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Orlando

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Foto: EFE

Hace poco menos de un año, el 26 de junio de 2015, celebrábamos un gran hito en la lucha a favor de la igualdad de todas las personas con independencia de su orientación sexual o identidad de género. Ese día, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos de América dictaba una trascendental sentencia en virtud de la cual se reconocía el derecho de las personas del mismo sexo a contraer matrimonio en todo el territorio federal, al tiempo que afirmaba que tales matrimonios entre parejas del mismo sexo ya celebrados válidamente en ciertos Estados han de ser reconocidos en aquellos otros en los que todavía no existe tal posibilidad, por constituir esto una exigencia derivada de lo dispuesto en la Decimocuarta Enmienda de la Constitución federal (Due Process and Equal Protection Clause). La igualdad formal o legal se veía así satisfecha.

Pero las leyes, por más importancia que tengan, no sirven de escudo impenetrable para frenar a las balas. El terrorífico asesinato de Orlando lo pone trágicamente en evidencia.

Aunque la tragedia personal, tan cargada de emociones, ensombrece la frialdad del análisis racional, no podemos, sin embargo, o, mejor dicho, no debemos renunciar a este. Así, tras expresar nuestra más enérgica repulsa a este vil asesinato múltiple, tenemos que preguntarnos, en efecto, qué causas pueden llevar a una persona a perpetrar un acto de estas características. Evidentemente, en primer lugar, se revela como factor decisivo el grave trastorno psicológico que esa persona debía de padecer, pues solo alguien que tenga seriamente alteradas sus facultades mentales puede hacer algo así.

Pero, como es lógico, no nos podemos conformar con una respuesta tan simple, respecto de la cual, por cierto, poco más habría que hacer que aceptarla. Como sociedad democráticamente organizada sobre la base de ciertos derechos fundamentales y valores esenciales que consideramos comunes y universales, tenemos que ser capaces de mirar más allá. O, dicho de otro modo, necesitamos tomar distancia para ver lo sucedido con cierta perspectiva, a fin de comprenderlo en su complejidad.

Aunque sea muy aventurado presumir cuáles son las motivaciones que han llevado a una persona a hacer algo tan escalofriante, creo que podemos sostener sin temor a equivocarnos que Omar Siddique Mateen no hizo lo que hizo simplemente porque quería hacerlo. Tampoco resulta plenamente satisfactorio el argumento que apela a su presunto trastorno psicológico. Aun aceptando que hubo voluntad y grave desequilibrio mental, no es baladí que el asesino tuviese vinculaciones, más o menos estrechas, con el fundamentalismo religioso (al parecer, simpatizaba con el llamado Estado islámico; y este se apresuró con premura -y, probablemente, perverso oportunismo- a atribuirse la responsabilidad del ataque). Como tampoco es irrelevante que tal ataque se haya dirigido contra un grupo de personas pertenecientes a un colectivo perfecta y lamentablemente singularizado: el colectivo de lesbianas, gais, transexuales y bisexuales (LGTB).

Detrás de quienes rechazan o, peor aún, persiguen la homosexualidad, la transexualidad o la bisexualidad, en realidad, lo que se esconde, consciente o inconscientemente, es una ideología de odio.

Es precisamente en relación con esto último sobre lo que me gustaría hacer un par de reflexiones. La primera tiene un alcance, si se quiere decir así, más general o filosófico. La orientación sexual o identidad de género de una persona, siempre que no sea heterosexual o cisexual (= no transexual), sigue teniendo una importancia decisiva en el discurso público, en el imaginario colectivo. Pero, ¿qué hay de extraño o, mejor, de malo en ser transexual, homosexual o bisexual? ¿Qué daño se causa a nadie por ser tal? Las preguntas, como resulta evidente, son intencionadamente ingenuas o naïf. Pero es esa ingenuidad, me parece, la que pone de relieve, la que desenmascara el verdadero quid de la cuestión: que detrás de quienes rechazan o, peor aún, persiguen la homosexualidad, la transexualidad o la bisexualidad, en realidad, lo que se esconde, consciente o inconscientemente, es una ideología de odio.

Y, en directa conexión con esto último, la segunda reflexión. Un Estado democrático de Derecho que propugna como valores esenciales de su ordenamiento jurídico la libertad y la igualdad, ¿cómo debe de combatir esas ideologías de odio sin poner en riesgo derechos y libertades fundamentales como son la libertad ideológica o religiosa o la libertad de expresión? No es una tarea sencilla, desde luego. Me limitaré a señalar aquí, sin apuntar soluciones concretas, algo que también puede resultar muy evidente, pero que algunos, no pocos, discuten: el Estado, es decir, el poder público, no puede permanecer ajeno a los valores o ideas que se difunden en su seno, sobre todo, cuando quienes llevan a cabo esa labor de difusión son organizaciones con una mayor o menor capacidad de influencia social. Si el Estado democrático de Derecho renuncia a la defensa y propagación de sus propios valores corre el riesgo de acabar convertido en un mero aparato organizativo y procedimental carente de contenido. Peor aún: si un Estado democrático renuncia a la defensa de sus valores (universales, porque a todos incluyen) serán otros, insertados dentro del propio Estado, o al margen de él, los que acaben imponiendo los suyos propios (habitualmente sectarios y excluyentes).

La persecución de las personas LGTB a lo largo de la historia es bien conocida. Los avances que se han producido en los últimos años en muchos países del mundo, entre ellos, por supuesto, Estados Unidos, permiten albergar grandes esperanzas sobre el futuro de las personas LGTB, aunque todavía queda mucho para que la plena igualdad sea real y efectiva. De hecho, aún hoy en día en numerosos países la homosexualidad está penada con privación de libertad o, incluso, muerte. Queda, por tanto, mucho que avanzar. Y en ese avance debemos evitar un riesgo: evitar lo que, incluso en las sociedades más avanzadas en el respeto a la diversidad sexual, me temo que está sucediendo, esto es, la cosificación de las personas LGTB. Ser lesbiana, gay, transexual o bisexual no puede ser un hecho diferenciador que sirva para identificarnos en el debate público, atribuyendo a tal condición un especial significado, hasta el punto de que se llegue a hablar en términos de "lo LGTB", "en materia LGTB", etc. No, no somos cosas. Nuestra orientación sexual o identidad de género no nos convierte en personas diferentes a las personas heterosexuales o cisexuales. Esa es la clave: mientras en el debate público ser homosexual, bisexual o transexual sea un dato relevante, tendremos que reconocer que aún queda mucho por hacer.

Desde dos perspectivas completamente opuestas un mismo nombre sirve para poner algo de luz en medio de la confusión: mientras que el Orlando de Virginia Wolf nos abre los ojos para comprender por qué ocurren ciertas cosas, el Orlando de Florida nos muestra en toda su crudeza el horror de ciertas cosas que suceden no solo porque un mal día un pobre diablo trastornado decide que hay que matar a decenas de personas.