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'Idiota', 'Héroes' y 'Taxi': ¿se ha preguntado de qué se ríe?

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Foto de Idiota de Jordi Casanovas cedida por Teatro Kamikaze - Vanessa Rabade.

Se acaban de estrenar tres comedias en Madrid que hablan y dicen mucho de quien las produce y programa y de lo que piensan del público y los espectadores. Pero también hablan, alto y fuerte, de quienes van a verlas y, ¡ay!, de quienes las ríen. Pues reírse significa que comparten su lógica.

De todas ellas, Idiota de Jordi Casanovas, la inteligente apuesta de presentación de la transformación que Teatro Kamikaze ha hecho del Teatro Pavón, es la que apela a los ciudadanos libres. A ciudadanos conscientes, que saben los pactos a los que llegan con la realidad para sobrevivir a una crisis que parece no tener fin, en un mundo que no hay suficiente para todos ni para todo.

Sí, sus espectadores se saben idiotas, pobres idiotas, como el pequeño empresario protagonista de la obra. Personaje que le permite a Gonzalo de Castro exprimir al máximo ese tipo corriente y moliente con el que siempre se le identifica y en el que popularmente se le encasilla. Un pobre hombre, atropellado por la dura realidad económica con la que tiene que pactar, ofreciéndose como conejillo de indias de un experimento psicológico que le pagaran, si quiere mantener su estilo y forma de vida. Un pacto con el que salva el cuerpo, lo material, pero en el que se deja el espíritu.

Claro que pactar le resulta más fácil si se lo sirve una psicóloga como la que interpreta Elisabet Gelabert. Actriz que los espectadores habitualmente no recuerdan, porque en escena siempre se ve y se oye a sus personajes y no a ella. Para lo que hace falta un gran talento que no pasa desapercibido a profesionales como Israel Elejalde, el director de esta obra, que vuelve a mostrar que no solo sabe estar encima de las tablas sino también detrás de ellas.

Todos ellos lo hacen bien. Tan bien, que seguramente no se den cuenta que inoculan en sus espectadores un cierto confort acomodaticio. Un la vida es así y no tengo más narices que aceptarlo, que hace que el espectador salga alegre y contento porque él en la vida real también ha hecho ese pacto.

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Foto de Héroes en Teatro Reina Victoria cedida por Pentación.

No será este espectador el que disfrute de Héroes de Gérald Sibleyras. La comedia amable elegida por el remozado Teatro Reina Victoria para su reapertura. El que se siente en la butaca de este teatro busca un producto amable y eficaz. Un pasatiempo. Un entretenimiento. Podría decirse que sin más, pero no es así. Necesita una coartada cultural para disfrutar del teatro debida a cierta mala formación e información.

Esta obra se la ofrece porque triunfó en el West End de Londres donde llegó de manos del afamado y multipremiado Tom Stoppard, dramaturgo y guionista de Shakespeare in love. Por sus tres actores, de los que destaca Juan Gea por la humanidad que es capaz de darle al cascarrabias y raro personaje que le ha tocado en suerte. Y por su directora, Tamzin Townsend, a la que se asocia al teatro comercial que se hace con cierta calidad.

Con estos mimbres se construye un espectáculo estereotipado y reiterativo en una bonita escenografía. Obra que cuenta la amistad, por necesidad y soledad, de tres ancianos y veteranos de guerra en un asilo de monjitas. Producto amable que provoca risas, las menos, y sonrisas, las más, con toques del lirismo y la falsa poesía que se oye en los programas de radio matutinos o se leen en los gifts que tanto se comparten. Ofreciendo un pacto tácito con eso que se llama el no pensar que, cuando se dice, se identifica con el aburrido y simple divertirse.

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Foto de Taxi, de Ray Cooney, cedida por Pentacion.

Se queda para el final Taxi, de Ray Cooney en el Teatro de la Latina, en traducción españolizada de Josema Yuste, el ex - Martes y Trece con más éxito de los tres. Obra lastrada por esa necesidad de hacer reír a toda costa. Para ello no duda en recurrir a los chistes tópicos, previsibles y reiterativos sobre hombres, mujeres y viceversa. Mezclados con los chistes sobre fachas, tiraos y gays.

Vodevil sobre un taxista bígamo que debe ocultar su condición a sus dos esposas que recuerda a aquellas obras de Lusson y Codeso y a las películas viejas de Cine de Barrio con las que disfrutaban nuestros abuelos, y que la TDT no duda en atizar a los espectadores cuando menos se lo esperan y a traición.

Una risa antigua, disfrazada de actualidad por referencias a los asuntos de la Infanta, a personajes conocidos (¡Paquirrín!) o best sellers (inenarrable y sonrojante el chiste que hace con Cincuenta sombras de Grey). Risa dirigida a un público infantilizado, de cualquier edad, que justifica el estatus de su risa mostrando un carísimo IPhone último modelo.

Sí, uno es responsable de lo que se ríe y de por qué se ríe. Y todas las risas anteriores se pueden encontrar en la cartelera madrileña. Habrá quien diga que es fruto de la diversidad, que tiene que haber diversión y entretenimiento para todos. Y al decirlo estará obviando la función social del teatro y, más concretamente, de la risa en el teatro, su función liberadora.