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'Inconsolable' y 'El hijo que quiero tener', historias de padres e hijos que serán padres

30/07/2017 10:12 CEST | Actualizado 30/07/2017 10:12 CEST

Centro Dramático Nacional
Fernando Cayo en Inconsolable - Centro Dramático Nacional

Crecer, madurar, hacerse mayor. Hijos emancipándose de sus padres y padres emancipándose de sus hijos. Padres frente a los que abandonar la condición de hijo e hijos frente a los que abandonar la condición de padre. Ambos luchando por ser individuos, por ser don nadies en un mundo de igualdad de derechos. Reflexiones que surgen viendo la filosófica y literaria obra de teatro Inconsolable de Javier Gomá Lanzón en el Teatro María Guerrero y la sensual, ligera y aparentemente ingenua El hijo que quiero tener de El Pont Flotant, que en su gira nacional ha pasado por el Teatro de la Abadía.

La primera, Inconsolable, es un texto prolijo, barroco y rococó que Gomá publicó en El Mundo a raíz de la muerte de su padre. Una reflexión de cómo se queda un hijo cuando su padre muere. ¿Sigue el hijo manteniendo su condición de hijo? ¿Qué significa en ese momento ser hijo? Un texto literariamente herido que para Gomá, siguiendo la tradición cervantina y calderoniana, es la forma española de generar pensamiento, de hacer filosofía, de armar el conocimiento.

Sin embargo, su texto parece lleno de obviedades ocultas tras la prosa compleja, atractiva y literaria que ha utilizado. Una prosa que obliga al espectador a preguntarse ¿desde dónde está hablando? ¿Quién es este personaje que se presenta en escena? Un personaje que resulta más la imagen deseada por las clases medias y/o educadas españolas, tan anglófilas en la actualidad. Una anglofilia que ha dado lugar a la proliferación de marcas de moda como Hackett que les permita vestirse como tales, como ingleses de abolengo viviendo en manors melancólicamente abandonados sobre verdes praderas con frondosos bosques al fondo. Ingleses inexistentes fuera de un imaginario colectivo procedente de viejas novelas, películas y series.

Le corresponde a Fernando Cayo, el actor que interpreta este largo monólogo, dotar de veracidad a esa falsa imagen. El que le da al texto la vida que no tiene a pesar de los movimientos y acciones que Ernesto Caballero, el director del montaje, pone en escena para moverlo. Es impresionante verle moverse y decir en la bonita escenografía creada por Paco Azorín. Y más impresionante oírselo cuando esa tarima de despacho, estudio o biblioteca, se eleva hasta colocarse en vertical y él se empeña, como un Sísifo cualquiera, subirla una y otra vez. Viva imagen de la lucha titánica que habrá tenido que hacer no solo para hacerse con el texto sino para aprehenderlo y poderlo dar con ese grado de humanidad y empatía con el que lo sirve al espectador. Maestría que le debería dar opción a todos los premios habidos y por haber.

El Pont Flotant
'El hijo que quiero tener' - El Pont Flotant

Frente a este inconsolable y aislado personaje en su torre de marfil, se presenta la tropa de los valencianos El Pont Flotant con El hijo que quiero tener. Esta vez una tropa de verdad ya que a su pequeño elenco habitual se añaden veinte personas procedentes de un taller que hacen en la semana antes de estrenar el espectáculo allá donde vayan. Se incorpora así la voz de la calle, la voz del lugar, la voz popular, al espectáculo. Posiblemente el eslabón más débil del montaje. Ya que son voces carentes de veracidad, pues se hacen oír con la consciencia de que están en un escenario, aunque hay que reconocerles su autenticidad. Voces y cuerpos que reivindican la diversidad de lo colectivo mediante su individualidad.

Lo colectivo como conjunto de derechos individuales que no entienden de ser padre o de ser hijo, pero que a la vez reconocen la existencia de ese indisoluble vínculo, de esa corriente telúrica y ancestral que nos lleva a pasar de ser hijos a ser padres incluso cuando se ha expresado en voz alta que no se quiere hacer este camino. Una cadena infinita que permite perpetuar la especie y también perpetuarnos. Una cadena infinita basada en el absurdo y en el ridículo como muestra esa inolvidable, aunque larga, escena en la que dos componentes de la compañía con un gran bloque de plastilina cada uno representan a un padre y a una madre con sus respectivos pequeños en el parque. Una sencilla y bonita metáfora de cómo los padres moldean a los hijos a medida que ellos aplastan, alargan y manosean esos bloques de plastilina que llevan.

Espectáculos que dejan en el aire las preguntas ¿Tenemos que ser padres y madres? ¿Qué es ser padre o madre? ¿Qué es ser hijo? ¿Cómo condicionan los padres a sus hijos? ¿O cómo condicionan los hijos a sus padres? Dos discursos, tal vez complementarios, que partiendo de dos concepciones distintas del teatro ponen en escena hechos a los que les cuesta encontrar razones. Un juego de matrioskas en el que cada padre o madre esconde a un hijo o hija, hijos o hijas que esconden un padre o madre lo quieran o no, así hasta el infinito y más allá.

¿Qué pasa con aquellos que rompen la cadena? ¿Qué se niegan a ser padres? ¿Qué se niegan a tener hijos? Mientras que Gomá ni siquiera se plantea esa posibilidad, tal vez porque le estropea la belleza del discurso, la respuesta de El Pont Flotant es más orgánica. Más clara y coherente con su trayectoria teatral, más pegada a la calle, más pegada a la vida. Un "¡Já, que te has creído tú que puedes escaparte! Es la naturaleza, nene, de nuestra existencia."

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