posible. Eso significa ponernos el chaleco salvavidas, botas y un casco, agarrar nuestro walkie-talkie, cerrar algunas puertas y abrir otras, encender la ventilación y estar preparados para recibir a las personas rescatadas.

A veces somos nosotros quienes localizamos los botes de goma. En otras ocasiones, recibimos las llamadas de emergencia del Centro de Coordinación de Rescates Marítimo de Roma que nos informa que un bote necesita asistencia.

Lo primero que hacemos es acercamos a la embarcación con nuestras lanchas neumáticas, más pequeñas y manejables. Esto no siempre es fácil ya que, algunas veces, se alejan de nosotros porque no saben quiénes somos y tienen miedo. En otras ocasiones, simplemente no saben cómo maniobrar la balsa o cómo detener el motor.

Una vez que establecemos el primer contacto, les explicamos quiénes somos y cómo vamos a llevarles a bordo del Dignity. Distribuimos los chalecos salvavidas y comenzamos a transferirlos en varios viajes desde su bote al barco.

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Tal y como suben a bordo, les damos a todos y cada uno una cálida bienvenida, les preguntamos su edad y país de procedencia y les facilitamos comida y agua. Un triaje inicial nos ayuda a saber su estado de salud. Una de las primeras reacciones al subir al barco es ponerse a rezar; el alivio está escrito en sus caras.

Cuando llegan al Dignity, muchos están sumamente hambrientos y sedientos. Tras unos pocos sorbos de agua y algunos bocados, se acuestan y se duermen fruto del agotamiento.

Muchas mujeres lloran en cubierta cuando se liberan de la enorme tensión y la ansiedad. A menudo caen directamente en mis brazos y lo único que les digo es: "Estáis a salvo".

El lenguaje universal de las sonrisas se mezcla a menudo con las lágrimas. Son emociones difíciles de describir pero me alegro de sentirme así; me permite constatar que no estoy hastiada o que lo que me rodea no me resulta indiferente incluso después de ser testigo de cantidades extremas de sufrimiento.

Cuando el ajetreo se calma un poco y hemos atendido las urgencias médicas detectadas en el triaje, les realizamos un chequeo médico. Tomamos la temperatura a todos y cada uno de los rescatados y les exploramos para ver si padecen sarna. Aquellos que presentan problemas médicos son entonces atendidos en nuestra clínica.

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El tiempo de permanencia a bordo de los rescatados varía. Si les llevamos Italia suelen pasar dos noches con nosotros. Esto nos permite poder escuchar sus historias y ellos tienen más tiempo para tratar de encontrar su propio equilibrio personal.

Muchos nos cuentan su paso por Libia. Allí, la tortura, el trabajo forzado, la violencia (incluida la violencia sexual) y la trata de personas son lugar común. Las historias son como golpes de martillo, Libia parece un infierno y así queda reflejado en muchas de las entrevistas recogidas en Atrapados en Tránsito, una recopilación de testimonios realizada por nuestros equipos en este año y medio de operaciones.

A veces transferimos las personas rescatadas a otro barco de salvamento que ya va camino de Italia y esto nos permite permanecer en la zona de rescate para posteriores operaciones. En esas situaciones, es fundamental tenerlo todo listo para dar cabida a nuevos huéspedes al día siguiente en el caso de que hubiera rescates.

Los días pasan muy rápido y siempre hay algo que hacer. Me considero una privilegiada por estar en el Dignity y por poder dar la bienvenida a otros seres humanos con dignidad.

Si la esperanza fuera una melodía, sería la de los ritmos de palmas y los cantos de nuestros huéspedes, resonando en el mar, una vez que son fuertes de nuevo y son conscientes de que están a salvo.

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Si hubiera una manera segura y legal a Europa, estas personas no tendrían que arriesgar sus vidas todos los días