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El retruécano de Tinder

20/02/2017 07:24 CET | Actualizado 20/02/2017 19:24 CET

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Hace mucho, mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana...

Un hombre entró en un pub en la pequeña ciudad inglesa de Oxford. El pub estaba, para más señas, en la calle Little Clarendon Street. Se trataba de una coctelería, por si alguien quiere todos los detalles. Por tanto, en un ejercicio supremo de coherencia, nuestro amigo pidió un cóctel: "Quiero un Martini seco con una aceituna; agitado, no me lo remueva solamente: agítelo". El camarero movió una ceja, pero seguidamente se puso a preparar el cóctel de nuestro hombre. Cuando le pegó el primer sorbo al cóctel, a nuestro protagonista no se le ocurrió mejor idea que alzar la mirada, y en ese momento su destino cambió radicalmente: al final de la barra había una mujer de unos 35 años, rubia, y con unos profundos ojos verdes. Nuestro amigo no tuvo ninguna duda: era ella. Por tanto, le entró, la invitó a un Martini seco ("recuerde" le dijo al camarero "agitado, muy agitado, nada de removido"), luego a otro, y cuando ya iban por el tercero, estaba bastante claro cómo iba a acabar la noche. Fin de la historia (o inicio de ella, quién sabe).

Pero eso pasó en otro planeta, hace cientos de miles de años, y en un lugar de cuyo nombre no quiero, ni puedo, acordarme. En la actualidad, según el fundador de Tinder, Sean Rad, estas cosas son ya parte de la historia, a dios gracias: "¿Ya no se ligará en los bares?", le pregunta el periodista. "Sí", contesta el fundador de Tinder, "pero después de haber quedado previamente por Tinder". Tinder equivale a sexo igual que sexo equivale a Tinder. Imposible entender una cosa sin la otra en este momento en el que nos ha tocado vivir.

Estoy casi seguro de que los aviesos lectores del Huff conocen perfectamente bien qué es Tinder, pero por si acaso, lo voy a recordar. Tinder es una red social de contactos. Es, de hecho, la red social de contactos que más usuarios tiene, la que más mola, y la que ha causado más furor entre la gente (al menos, entre heterosexuales). ¿No estás en Tinder? Menudo desecho social, hombre. No estás puesto. Vale ya de perder el tiempo en un bar intentándote ligar a la rubia de turno. Vale ya de perder el tiempo intentando meter mano al chico que te gusta en una disco. Tinder nos lo soluciona a golpe de clic. Tú te das de alta en la aplicación. Pones una foto, a poder ser una que no sea aquella que te hizo tu hermano recién levantado y con la legaña puesta, sino esa foto que todos tenemos en la que aparecemos guay, tan guays que casi no nos reconocería ni nuestra mejor amiga (Ella: "Qué tío más bueno, y ¿quién es, un amigo tuyo?". Tú: "No, joder, soy yo". Ella: "Anda, menos lobos, Caperucita..., preséntamelo". Tú: "Que te digo que soy yo...". Ella: "Joder, qué asco...").

Tinder es un ejemplo supremo de la turbo-hiper-racionalidad en la que están basadas nuestras sociedades post-capitalistas.

Bien, una vez que has subido esa foto en la que estás irreconocible (a través de Facebook), lo que tienes que hacer es meter una serie de preferencias, por un lado, y características personales, por el otro. Con respecto a las preferencias, me gustan rubias, con ojos verdes, que les guste el mindfulness, las avestruces, los paseos en corto, la danza maorí, no midan más de un metro setenta, les guste leer poesía nihilista y tengan un PhD. Sobre todo, absténganse todas aquellas que NO tengan un PhD. Si no, de qué coño vamos a hablar. Con respecto a mis cualidades personales, soy encantador, qué le vamos a hacer, y te prometo un viaje del que nunca te arrepentirás. Ah por cierto, tengo PhD también, además por Harvard (nivelazo).

¿Qué asco, no? Pues el caso es que funciona. Tengo muchísimos amigos y amigas que usan Tinder y les ha ido bastante bien. Unas veces mejor que otras, pero en general ha habido match (es), como dice la aplicación, bastante buenos y curiosos. Algunos han tenido relaciones casuales de una noche, pero hay muchos que han encontrado personas que de otra manera no hubieran podido encontrar, e incluso algunos de ellos se han casado, o compartido su vida, con aquella persona que encontraron en Tinder. Es decir, si uno pensaba que Tinder era solamente para (beeep) están muy equivocados: Tinder es un auténtico acelerador de relaciones sociales del máximo nivel.

Entonces, la pregunta es: si es tan bueno, si consigue tantos y tan buenos matches, ¿por qué nos da tanto asquito? Bien, ahora viene la parte menos divertida del artículo. Prepárense.

Sí, efectivamente, da asco. Y las razones por las que da asco son varias. En primer lugar, hay una cosa que Tinder no puede capturar: y esa cosa son las emociones. Tinder se basa en la pura racionalidad. No, qué digo: es un ejemplo supremo de la turbo-hiper-racionalidad en la que están basadas nuestras sociedades, post-capitalistas, cabría añadir. Dicho de modo más procaz, es un ejemplo perfecto de lo mal que estamos. La idea en la que se basa Tinder es filosófica: Percival y Sofía solamente pueden estar juntos si comparten una serie de características comunes. Esto es lo que en teoría de juegos se llama common knowledge.

Tienen más o menos la misma información, comparten más o menos las mismas creencias, tienen más o menos los mismos gustos, tienen más o menos las mismas aficiones, tienen más o menos las mismas aversiones, etc. Por tanto, el match entre los dos es más fácil, tanto para un encuentro casual como para entablar una relación más duradera.

Sin embargo, esto es falso. Las únicas relaciones buenas que he conocido son aquellas relaciones en las que las dos personas en cuestión no tenían absolutamente nada que ver entre sí, salvo una cosa: las emociones. La parte racional invitaba a pensar que esas relaciones nunca durarían. Pero la parte emocional es la que finalmente se impuso, y les funcionó. Las relaciones son emociones. Y Tinder parte de la base de que son razones. No es solamente una cuestión empírica ("A ver, cómo mido yo las emociones a través de un algoritmo"); es, sobre todo, normativa: está transmitiendo el mensaje de que un PhD solamente puede funcionar si se matchea con otro PhD. Y eso da asquito. Es, además, mentira. Y por último, genera relaciones que son un verdadero coñazo. Todo junto.

Segunda razón: Tinder nos da cosita porque nos hace sentir como mercancías. Igual que te metes en la web para compra unas entradas, comparar precios de coches, hacer la compra, organizar el viaje de tus sueños o hacerte con el último disco de U2, te metes en una red social de contactos para comprarte una pareja. No, mejor que comprarte, es auténtico trueque. Do ut des. Y eso, aunque no nos demos cuenta, o aunque hagamos un análisis coste-beneficio, nos hace sentir mal, porque nos hace sentir como cosas que se exponen en un mercado de abastos que funciona como todos los demás mercados de abastos: tanto ofrezco, tanto das.

La solución está, claro, en el big bang, o mejor dicho, en el big crunch. Si es cierto lo que algunos cosmólogos dicen, en un momento determinado el universo dejará de expandirse y volverá a contraerse. De tal manera que volveríamos al principio, es decir, a nuestra pequeña coctelería de Little Clarendon Street, en aquella maravillosa ciudad, sepultada en el pasado, que es Oxford.