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El Teatro Tribueñe: el centrado teatro excéntrico de Irina Kouberskaya

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Un vídeo publicado por Teatro Tribueñe (@teatrotribuene) el

Hay personas que es llegar la Navidad y escapan lo más lejos posible de sus lugares de residencia. Yo he decidido quedarme y pasarlas viendo teatro. Esta vez el "teatro-teatro" de la sala Tribueñe. Un lugar con una excéntrica localización en el mapa de teatros madrileños. En el borde del Barrio de Salamanca, al lado del parque de la Fuente del Berro y a unos pasos de la Monumental de las Ventas y de la Plaza de Manuel Becerra. Lugar al que yo y otro montón de gentes nos hemos acercado atraídos por un Pinter, una dramatización de un cuento de Nabokov y un Valle (de Valle-Inclán). Obras, todas ellas, que se podían ver en estas fechas.

El acercarse tiene el premio de recuperar la excitación de ir al teatro al que invita la gente que se acumula en el foyer. Grupos de amigos que se saludan contentos de encontrarse. Vecinos que han descubierto que tienen una de las mejores salas de Madrid al lado de casa y la aprovechan. Profesionales que llegan en grupo como si ir al Tribueñe fuera ir a una de las mecas del teatro en la capital.

Y mezclándose con ellos, el equipo del teatro encabezados por Irina Kouberskaya, la codirectora del teatro junto Hugo Pérez de la Pica (otro que tal baila, y si no vayan a ver su Alarde de Tonadilla), y directora escénica de las tres obras que se programaban estas fiestas: Regreso al hogar de Pinter, La mirada de Eros dramatización de un cuento de Nabokov y La rosa de Papel de Valle-Inclán. Como si de un pequeño centro dramático nacional se tratase.

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Foto de Regreso al hogar de Harold Pinter cedida por Teatro Tribueñe.

La estadia no empezó bien. Pero claro, se trataba de la desasosegante Regreso al hogar de Pinter. Autor y obra difíciles de montar. Frente al que directores y actores caen como moscas al ponerlo en escena. En este caso, Irina se mantiene y la mantiene en pie, aunque en equilibrio inestable. Tal vez por insistir en ese trabajo puramente teatral con las sillas rodantes que exige, para la continuidad, movimientos de escena poco orgánicos y que parecen estorbar al trabajo actoral.

Obra, que sin embargo, permite intuir la capacidad de imaginar de esta experimentada directora de escena. Su capacidad de crear imágenes para mantener el misterio de esta vuelta a la casa familiar de un afamado y exitoso profesor de filosofía. Casa situada en un depauperado barrio obrero inglés de los 70, llena de necesidad y, por tanto, de depredadores, de animalidad. Desde ese comienzo de todos sentados en sus "tronos" haciendo sus "necesidades", hasta su ilimitada corporalidad. Una materia que deja poco espacio al espíritu y del que el refinado conocimiento universitario se aparta, huye, para preservarse, para mantenerse puro.

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Foto de La mirada de Eros de Irina Kouberskaya, cedida por Teatro Tribueñe.

Imaginación que estalla en La mirada de Eros. Un "cuasi-monólogo". El viaje de un erotómano, consumidor incansable de imágenes eróticas, en busca de la satisfacción de un deseo siempre insatisfecho. Búsqueda por la que su protagonista es capaz de vender su alma al diablo. Mejor dicho a la diabla ¡esa diabla andrógina pero muy femenina que ha creado Irina!

Todo muy vintage, incluidas las proyecciones de mujeres semidesnudas en blanco y negro de una época en que lo que se apreciaba era tener carne, tener curvas. Imágenes que hablan de una imaginación teatral sutilmente reivindicativa. Mujeres sensuales que de forma azarosa aparecen ante la vista de un hombre ocupando el centro de su deseo. Un eterno retorno que le lleva irremediablemente a la primera, la primera vez.

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Foto de La rosa de papel de Valle-Inclán foto cedida por Teatro Tribueñe - © Laura Torrado.

Así que, alguien que hubiese visto las dos obras anteriores, estaría preparado para ser sorprendido por la imaginación de Irina, pero no por su libertad para imaginar. Algo que descubre muy gratamente en La rosa de papel. El Valle-Inclán de este corto viaje al Tribueñe. Es llevar apenas unos minutos viéndola y que la palabra esperpento se coloque en la mente de los espectadores. Incluso de que alguno la susurre en la sala, sorprendido porque por fin lo entiende sin explicaciones teóricas ni profesorales. Sucede sin más. Mostrando lo que a muchos directores, que lo han intentando con muchos más medios, les cuesta mostrar.

Y es que la muerte le sienta muy bien a la protagonista de esta obra y a los que primero la cuidan y luego la velan, con el ojo puesto en el dinero que la finada ha ahorrado con miserias. De antología es el número de cupletistas que se ve en la función. O esas saetas en Galicia, tan extemporáneas, que permiten cantar y reír esa "pena" tan grande. Porque esa es otra, la forma en la que Irina usa la música, cualquier música, que hace que estas obras también se escuchen, musicalmente hablando.

Juego y diversión. Distorsión y, como ya se ha dicho, esperpento. Público contento. Público reconciliado con Valle Inclán, del que habían adjurado tras haber pasado por tantos y tantos montajes que se escudaban en su aparente irrepresentabilidad. Ella, Irina, va y lo desmiente sin el propósito de hacerlo sino de hacerlo presente. No es de extrañar que en marzo el Círculo de Bellas Artes programe su montaje del Retablo de la lujuria, la avaricia y la muerte (que incluye La rosa de papel) para celebrar a un autor que se merece estar vivo. Con la vida con el que se representa en el Teatro Tribueñe.