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'Historias de Usera', historias de 'su' barrio

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Foto de Historias de Usera cedida por Teatro Español - © Bárbara Sánchez Palomero.

¿Saben lo que es una obra sin pretensiones? ¿Una obra que pretende ser lo que es? ¿Una obra honesta en las emociones que transmite? ¿Cariñosa con lo que hace, con quién lo hace y para quién lo hace? Esa obra se llama Historias de Usera. La obra con la que la sala Kubik Fabrik se despidió de Madrid en olor de multitud y ahora pone el cartel de no hay billetes en las Naves del Español en el Matadero. Obra de la que el público sale feliz y contento. Convencido de que las historias mínimas, las de la vida corriente, las suyas propias, también merecen ser vistas, reídas, lloradas y disfrutadas en la escena.

Montaje que contribuye al mito de Fernando Sánchez-Cabezudo y la Kubik, el local en la periferia de Madrid del que se enamoró. En un barrio que habitualmente solo producía noticias negativas y crónicas de sucesos y al que fue capaz de atraer, primero, a grandes artistas y, posteriormente, al público no solo del barrio. Porque allí se producía la magia del teatro.

Una magia que no atesoró sino que generosamente difundió localmente, en el lugar donde había sido acogido. Al que implicó. Resultado de esa implicación son estas Historias de Usera. Historias que, como se dice en el programa de mano, bien podrían ser historias de cualquier barrio obrero y de aluvión. De los que pasaron del chabolismo al desarrollismo y a la libertad que para Madrid supuso la llegada de la democracia y un alcalde, Tierno Galván, que aun sigue vivo en la memoria de los madrileños (a los políticos les vendría bien preguntarse por qué será)


Video cedido por Teatro Español y LaZona Kubik.

Es cierto que todo el montaje tiene cierto aire costumbrista. Exceptuando, tal vez, El vampiro de Usera. Esa mini obra que se cuenta en tres actos, tan desopilante como asombrosa, que a pesar de ser sobre algo tan extravagante como un vampiro chino emigrado a Usera, se vive desde la butaca como real. La realidad que adquiere toda ficción bien hecha.

Como reales parecen las obras de amor y desamor. Las trágicas, que las hay, y las alegres. Todas ellas interpretadas en sus papeles por grandes actores a los que no quiero dejar de nombrar: Inma Cuevas, Pilar Gómez, José Troncoso, Jesús Barranco y Huichi Chiu. Que se corresponden con el primer reparto (hay otro segundo reparto que tampoco es manco).

Actores y actrices acompañados por un elenco salido de vecinos del barrio. Entrenados, ¡y cómo! en un taller teatral por Juan Ayala. Director que se está especializado en trabajar con actores y actrices no profesionales con los que ha intervenido no solo Usera, sino también en Chamberí o Centro-centro, el palacio municipal de Madrid que llenó de niños y que está dando voz a los barrios madrileños.

A los que se han unido autores que han escrito las historias del barrio. Las que les han contado. Y, de nuevo, ¡menudos autores!: Alfredo Sanzol, Miguel del Arco, José Padilla, Denise Despeyroux, Alberto Olmos y Alberto Sánchez-Cabezudo. Bueno, Olmos no. La obra de Olmos ya estaba escrita, y seguro que está incluida por derecho propio, porque podría haber sido escrita pensando en Usera o en cualquier barrio.

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Foto cedida por Teatro Español - Uno de los vecinos de Usera - © Bárbara Sánchez Palomero.

Entre el público se oyen, al comienzo, las risas nerviosas de ver a sus vecinos. Risas de alguien que (re)conoce lo que está viendo más allá de la ficción. Risas que se convierten en silencios cuando la cosa se pone seria. O en parejas que entrelazan sus manos cuando en escena se ven historias de amor. O en unos pies moviéndose cuando este elenco de vecinos saca a las primeras filas a bailar, como se bailaba en el Copacabana, agarrao. Esa sala de fiestas que ahora es una triste delegación de Hacienda en la que hacer la cola para pagar impuestos.

Y es que la mayoría somos, pese a quien le pese, chicos y chicas de barrio. Gente que compartimos la calle. Una calle que fue el territorio de nuestra infancia. Espacio público que se ocupaba por derecho propio para jugar y, ya crecidos, para enamoriscarse y para amar. Espacio del que poco a poco, nosotros y los que han venido después, hemos sido expulsados. Convirtiéndolos en un peligro, una amenaza. Lugares en los que no es posible la vida o solo lo es en su versión más negra y violenta.

Esta obra reivindica aquella vida de barrio. La vida corriente que rara vez se sube a escena. Esa pobreza no miserable en la que la catástrofe se presentía a la vuelta de la esquina sin impedir, la vida, no como sucede ahora. Pues de eso se trata, de vivir, de palpitar, todos juntos, como en un barrio. Autores, directores, actores profesionales, vecinos y el público. Un público que se emociona, aplaude, se levanta y que a la salida da las gracias a los vecinos de Usera que estuvieron en escena y que, a partir de ahora, son y serán de algún modo sus vecinos. Vínculo para toda la vida que consiguen construir en tan solo una hora y cuarenta y cinco minutos. ¿Cómo lo han hecho?