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Eduardo Madina: entre el aparato y la utopía

09/07/2014 07:13 CEST | Actualizado 07/09/2014 11:12 CEST

En ese estrecho margen debe de moverse, en efecto, el candidato a secretario general del PSOE, Eduardo Madina. Lo que explica, sin demasiadas dificultades, que le esté costando tanto encontrarse cómodo en esta campaña, en la que partía como claro favorito, aunque, a la vista de los resultados de los avales, ha dejado de serlo.

El aparato está hoy fundamentalmente integrado por los llamados barones (y baronesas) territoriales, sin que todos ellos ostenten el mismo poder (es decir, sean capaces de arrastrar igual número de votos de militantes). Como el PSOE carece ya de dirección federal efectiva (Ferraz hoy no manda nada), el poder se ha desplazado con especial intensidad a Andalucía, Valencia, Cataluña, Madrid, etc.

La capacidad de orientar las preferencias de cientos de militantes a favor de uno u otro candidato por parte de quienes controlan el partido en estos diferentes niveles territoriales es muy importante, pero no absoluta. Desde luego, es muy superior en la recogida de avales, al ser pública, que en el momento de otorgar el voto, por ser este secreto. De ahí que sea tan difícil prever quién va a ser el ganador de las elecciones a secretario general que se van a celebrar el próximo domingo, 13 de julio, en las agrupaciones del PSOE, si bien, en principio, a la vista del número de avales cosechados, el claro favorito es, como se decía, Pedro Sánchez.

El aparato, quienes forman parte de él y merodean a su alrededor, en busca de calor, mandan mucho y buscan, por encima de todo, perpetuarse. Les ha costado tanto llegar hasta allí que están dispuestos a hacer (casi) lo que sea por mantenerse todo el tiempo posible. Es una manifestación más de la ley natural de la supervivencia. Para ello no tendrán reparo alguno, por mucho que disimulen, en prestar su apoyo (de mil y una maneras) a aquel candidato que mejor les garantice su continuidad. Y la mayoría de ellos/as lo tiene perfectamente claro: Pedro Sánchez es su hombre.

La utopía, por su parte, se puede permitir el lujo de navegar placenteramente en el lago pacífico de sus bellas ideas. Nadie se atreverá a hacerle un feo, pues es muy feo despreciar a la utopía, sobre todo, en un partido que se ha caracterizado por perseguirla. Es cierto que, como utopía que es, le va a resultar prácticamente imposible encontrar la adhesión de una mayoría suficiente capaz de llevarla en volandas al poder. Pero es que para eso es utopía. Nadie la encarna mejor que José Antonio Pérez-Tapias, el candidato de la utópica Izquierda Socialista que lleva años persiguiendo una utopía: hacerse con el control del PSOE. La paradoja de esta corriente crítica es que si consiguiera alcanzar su anhelado propósito, seguramente, tendría que renunciar a (parte de) la utopía que hoy le sirve de bandera. Su triunfo sería su muerte. Y ya se sabe que no merece la pena morir, ni siquiera de éxito, si es que se puede seguir con vida, persiguiendo una utopía.

Llegados a este punto, el problema no deja de tener su enjundia. Y es que el PSOE (¿de verdad hay alguien dentro de este partido que aún no lo sepa?) se encuentra en un punto de casi imposible retorno: o recupera la confianza de la mayor parte de su antaño fiel electorado o la pierde definitivamente y se ve abocado a convertirse en un partido muy diferente al que ha sido estos últimos lustros, sin descartar el riesgo cierto de que esa progresiva pérdida de relevancia política acabe fracturándolo, hasta conducirlo a su descomposición. No es necesario remontarse a la Grecia clásica (la mítica Hélade) para comprobar cómo las organizaciones políticas (en las distintas formas que han ido adoptando a lo largo de la historia) nacen, crecen (o no) y desaparecen. Basta con mirar a la Grecia contemporánea y a un partido que un día la gobernó durante largo tiempo, el PASOK, para certificar la certeza de esta aseveración/premonición.

Con todo, el verdadero problema es que el problema no acaba ahí para el PSOE, sino que es precisamente ahí donde empieza, porque una de las claves para recuperar esa confianza perdida pasa por llevar a cabo una especie de refundación del partido, de modo que este se presente de nuevo ante la ciudadanía como lo que un día fue: una fuerza política con firmes anclajes ideológicos, bien amarrados a la izquierda democrática y transformadora, capaz de interpretar con gran solvencia lo que la mayoría de la sociedad española es y necesita.

Esta ingente tarea de refundación del partido y recuperación de la confianza ciudadana requiere, por un lado, conectar con lo mejor del pasado y, por otra, renunciar a lo peor de él. Tarea esta que el aparato, por definición, no se encuentra en condiciones de acometer. ¿Será capaz de darse cuenta? La respuesta cae por su propio peso: no. Es inimaginable que quienes tienen en su mano el poder sobre el partido renuncien a él para que otros lleven a cabo esa labor. El poder se gana o se pierde, pero raramente se renuncia a él, sobre todo, cuando esa renuncia implica no solo a una persona, sino a varias (barones y baronesas y sus respectivos acompañantes en las cúpulas directivas). No hay esperanza por este camino. El aparato es así.

Por su parte, desde la utopía se puede construir una maravillosa narración capaz de emocionar, de revivir la lánguida ilusión de los últimos tiempos, pero el problema es que eso es algo que hoy, desde el PSOE, no se puede hacer con garantías de éxito, porque el discurso de la utopía, hoy, está en otras manos. Es lógico. No puede estar en las manos del que para muchos es el partido que ha puesto fin a la utopía.

Entonces, ¿cómo salir de este atolladero? Con seriedad. Solo alguien capaz de conectar con lo mejor del PSOE, el partido que más contribuyó a transformar España, que puso las bases de nuestro Estado del bienestar, universalizando la educación y la sanidad públicas y gratuitas, reforzando y ampliando los derechos civiles de manera inclusiva para no dejar fuera a colectivos tradicionalmente discriminados (discapacitados, inmigrantes, homosexuales, transexuales y bisexuales, personas mayores, etc.), apostando decididamente por las políticas de igualdad para superar la tradicional desventajosa situación en que se encuentran las mujeres, potenciando los servicios sociales, etc., etc., solo alguien capaz de conectar con este pasado, y que, al mismo tiempo, se pueda presentar como alguien que no es prisionero del actual aparato, al que tanta responsabilidad se le atribuye por lo peor de las decisiones y comportamientos recientes, se encontrará en condiciones de llevar a cabo la ingente tarea a que antes nos referíamos.

Ese escurridizo terreno, entre el ajado aparato y la melancólica utopía, es el que tiene que pisar con firmeza Eduardo Madina si es que quiere convencer a la mayoría de militantes del PSOE que, desde su más leal independencia de criterio (y de voto), aspiran a que su partido de nuevo reúna suficiente fuerza como para volver a dar en breve un impulso de modernidad a este país, que tanto lo necesita. En el pasado debate entre los tres candidatos Madina dio sobradas muestras de que preparación, energía y carácter no le faltan para ser el próximo líder que el PSOE necesita. Lo deseable sería que tampoco le faltaran buenas compañías para acometer esa ardua tarea que, de salir vencedor, tiene por delante: atravesar, por fin, el árido desierto por el que desde hace ya demasiado tiempo vaga sin rumbo su partido. El domingo próximo tendremos la respuesta. Y a partir de ahí todo lo demás, que no es poco.

Eduardo Madina

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