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'La lengua madre': Mucho más que palabras

22/11/2015 10:03 CET | Actualizado 22/11/2016 11:12 CET

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Foto proporcionada por el departamento de comunicación de los Teatros Luchana

Los Teatros Luchana convocaron la semana pasada para el reestreno en Madrid de La lengua madre. La obra que escribió Juan José Millás y que interpreta Juan Diego. Por el número de profesionales, famosos o no, cualquiera diría que era el estreno de la semana (con el permiso, claro está, de La clausura del amor). El caso es que se recibía a los asistentes con una copa de champán y se les despedía con un vino. Desde luego, había motivos para brindar y felicitarse.

El primero, el texto. Es indudable que Millás es uno de los mejores escritores españoles. Capaz de decir lo que no se puede decir, o lo que se calla, de una forma lateral y metafórica que, sin embargo, es directa y clara y a la que no le falta humor (y algo de mala leche). Todos sus lectores habituales de las columnas en El País y/o de sus novelas, sin duda, disfrutarán del texto que se oye y se ve en la voz y el cuerpo del actor Juan Diego. Texto que, como era de esperar, esta lleno de las filias, fobias y temas del interés y del desinterés (compuesto) de su autor.

El segundo es Juan Diego. Poco tiene ya que demostrar este actor y el que se suba a un escenario y lo haga con ganas es siempre de agradecer. Un Juan Diego que compone un conferenciante de aspecto chaplinesco. Viendo este espectáculo es fácil imaginar que bajo ese traje arrugado y desastrado de conferenciante de provincias venido a menos, le crecen unos zapatos puntiagudos. Y que en la cara se le van desdibujando esa barba y ese bigote ralos, para quedarse en un bigote mínimo debajo de la nariz.

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Foto proporcionada por el departamento de comunicación de los Teatros Luchana

Así que Chaplin adquiere presencia y voz en Juan Diego y esa voz habla como Juan José Millás para contar la historia de las palabras. No de todas las palabras, sino de algunas. De las que nos hacen e hicieron. Que es la historia misma de la miseria de la que venimos. La historia que el dinero fácil hizo olvidar y que la crisis, al llevarse dicho dinero, nos devolvió de golpe. Una realidad, la de la pobreza económica que tenía una verdadera riqueza. La lengua. Esa lengua que hablamos tantos y tantas. Formada por palabras que nos configuran, nos dan cuerpo, nos dan vida y nos dan risa.

De ahí que sean los pocos y bien colocados silencios los momentos que más impactan en este montaje de Emilio Hernández. Esos silencios que Juan Diego alarga como si el ecosistema de palabras que le ha creado Millás se estuviera extinguiendo. O se hubiera ido con la música a otra parte. Momentos que dejan al público en vilo, en tensión. Porque empiezan a hacerse una idea de lo que sería un mundo sin palabras. Público que respira aliviado cuando el actor continúa hablando, juntando palabras en las que los espectadores se rencuentran con sus viejas historias o las de sus inmediatos mayores, las ríen, las entienden y las comparten. Y comprenden que son una comunidad formada por un ecosistema de palabras. Palabras, una especie en peligro de extinción. Las que permiten construir las azarosas historias, con hache minúscula, individuales, llenas de las anécdotas, llenas de vida.